«El arte no es algo que se pueda tomar y dejar. Es necesario para vivir».
Oscar Wilde.
Adelinne Lewis tiene la vida resuelta, o eso creía.
Con el corazón roto y dos maletas llenas de ilusiones y esperanzas muertas, vuelve al lugar que fue su hogar d...
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«Estamos más vivos cuando estamos enamorados».
John Updike
Septiembre, 2020
📍Quebec, Canadá.
Adelinne se veía hermosa con su ropa de invierno, y sobre todo con su chaqueta fucsia y su gorro negro con un pompón en la punta. Tenía las mejillas rojas y la nariz como una bolita sonrosada. Y su sonrisa lo era todo. Me hacía feliz, no había otra explicación para lo que sentía cuando la miraba. Cuando salimos de casa, fuimos al garaje, donde el flamante Impala 1960 de color aguamarina del abuelo nos esperaba listo. Albert lo había preparado para nosotros por petición del abuelo antes de que bajáramos.
—Que hermoso es —dijo Addy, pasando sus dedos por la carrocería—. Impresionante.
—Lo es —le abrí la puerta y la dejé subir. Rodeé el auto y subí al asiento del piloto—. El abuelo tiene una obsesión con los autos antiguos.
—¿Tiene otros aparte de este?
—Unos pocos. Están en el otro garaje, pero este es el que más le gusta.
—Ya me imagino. Es hermoso.
Salimos de la propiedad con el cielo gris plomo, y siguió así hasta que llegamos a la ciudad. Aparqué en un estacionamiento público, donde la mayoría de los turistas dejaban sus autos para poder caminar con tranquilidad.
—¿Podemos dejarlo aquí? —Addy le lanzó una mirada de preocupación al auto.
—Sí, no le pasará nada —le di una sonrisa y tomé su mano—. Todo el mundo conoce el auto del abuelo, nadie se atreverá a meterse con él.
Tomados de la mano, caminamos por las estrechas calles empedradas. Entramos a un par de tiendas donde Addy quería comprar souvenirs²⁶ para todos en casa. No la dejé pagar, lo que me valió una mirada irritada. La ignoré, primero porque no quería iniciar una discusión con ella en público, y segundo, porque en casa tenía cosas entre manos que quizás no le iban a gustar. Con bolsas en mano, salimos de la tienda y recorrimos la cuidad. La nieve era lo que más le gustaba a Addy. Parecía una niña pequeña con un juguete nuevo. Casi estaba saltando de la emoción. Se agachaba, recogía un poco de nieve en sus manos, la soplaba y la dejaba ir como escarcha, o simplemente hacia una bola y la tiraba al aire y se reía viéndola caer de nuevo al suelo.
—¡Una foto! —dijo de la nada, sacando su teléfono y rodeándome el cuello con un brazo—. ¡Sonríe!
Con el teléfono frente a nuestros rostros, mostró una gran sonrisa a la cámara. No tuve más remedio que esbozar una sonrisa también. Tomó un millón de selfies, en donde me besa la mejilla o solo me besaba en toda la regla. Después de eso tomó fotos a todo su alrededor. Esto ya lo había hecho en París y en Hawái. Era una locura.