CUARENTA Y SEIS

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Alonso

el silencio reinó entre nosotros cuando entraron los chiquillos, ni siquiera me sentía capaz de mirarlos a la cara. Ya que, me era inevitable no sentirme como el peor amigo, aún así no podía enfrentarlos, lo único que podía hacer era quedarme quieto como un cobarde.

y me pesaba sentir el peso de la decepción en mis hombros.

además, por mi mente seguía repitiéndose una y otra vez las imágenes de la Kata llorando, rogándole a su mamá por mí. Aunque esa wea me hacía sentir peor, al mismo tiempo me reconfortaba saber que había alguien que aún creía en mí.

—Me mentiste.—me sobresalté al sentir la voz cargada de rabia del Dylan, pero como no quería mirarlo, me quedé viendo el piso esperando que soltara las weas nomás.—Vo me dijiste que pa' nunca más con el carretilla, me lo prometiste culiao. ¿Por qué siempre teni que arruinar todo lo bueno que te pasa?

arrugué la frente, sin poder mirarlo todavía. Ante sus palabras, la guata se me apretó y me dolía mucho más porque sus palabras tenían toda la razón. Era experto en arruinar las weas que más quería.

ahora más que nunca, las consecuencias de mis acciones me estaban persiguiendo.

ni siquiera pude levantar la mirada, aunque parecía que no lo estuviera pescando, sus palabras, en realidad, se había quedado clavadas en mi mente.

» ¿No me vai a decir nada?—preguntó incrédulo. Me sobresalté cuando sentí una en mi espalda, y me obligué a mí mismo a levantar la cabeza. Pensé que era el Dylan, pero resultó que era la chica.

el maquillaje lo tenía todo corrido y suponía que se debía a que estuvo llorando. En otra ocasión me hubiese burlado, pero sus ojos realmente transmitían una wea que me hacía sentirme como cabro chico de nuevo.

observé a todos, quienes me miraban y aunque no pude sostener la mirada de ninguno, se me revolvió la guata por las emociones que ellos transmitían también. Enojo, pena, decepción.

—Ya, Dylan, córtala...—intervino la chica, pero el pelirrojo no la pescó.

—¿Te vai a hacer la weona también?—la interceptó.—Estoy chato de que entre ustedes dos siempre me hagan a un lado, ninguno me toma en cuenta en las weas que hacen... Como si no me afectara. No le creí a la chica al principio cuando me dijo la wea que pasó, pero luego de verdad pensé que te iba a perder. No podi hacernos esto y menos a mí Alonso, por la chucha.

—No me ibai a perder.—murmuré más o menos avergonzado. Hablar de weas sentimentales jamás había sido mi fuerte.—Perdón.

me observó por unos segundos y soltó un suspiro que hizo que sus hombros cayeran, al igual que los míos. El ambiente de inmediato dejó de estar tenso, pero la sensación se me quedó.

—¿Qué vamos a hacer ahora?—preguntó y se giró hacia las dos mujeres que yacían en el sillón a punto de llorar.—Tu mamá parecía decidía sobre llamar a los pacos.—le dijo a la Kata.

la castaña me miró por unos segundos y luego apretó los labios.—Tenemos que irnos, voy a buscar unas cosas... Y nos vamos.—habló con la voz firme y luego subió a su pieza, seguida de su amiga, la Danae.

la Aylin se hizo a un lado para que subieran y, cuando se perdieron en el segundo piso, se agachó a mi altura. Con sus dedos temblorosos tocó mi brazo, no es que no quisiera devolverle el gesto, e incluso abrazarla, pero me costaba. Nunca fui un weon de piel, menos ahora, que a mi cuerpo le estaba costando reaccionar.

—¿Sufrió?—preguntó en voz baja, al principio no caché, pero bastaron segundos para que la imagen del Julio se me viniera a la mente.

—No.—negué con la cabeza. No quería recordar la noche anterior, porque todo lo que había ocurrido eran weas que me iban a pesar de por vida.

COGOLLO CULIAOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora