Alonso
desperté antes que la Kata, que dormía plácidamente en mi pecho. Su pelo caía libremente sobre su espalda y mi pecho, impregnándome de un olor que ya me era familiar.
intenté moverme, pero sus brazos se aferraron a mi estómago impidiendo cualquier movimiento de mi parte. Ante esa acción, el corazón en el pecho se me hundió y de pronto la angustia vuelve a inundarme.
la Kata era la mejor wea que me había pasado en la vida. No estaba ni ahí con engrandecer lo que sentía, porque era lo más real que tenía y que, probablemente, iba a tener en mi vida.
de puro pensarlo se me formaba un nudo en la garganta. Así que, para dejar de pensar weas, me vuelvo a concentrar en ella, en brindarle caricias y observarla dormir. La Kata por su parte dormía plácidamente, como si afuera no hubiera peligro, como si jamás hubiera pasado por weas horribles y me alegró pensar que, por lo menos, en sus sueños no hubieran pesadillas.
entonces el sueño hizo que mis párpados se sintieran más pesados y aunque intenté no dormir, el calor que emitía el cuerpo de la castaña me hacía relajarme más de lo que debía, mucho más de lo que estaba permitido.
además, todavía ni amanecía por lo que el silencio de la ciudad nos mantenía a ambos ajenos a todo. Ni sabía que hora era, pero parecía quedar mucho para que fuera mañana y yo no quería que fuera mañana.
porque a la mañana tendría que enfrentarme a la realidad que quería evitar, mas solo debía aceptar.
de pronto el sueño se esfumó y mi vista se quedó pegada en el techo, así el miedo me invadió y me sentí cobarde. Nunca en mi vida había sido tan miedoso como lo estaba siendo en estos momentos y me odié por eso.
desde que era chico me había sentido invencible, en los piques, vendiendo weas, consumiéndolas, yendo a la casa del carretilla y haciendo weas.
—Mmh Alonso...—me llamó la Kata con voz somnolienta, alejando los pensamientos culiaos de mi mente.—¿Cuánto dormí? ¿Dormiste? ¿Qué hora es? ¿Ya tenemos que irnos?
hizo el amague de levantarse, pero la detuve y la abracé volviendo a embriagarme de su olor.—Todavía falta, dormiste poco. Sigue durmiendo.—se acomodó en mis brazos y negó con la cabeza.
—Se me fue el sueño.—mintió. Era fácil detectar cuando mentía porque arrugaba sus cejas por un segundo, casi imperceptible. Sin embargo, llevaba meses viéndola y podía apostar que ya me sabía todos sus gestos de memoria.—¿En qué pensai?
en ti. Quise decirle, pero me encogí de hombros.
—En nada.
su frente se arrugó como si no le gustara mi respuesta, por lo que se dio vuelta quedando apoyada en su estomago y frente a mí.—¿Cómo era tu relación con el Carretilla?
alcé las cejas sorprendido ante su pregunta, pues me tomo completamente desprevenido. El nudo en la garganta se me volvió a formar y no era porque no quisiera contarle, más bien se debía a que me daba miedo hacerlo.
—Creo que...—carraspee.—en cierta forma fue como una figura paterna.—confesé y sus ojos expresivos no ocultaron la sorpresa que le generó.—Me dio techo cuando no tenía dónde ir, cuando me daba miedo hacerle una wea al viejo culiao de mi papá.
—¿Cómo...?—sus cejas se alzaron aún más sorprendida.
—A diferencia del tuyo, el mío era un pastero culiao.—dejé de mirarla, porque me dio rabia pensarlo.—Le robaba la plata a mi mamá para consumir weas, no era más que un viejo inutil que nos arruinó y...—me quedé en silencio.
