Belén observó la flor en sus manos, acariciando suavemente los pétalos mientras una melancolía sutil se reflejaba en su expresión. Franco notó cómo ella, aunque sonriente, parecía perdida en pensamientos profundos, quizás recordando a Sol y la distancia que las separaba en ese universo. Era evidente que, para Belén, la ausencia de su hija llenaba el ambiente de un vacío que, aunque intentara disimular, persistía en el aire.
— Es hermosa, Franco. Gracias… a veces pequeños gestos como este me recuerdan que no estoy sola en lo que siento. —comentó, alzando la vista y sonriéndole con calidez.
Franco asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Aunque le hubiese gustado decirle que entendía lo que sentía, que en su universo su relación con Sol era diferente, no podía arriesgarse a desvelar demasiado. Sin embargo, en su mirada había una empatía sincera que Belén supo interpretar.
— ¿Alguna vez sentiste que algo que amás mucho está muy lejos y no sabés cómo acercarte? —preguntó ella en voz baja, sin esperar necesariamente una respuesta, sino simplemente dejándose llevar por la sensación de desahogo.
Franco asintió de inmediato, comprendiendo perfectamente su dilema. Sabía que, en su misión, también enfrentaba desafíos que parecían estar fuera de su alcance, y, en cierto modo, él y Belén compartían una lucha parecida, aunque en contextos diferentes.
— Sí, y más seguido de lo que quisiera. Pero mi mamá siempre me dice que lo importante es no rendirse y seguir luchando por lo que uno quiere… aunque parezca imposible. —contestó con una sonrisa serena, recordando las palabras de su madre.
Belén cerró los ojos un momento, dejando que las palabras de Franco resonaran en su mente. Había algo en él que le recordaba a la familia que había formado y a los valores que siempre había intentado inculcar en los niños con quién convivía. Era reconfortante, en medio de la incertidumbre, encontrar a alguien que, aunque ajeno, la comprendiera de una manera tan cercana.
Después de un rato, se oyó la voz de Gustavo llamando a todos para cenar.
Hubo una oración colectiva en agradecimiento por la comida y la unión que tenían y también por el nuevo embarazo que había traído un poco de alegría en medio al caos.
La familia se reunió alrededor de la mesa, compartiendo risas y anécdotas mientras disfrutaban del asado. Franco, por un instante, se permitió olvidar las preocupaciones y simplemente disfrutar de ese momento. Sabía que, tarde o temprano, el peso de su misión volvería a recaer sobre él, pero en ese instante, se sintió parte de esa familia, y eso le daba una fuerza inesperada.
Mientras comían, Belén, con una chispa de curiosidad, aprovechó un momento para volver a dirigirle la palabra.
— Sabés, Franco, me gustaría que alguien como vos estuviera cerca de Sol. —dijo de manera casual, aunque su tono revelaba un deseo profundo.
Franco sonrió, ocultando la emoción que sentía por dentro al pensar en su hermana en su propio universo. Decidió, una vez más, no decir demasiado, pero su respuesta fue honesta.
— Estoy seguro de que ella siente todo el amor que le tenés, Belén. Quizás eso sea lo que más necesite, más que cualquier otra cosa.
— Yo la amo más que todo, pero yo le prometí a Leti que le iba a cuidar y no lo pude hacer, la llevaron al orfanato y no tengo la manera de sacarla de allá. Tengo miedo de que no me den la tenencia de la enana.
— No es hora de bajar los brazos, lo que tenés que hacer es cumplir las exigencias del juzgado para que los jueces te den la custodia de la niña. — aconsejó el chico.
— Yo no sé por dónde empezar.
— A ver, lo primero, tener una casa propia, lo segundo, un trabajo estable, después pasar por las pruebas de salud y después conseguir un abogado, Leticia era tu hermana y legalmente vos tenés derecho a plantear la adopción de la niña.
