Calor de Hogar

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Capítulo 62:

Le entregué el objeto, temblando apenas, y sin decir nada, Matt se acercó y me abrazó. No fue un gesto impulsivo ni exagerado. Fue suave, envolvente. Un refugio.

Me quedé quieta unos segundos, y luego, lentamente, lo abracé también. Me permití ese descanso.

Respiré profundo, como si su presencia limpiara el aire a mi alrededor. Por un instante, me sentí a salvo.

—¿Por qué estás aquí? —susurré sin soltarme del todo.

— Matt me miró, y con una sonrisa leve, respondió —Vine por trabajo, pero... también porque necesitaba verte. Le conté a Marcos lo que estaba pensando, y me dijo que podía quedarme con ustedes unos días.

—¿Te vas a quedar conmigo? —pregunté, sorprendida.

—Sí. Y no pienso irme hasta asegurarme de que estés mejor— Respondió Matt, sentí un nudo en la garganta, pero era distinto. No dolía. Era emocionante.

—¿Puedo preguntarte... ¿Por qué estabas haciendo eso antes? —dijo Matt, sin juzgarme.

Bajé la mirada, y con esfuerzo, le conté un poco. Lo suficiente— Es que... a veces siento que a nadie le importa.

Matt se inclinó levemente hacia mí.—Yo conozco a alguien a quien sí le importa —dijo con una media sonrisa.

—¿Quién? —pregunté, algo incrédula.

—A mí —respondió, señalando su pecho.

Más tarde, acompañé a Matt hasta abajo para que pudiera instalarse. Le mostré la habitación de huéspedes, en la otra punta del pasillo, y cuando todo estuvo listo, lo vi bajar hacia la cocina.

—¿Has comido algo? —preguntó con tono serio, clavando su mirada en la mía.

—Estoy bien —respondí bajito, con un suspiro—. Creo que tengo algún snack por ahí.

—Eso no es comida, Lola. ¿Hace cuánto no comés algo de verdad, algo hecho en casa? —me miró como si supiera la respuesta.

Lo seguí hasta la cocina. Me detuve en la puerta mientras él abría las alacenas y revisaba la heladera.

—¿Sabés cocinar? —pregunté, algo sorprendida.

—No tan mal como pensás. Aunque más vale que no seas exigente —bromeó con una sonrisa.

Observó el contenido del refrigerador.

—Veo que no estás sola del todo —comentó, mientras sacaba unos huevos y vegetales.

—Guillermo viene un rato a veces. Después dice que tiene trabajo o algo.

Matt asintió, sin juzgar.

—Bueno, entonces ahora es mi turno de cuidar un poco —dijo con simpleza—. Empecemos a preparar algo caliente. Comer ayuda más de lo que uno cree.

Me quedé unos segundos en el umbral de la cocina. Matt revolvía entre las alacenas como si fuera su casa, con total naturalidad. A pesar de mi incomodidad inicial, había algo en su forma de moverse, en su presencia tranquila, que me hacía querer quedarme un poco más.

Aunque aún tenía esa punzada de inseguridad clavada en el pecho, decidí dar un paso. Caminé hasta el comedor y empecé a sacar los platos, cubiertos y vasos. No eran muchos, solo lo justo, pero lo hice con una concentración que no recordaba tener desde hace tiempo.

En mi cabeza, todo se transformaba: el comedor ya no era tan silencioso ni tan frío. Yo no era una chica sola sirviendo la mesa por costumbre... era una nena esperando a su papá, que acababa de llegar del trabajo, cansado, pero con ganas de estar con ella. Jugaba en silencio a imaginar que esta era una noche normal, una como las que alguna vez soñé tener.

Matt me observó desde la cocina, sin decir nada. Solo me dedicó una pequeña sonrisa, de esas que no necesitan palabras para decir que todo está bien.

Entonces algo dentro de mí se aflojó. Y por primera vez en días, sentí que estaba bien quedarme en ese lugar. Que tal vez no era tanto lo que necesitaba cambiar, sino quién estaba ahí conmigo.

Cuando terminamos de cenar, nos quedamos sentados en el sofá que da a la sala. Matt se ubicó en la otra punta, dejando un espacio cómodo entre los dos, mientras yo abrazaba mis piernas, como suelo hacer cuando me siento insegura o simplemente necesito sentir algo cerca.

—Sabes —comenzó él, con ese tono tranquilo que le sale natural—, quería contarte algo de la charla que tuve con tu hermano.

Hizo una pausa breve. Sus ojos azules se quedaron fijos en los míos, pero sin presionar.

—Por ahora solo te diré esto; mientras me quede aquí, voy a hacerme cargo de ti, como acordamos con Marcos. Que no estés sola, que tengas con quién contar.

Tragué saliva. No sabía bien qué sentir. Había algo en mí que se resistía a confiar del todo, y al mismo tiempo... algo que necesitaba desesperadamente.

—Si todo sale bien —agregó con una sonrisa apenas visible—, y si logramos adaptarnos, te prometo que todo va a mejorar.

Asentí en silencio. No quería parecer necesitada. Pero en el fondo, sus palabras se sintieron como una manta tibia en medio del frío.

 Pero en el fondo, sus palabras se sintieron como una manta tibia en medio del frío

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