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El sol abrasador del Reino de Goa golpeaba con fuerza cuando Marco abrió los ojos. Se sentía desorientado, como si una corriente poderosa lo hubiera arrastrado de un lugar a otro, y cuando levantó la vista, el imponente barco de Barbablanca ya no estaba en el horizonte. No había nada a su alrededor salvo árboles altos y la sofocante humedad de un bosque que no reconocía.
Miró a su alrededor, tratando de entender dónde estaba, cuando un ruido detrás de unos arbustos captó su atención. En silencio, avanzó y se asomó por encima de las ramas, listo para cualquier cosa. Lo que no esperaba ver era a un niño, tal vez de unos diez años, que intentaba encender una fogata. El pequeño tenía el cabello oscuro, despeinado, y vestía una camiseta blanca bastante desgastada y pantalones cortos.
Marco lo observó un momento, notando los gestos determinados del niño al intentar prender una chispa con un par de piedras. De pronto, el pequeño se detuvo, levantando la vista con desconfianza hacia el lugar donde Marco estaba escondido.
—¿Quién anda ahí? —dijo el niño en un tono desafiante, con una voz sorprendentemente fuerte para alguien de su tamaño.
Marco salió de entre los arbustos, levantando las manos en un gesto de paz. —Tranquilo, no voy a hacerte nada.
El niño lo miró con desconfianza, pero no retrocedió ni un solo paso. Había algo en su mirada que le resultaba extrañamente familiar, y de repente, Marco sintió como si el tiempo se detuviera. No podía ser…
—¿Tú eres… Ace? —preguntó en voz baja, incapaz de contener su sorpresa.
El niño frunció el ceño, con la desconfianza aún marcada en el rostro. —¿Cómo sabes mi nombre?
Marco soltó una leve risa y negó con la cabeza. No estaba seguro de cómo había llegado a ese lugar o por qué, pero lo que sí sabía es que ese niño frente a él era nada menos que Portgas D. Ace, en una versión mucho más joven de la que conocía. El Ace que él conocía era impulsivo y apasionado, pero también era alguien en quien podía confiar su vida. Ahora, lo tenía frente a él, siendo solo un niño perdido en las montañas.
—Digamos que soy un amigo… de tu futuro —dijo Marco, sin saber si esa era la mejor manera de explicarlo.
Ace levantó una ceja, cruzando los brazos con escepticismo. —No me gusta que me tomen el pelo. Además, no tengo amigos.
Marco se arrodilló para quedar a su altura, mirándolo con una sonrisa sincera. —Bueno, entonces considérame el primero. Te prometo que no estoy aquí para molestarte.
La dureza en los ojos de Ace pareció disminuir un poco, aunque aún lo miraba con cautela. Marco vio en esos ojos la misma chispa desafiante y llena de fuego que tanto le fascinaba en el Ace adulto. Era increíble pensar en todo lo que ese niño lograría algún día, en cómo dejaría una huella imborrable en su vida y en la de todos los demás.
—¿Por qué estás aquí entonces? —preguntó Ace, finalmente bajando los brazos.
—Digamos que el destino decidió darme una vuelta inesperada —respondió Marco, rascándose la nuca. Luego, sin perder la oportunidad, añadió—. Pero, ya que estamos aquí, ¿qué te parece si te ayudo con esa fogata?
Ace dudó un momento, pero asintió. Marco se sentó a su lado y le enseñó un truco simple para encender fuego más rápido, explicándole con paciencia. Mientras trabajaban, Ace lo observaba con interés y, de vez en cuando, dejaba escapar alguna pregunta sobre su vida en el mar.
Durante los días siguientes, Marco se quedó cerca de Ace, cuidándolo desde las sombras. Ayudaba sin que el niño se diera cuenta, asegurándose de que tuviera comida y de que no se metiera en problemas. Sin embargo, cada vez que compartían momentos juntos, sentía cómo se fortalecía ese lazo inexplicable entre ellos.
