Katalina
el corazón me latía a mil por hora, mientras caminaba por el pasaje donde reside la casa de mi amiga. El Alonso toma mi mano con fuerza, como si soltarme significara dejarme ir.
probablemente lo era, aunque las decisiones estaban tomadas, la incertidumbre seguía creciendo en mi pecho.
—¿Adónde vamos?—me atreví a preguntar apenas nos alejamos lo suficiente.
había vivido toda mi vida en esta ciudad y siempre encontraba lugares nuevos, supongo que esa era la maravilla de Valparaíso.
por el rabillo del ojo me observó, mas no me respondió. Su capucha solo me dejaba ver su nariz recta, además por la diferencia de alturas un paso de él significaban tres míos, por lo que seguirle el ritmo me estaba costando más de lo que quisiera.
bufé intentando quitar los mechones de pelo que se ponían en mi cara, puesto que mis dos manos estaban ocupadas, ya con la otra llevaba mi bolso.
la brisa de septiembre me tenía un poco inquieta, porque hacía frío, pero al mismo tiempo calor. El clima culiao estaba tan raro últimamente.
—No sé a donde podemos ir.—confesó, y se sentó en el paradero, luego sin soltar mi mano se agarró la cabeza, como si se estuviera exasperando.
me paré frente a él y lo abracé. Cuando su calidez me invadió, la incertidumbre pasó a segundo plano, dejando solo la pena.
—Conozco un hostal barato.—sugerí luego de unos minutos en silencio.—La O nos deja cerca.—achiné los ojos cuando vi que a lo lejos se acercaba una micro.
alzó la cabeza y me miró, sus ojos azules brillaban con pena y, aunque me angustié, lo miré segura. Sabía perfectamente que él no podía mantenerse fuerte y seguro todo el tiempo, por lo que cuando él no pudiera serlo, lo sería yo.
no iba a dejarlo solo.
justo pasó la micro y cuando la hice parar, le pagué con la última luca que me quedaba. El atardecer asomándose por el mar se podía visualizar perfectamente a través de las ventanas de la micro, que estaba casi vacía, a excepción de un curaito que dormía plácidamente.
nos sentamos en silencio que, aunque me estuviera ahogando, dejaba estar porque sabía que lo necesitaba el Alonso.
—Voy a extrañar el puerto.—susurró mirando detrás de mí, directamente a la ventana. Quise mirar lo que veía él, pero me perdí en sus ojos que mostraban una profunda tristeza.
—Yo no.—negué con la cabeza, mintiendo.—Esta ciudad me ha traído más desgracias que alegrías.
me sonrió con tristeza y apretó mi mano con suavidad, un gesto de reconfortante que intentaba brindarme un poco de seguridad. Sin saber, que era todo lo contrario.
el corazón se me apretó y dejé de mirarlo, para ver por la ventana. Los cerros llenos de casas coloridas, que ocultaban la precariedad y que, en silencio, promovían la idea de que el esfuerzo lo hacía a uno.
pero ¿Qué pasaba cuando uno se sentía consumido por la vida? ¿Dónde quedaban las personas que no lograban surgir?
tal vez eran como el Alonso y yo, que huían sin saber que podría pasarles, con una mochila llena de esperanzas y plegarias por un mañana mejor.
si Dios existía, si realmente lo había ¿Por qué era tan injusto?
¿El Alonso realmente se lo había buscado? Muy en el fondo sabía que no, ya qur que si hubiésemos podido elegir seríamos distintos y, probablemente, ninguno se hubiese topado con el otro.
