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Durante el enfrentamiento contra Victoria Velazco Dávila, la jefa de una mafia mexicana, Aysel Ferrara Ávila y Lilith Romanov perdieron la vida. El mundo ha se...
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12 de Febrero de 2024 3:04 pm, Ciudad de México.
Ana María Ávila.
Por segunda ocasión en toda la tarde, su hija estaba al teléfono con esa expresión preocupada. Su ceño estaba fruncido, su mano libre apretada y sus ojos se paseaban por todo el amplio jardín de la casa hablando en un tono tranquilo pero autoritario.
—Parece que alguien no se logra relajar por completo —habló Ana María mirando a su nuera y a su nieta recostada sobre las piernas de la primera.
—Ha estado estresada por mucho últimamente —habló Lilith acariciando el pelo de Levana—. La compañía requiere de su guía a menudo con la reciente expansión que están teniendo, también hemos estado buscando guarderías y escuelas para el futuro de Leva y por supuesto está todo el asunto de la mafia, Borgia y Maite.
Ana María bajó la mirada al escuchar esos nombres. Miró el bordado en sus manos, el fino hilo rojo que desprendía la aguja y la tela blanca con el diseño trazado por sus propias manos.
—Deseé tantas veces que la muerte alcanzara a la persona que dañó a mi hija cada que la veía sufrir —Ana María apartó la mirada del bordado—. Pero no imaginé que pasaría y que sería ella misma la responsable de su fallecimiento.
—Aysel hizo lo que tenía que hacer —contestó Lilith tras asegurarse que la pequeña en sus piernas seguía dormida—. Maite no solo le hizo daño a Aysel, casi les hace daño a ustedes. Levana sigue teniendo problemas para dormir y tenemos que pasar de una o dos horas con ella cuando la llevamos a la cama porque tiene miedo de que esa mujer vuelva a aparecer.
Ana María guardó silencio. Tenía tantas preguntas en su conciencia, pero ninguno parecía ser el momento indicado de hacerlas. Dejó de bordar cuando la punta de la aguja atravesó su piel, dejando a su paso una diminuta gota de sangre. Lamió su dedo para no ensuciar la tela y luego miró a su nuera. Podía escucharla recitar suavemente una melodía, sus labios estaban cerrados y sus manos se paseaban por el cabello de su hija.
Lilith tenía algo diferente, se veía más reflexiva y callada que antes y temía que algo le estuviera pasando.
—Hay algo diferente en ti desde hace unos días —habló Ávila analizando a la rubia de pies a cabeza.
—Espero que no lo diga por mi aumento de apetito hoy —bromeó Lilith—. Tengo que admitir que su comida es deliciosa y no puedo parar una vez que pone un plato frente a mí.
—No, no lo digo por eso —la señora sonrió por amabilidad y luego miró directamente a los ojos a Lilith—. Pero traes cara de preocupación chamaca.
Lilith no entendió lo que quiso decir y tampoco la palabra "chamaca". Para una mujer como ella, acostumbrada al peligro, a las lluvias de balas y la adrenalina, entender a su suegra era difícil. Ana María estaba por indagar más al respecto cuando vio a Aysel entrando a la sala de estar mientras guardaba su teléfono en el bolsillo de sus jeans.