Joe vs Lola: Round 2

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Capítulo 43:

Estaba acostada, lista para dormir, cuando una sensación extraña me invadió. Era como un mal presentimiento, una especie de inquietud que no podía ignorar. Intenté cerrar los ojos, pero mi mente no me dejaba en paz. Había algo en el ambiente, algo que no estaba bien, aunque no sabía exactamente qué era.

Joe llevaba todo el día distante, y aunque siempre intentaba mantener la compostura, yo podía notar cuando algo lo molestaba. Quizás era esa famosa fiesta de la que había hablado, o tal vez simplemente estaba cansado. Pero la verdad es que no importaba cuál fuera la razón. Por alguna razón que no lograba explicar, necesitaba verlo.

«Seguro soy la última persona que quiere ver ahora mismo» pensé mientras me sentaba en la cama y me frotaba los ojos. A veces, sentía que mi presencia lo molestaba, como si estuviera siempre invadiendo su espacio. Pero aun así, no podía evitar querer estar cerca de él.

Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido. Mi plan era simple: inventaría cualquier excusa para hablarle, incluso si eso significaba sugerirle que me diera una clase de canto a estas horas. La idea era ridícula, lo sabía, pero también sabía que funcionaría. Joe nunca se negaba a algo así, aunque lo hiciera con su característico sarcasmo.

«De todas maneras, soy su mejor amiga» me dije para convencerme mientras caminaba hacia la puerta de mi habitación. Pero apenas lo pensé, sentí una punzada de duda. ¿De verdad era su mejor amiga? ¿O solo era una niña a la que toleraba porque no tenía otra opción?

Sacudí la cabeza, intentando apartar esos pensamientos. Lo único que sabía con certeza era que quería estar allí para él, aunque fuera solo para distraerlo. Había algo en su manera de esconder lo que sentía que me hacía querer desentrañar cada pedazo de su silencio, como si al entenderlo pudiera entender también lo que estaba pasando dentro de mí.

Me detuve frente a la puerta de su habitación, con la mano levantada para tocar, pero algo me hizo dudar. Mi corazón latía rápido, y no tenía nada que ver con el miedo a que se enojara por despertarlo. Había algo más, algo que no podía nombrar. Algo que hacía que mis piernas se sintieran débiles y que mi voz temblara incluso antes de pronunciar una sola palabra.

Respiré hondo antes de dar el primer paso por el pasillo hacia su habitación. Sentía un peso extraño en el pecho, como si algo me dijera que lo que estaba a punto de hacer no saldría bien. Cuando llegué a la puerta, toqué suavemente, pero al ver que estaba entreabierta, decidí entrar.

—Hola —saludé animada, sosteniendo mi cancionero y las partituras que Joe me había dado en la última clase de solfeo. «Odio el solfeo», pensé mientras intentaba sonreír. Pero mi sonrisa se desvaneció en cuanto lo vi.

Joe estaba de espaldas, mirando por la ventana de su habitación. La luz tenue de la lámpara iluminaba apenas su perfil. Algo en su postura, en cómo cruzaba los brazos, me dijo que no estaba de buen humor.

—¿Qué haces? —pregunté con curiosidad.

Joe giró la cabeza hacia mí, y su mirada me golpeó como una ráfaga de aire frío.

—Ahora no tengo tiempo. Vete a molestar a alguien mas, niña —dijo con un tono cortante, casi cruel.

Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Fruncí el ceño, cruzándome de brazos. No entendía por qué me trataba así.

—No creo que debas ir a esa fiesta —dije finalmente, intentando sonar tranquila, aunque sabía que estaba caminando sobre hielo delgado.

Joe se giró por completo hacia mí, sus ojos chispeando con algo entre frustración y desafío.

—¿Y tú qué sabes? —espetó, con las palabras saliendo como flechas— Eres solo una niña.

Su comentario fue como una espina clavándose en mi pecho. Una mezcla de humillación y rabia me invadió, pero traté de mantener la calma.

—¿De verdad piensas que ellos son tus amigos? —pregunté, esta vez en voz baja.

Joe soltó un suspiro, casi una risa irónica.

—¿Qué sabes tú de eso? Tú solo tienes una amiga —replicó con desdén.

Sus palabras fueron un golpe directo al corazón. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas, pero me negué a llorar frente a él. No quería que me viera débil.

Algo dentro de mí se rebeló. Quizás era el cúmulo de emociones que él siempre despertaba en mí, o tal vez simplemente estaba cansada de cómo me trataba. Respiré hondo y levanté la cabeza, enfrentándolo.

—Tal vez no tenga muchos amigos —comencé, con la voz temblando un poco—. Y sí, quizás Fer sea mi única amiga. Pero al menos sé que su amistad es sincera, que me quiere por quien soy y no por lo que tengo.

Joe me miró, entre incrédulo y desafiante, pero no dijo nada. Sentí mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho, como si fuera a salirse en cualquier momento.

—¿Tus amigos te quieren por quién eres? ¿O solo porque eres Joe Jonas? —pregunté, esta vez con más firmeza.

Hubo un momento de silencio. Sus ojos buscaron los míos, pero yo no aparté la mirada. Era aterrador, pero también sentía una especie de liberación al decirle todo lo que pensaba.

—De qué sirve tener fiestas, dinero o fama, si cuando vuelves a casa estás solo —dije, con mi voz quebrándose al final. No pude evitar que las lágrimas comenzaran a rodar por mis mejillas, pero las limpie rápidamente.

Las palabras seguían saliendo de mi boca, como si una fuerza invisible me empujara a hablar.

—Sé que no soy importante para ti, sé que solo soy una niña y que probablemente mi amistad no signifique nada. Pero si algún día estás triste, si sientes que no tienes a nadie... estaré ahí. Aunque sé que estas palabras probablemente no importen, aunque sé que no cambiarán nada... —mi voz se apagó, rota por un sollozo.

Joe seguía mirándome, inexpresivo, y eso me dolió aún más. Bajé la cabeza, sintiéndome pequeña, insignificante.

—No importa —le susurré, girándome para salir de su habitación antes de que pudiera ver cuánto daño me había hecho.

Corrí hacia mi cuarto y cerré la puerta con fuerza, apoyando la espalda contra ella mientras las lágrimas seguían cayendo. Imaginé, por un momento, que vendría tras de mí, que abriría la puerta y me abrazaría, diciendo algo que borraría todo el dolor. Pero la realidad no funcionaba así. Joe no vendria.

Me hundí en la cama, abrazando mi almohada, mientras la sensación de vacío se instalaba en mi pecho. No sabía por qué me importaba tanto lo que pensara, por qué sus palabras me dolían más que las de cualquier otra persona. Pero algo dentro de mí me decía que Joe era diferente, y que, sin darme cuenta, él se había convertido en algo más que solo un amigo.

 Pero algo dentro de mí me decía que Joe era diferente, y que, sin darme cuenta, él se había convertido en algo más que solo un amigo

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