057; lobo feliz

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La noche transcurrió lenta, siendo acompañada por una suave brisa que golpeaba las ventanas. Killian mantuvo sus ojos clavados en una pequeña araña que caminaba por el techo y construía con mucho esmero su telaraña.

El brazo de Paul en su cintura era cálido, ardiente, todo lo contrario con su nueva temperatura corporal. Pequeños ronquidos escapaban de su boca de vez en cuando y su agarre se apretaba de a ratos como si temiera que fuera a escapar. Killian fue capaz de descubrir algunos aspectos del lobo que le resultaban interesantes: como los pequeños murmullos que soltaba de vez en cuando o como su entrecejo se fruncía por algo que estuviera soñando. No pudo evitar desviar su mirada de la araña en varias ocasiones para centrarla en el cambia-formas que dormía a su lado y perderse observándolo.

Cuando los primeros rayos de Sol comenzaron a aparecer a través de las nubes que casi siempre cubrían Forks, Paul comenzó a removerse en su lugar sin soltar su agarre aún del cuerpo del neófito. Gruñó varias veces, soltando palabras ininteligibles para sí mismo. Fueron varios minutos en los que Killian mantuvo su respiración y se quedó estático hasta que el lobo por fin abrió sus ojos. Paul lucía desconcertado, como si no recordara dónde estaba, sus ojos mirando de un lado a otro hasta que cayeron en los brillantes ojos rojos del neófito. Estático, inmóvil, Paul abrió la boca y la volvió a cerrar. Ambos mirándose sin saber qué decir, mirándose con curiosidad como si el otro fuera un rompecabezas difícil de resolver. No tenían nada que decir, o simplemente no encontraban las palabras correctas que soltar. Aquella situación era una novedad para ambos; el dormir juntos, el estar abrazados, tan cerca del otro que sus temperaturas se mezclaban y peleaban entre ellas. Era una novedad para ambos pero la sensación que aquello les trasmitía no era para nada desagradable.

Era la primera vez en su vida que Killian estaba en una posición tan íntima con alguien, sus piernas habiéndose entrelazado en algún momento de la noche mientras Paul dormía y él sensación distraía mirando a la pequeña araña. La manera en la que el fuerte brazo ardiente abrazaba su fría cintura lo hacía estremecer y agradecía por primera vez ser un neófito porque estaba seguro que su rostro hubiera adoptado el vergonzoso color carmín. Killian había tratado de ignorar durante todo el tiempo el condón que había caído del bolsillo trasero del pantalón de Paul cuando se preparó para dormir, no queriendo juzgar sin saber las verdaderas intenciones del lobo. Cuando Paul le preguntó si podía abrazarlo, Killian había llegado a pensar en decir que no, pero al final accedió y esperó para saber qué sucedería, sabiendo que ahora era capaz de defenderse gracias a su fuerza sobrenatural.

Por otro lado, Paul abrió los ojos tras haber tenido una de las mejores noches de su vida, habiendo sido capaz de dormir como un bebé. Su brazo aún rodeando al neófito mientras sus ojos recorrían la estancia hasta cruzarse con los suyos. El lobo intentó decir algo pero su mente no lograba formular palabra alguna, aquellos ojos rojos que lo miraban de vuelta no le dejaban pensar con claridad. Killian lucía hermoso, como una escultura de mármol que había logrado escapar de algún museo; sus marcadas facciones le daban una imagen impresionante a su pálida y casi cristalina piel, una imagen que era adornada por el brillo llamativo de aquellos ojos rojos que resultaban hipnóticos, aquellos ojos que había poseído desde que era un humano.

El silencio fue su aliado, algo que ambos necesitaban para recuperarse de aquel acto tan novedoso para ambos, más sus ojos jamás se separaron del contrario. Era como si un imán estuviera atrayendo sus irises para evitar que se dejaran de observar. No se movían, temiendo que alguno de los dos arruinase el pacífico momento que rodeaba la habitación. Lo único que lograban oír era la suave respiración de Paul y su errático corazón. El cambia-formas debía confesar que sentía miedo (aunque él le seguiría echando la culpa a su lobo) de haber experimentado aquella cercanía con el neófito y que ésta nunca volviera a suceder. Temía moverse en aquel instante y que todo se rompiera como al lanzar una piedra hacia un espejo. Paul estaba aterrorizado de que aquello fuera una alucinación suya, un sueño.

OJOS ROJOS; twilightHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora