El silencio entre los dos Francos se sentía denso, casi palpable, como si ambos estuvieran procesando lo que significaba verse cara a cara. Aunque eran versiones diferentes de la misma persona, cada uno llevaba cicatrices distintas, marcadas por las decisiones y tragedias que habían vivido en sus respectivos universos.
Valentín, que estaba a su lado, miraba la escena con curiosidad y un poco de inquietud, sabiendo que aquel encuentro no era fácil para ninguno de los dos. Sin embargo, algo en el ambiente sugería que, aunque tenso, también era un momento de aceptación y de reconciliación interna.
Finalmente, fue el Franco local quien rompió el silencio, con una ligera sonrisa en el rostro.
— Es raro verte... es como mirar en un espejo, pero no del todo. — confesó, inclinando la cabeza hacia un lado.
El Franco del otro universo asintió, cruzando los brazos sobre su pecho, un gesto defensivo que denotaba cuánto le costaba abrirse.
— Sí, lo sé. Me pasa lo mismo. — admitió—. Pero bueno, supongo que no todos los días conocés a tu otro yo de un universo diferente.
Valentín soltó una risa nerviosa, aliviando un poco la tensión.
— Esto es demasiado loco, chicos. Estamos en una especie de cruce de dimensiones, ¡y ustedes están acá charlando como si fuera un día normal!
Los Francos lo miraron, y ambos no pudieron evitar soltar una pequeña risa también. El momento se sentía menos pesado ahora, más humano. Había dolor, sí, pero también estaba la posibilidad de sanar juntos, de compartir algo más allá de sus diferencias.
— ¿Y vos? — preguntó el Franco de este universo—. ¿Cómo te va en el otro lado?
El Franco visitante hizo una pausa antes de responder. No era fácil hablar de lo que había dejado atrás.
— Difícil — admitió finalmente—. Perdí mucho. Pero... estar acá, con Azul, y con ustedes, me hace pensar que tal vez pueda haber algo de esperanza, después de todo.
— Eso es bueno, te vi en Margarita, te saliste de diez actuando. — habló el Franco petiso mientras miraba a su doble.
— Y la abuela me contó de tu banda, te felicito. — el invitado respondió.
— ¿Gracias, que te parece si después nos juntamos a jugar la pelota?
— No me puedo perder esa oportunidad. — respondió el invitado.
— Perfecto. — Fran chocó los cinco con su doble.
— ¿Dale, ya van a casa?
— ¿Si, queres venir con nosotros?
— Bueno, dale, vamos todos. — ese sonrió. — Voy en mí auto pues ustedes ya están en cinco.
— ¿Puedo ir con vos? — preguntó Valentín.
— Dale enano. — Franco chocó los cinco con su hermanito.
El ambiente, que antes había estado cargado de tensión, ahora se sentía más ligero. Los dos Francos, aunque aún procesando lo extraño de la situación, parecían haber encontrado un terreno común, un lazo inquebrantable que superaba las barreras del tiempo y el espacio. Valentín, siempre el más entusiasta, saltaba de alegría mientras se preparaba para subirse al auto con el Franco visitante.
— ¡Esto va a ser épico! — exclamó Valentín, con una sonrisa que no podía contener.
Los dos Francos se miraron una vez más, como si en ese breve intercambio de miradas compartieran todo lo que no se habían dicho en palabras. El Franco local le dio una palmada en el hombro a su contraparte.
