Lola, una niña de 10 años que ha pasado gran parte de su vida en solitario, anhelando una existencia tan emocionante como las protagonistas de sus series favoritas, se encuentra atrapada en una monotonía que parece no tener fin. Sus días transcurren...
💙 Este capítulo incluye referencias a ansiedad y autolesiones. Si estos temas son sensibles para vos, te recomiendo leer con cuidado o saltearlo. 💙
Estaba en la biblioteca buscando qué leer, cuando escuche una risitas, sin que se dieran cuenta, pude ver a Brooke y Bradley, parecían estar estudiando o algo asi, y pero, estaban haciendo todo menos eso, jugueteaban entre los dos, cuchicheaban cosas, hasta que Bradley se acercó lentamente a la boca de Brooke, fue ahi cuando decidi dejar todo, y luego me fui lentamente sin que me vieran, pero, eso no me salvaba de que Brooke me encontrara, o al pasar hiciera algún comentario hiriente, algún referente a mi cuerpo por alguna razón, para que dejara de molestarme decidí que usaría pantalón, decía que las faldas me quedaban mal y otro comentario sobre mis piernas, que de algún modo comenzaba a tomarlo en cuenta, cuando antes no veia ningun defecto, si bien, nunca me sentí linda, jamás me detuve a pensar porque me sentia asi, y quizas haya encontrado mas defectos en mi de los que había pensado, o quizás mis ojos lo ven así.
El espejo ahora se volvió algo que deseo no cruzarme. Extraño como me sentía hace unos días cuando estaba en Los Ángeles, con mis amigos, con personas que me escuchaban, y me veían, ahora todo era distinto, a pesar de que a veces suelo hablar con Matt por videollamada desde la compu, siento ese vacío otra vez, ese sentimiento de que me falta algo. La llamada del otro día fue un ejemplo.
*Sonido de videollamada entrante* su nombre apareciendo en pantalla, mientras hacía mi tarea, me saco una mini sonrisa, sin dudarlo atendi, y saludo con mi mano con emoción a la pantalla. Cuando necesito hablar con alguien siempre tengo la suerte de que está conectado, a veces siento que está esperando que lo llame, o casualmente me llama dos veces por día, cuidándose de la diferencia horaria.
— Lola, ¿cómo estás? —me pregunta sonriendo, sus ojos azules iluminan mi día como nunca nadie lo había hecho, desde que comenzamos a hablar sentí una conexión especial con Matt, más alla de una amistad, era algo más, algo que aun no lograba entender.
— Dentro de todo bien —suspire, intentando mostrar mi mejor sonrisa, aunque no parecía convencido.
— ¿Segura? —cuestiona de golpe, fruncí mi ceño sin entender porque ese tono autoritario que rodea sus palabras de vez en cuando, cuando hace eso me hace sentir una niña pequeña, sus consejos, o sus palabras se sienten, como una caricia al alma.
—Aunque intente mencionar que estaba bien, respiro hondo y mis ojos se nublaron, lo que hizo que la expresión de Matt se viera preocupado— ya no quiero sentir esta sensación horrible —intente decir entre los sollozos, y la angustia en mi voz.
— ¿Qué es lo que sientes, pequeña? —preguntó Matt, su tono era suave, pero, firme, sus ojos me miraban expectantes desde el otro lado de la pantalla, pero, podía sentir aun esa conexión que solo con Matt podía tener.
— Es una sensación de vacío, como que me falta algo —limpio mis lágrimas mientras contesto a su pregunta.
— Levanto mi vista para verlo, y se acerca un poco a la pantalla— te prometo que nunca más vas a sentirte así —indica con seguridad, pero, sus palabras eran en vano, y ya no quería escuchar más promesas vacías y falsas, quizás esté siendo sincero, pero, Matt no puede hacer nada desde el otro lado, sus palabras son alentadoras, pero, no necesito palabras, necesito que alguien cumpla con sus palabras, y aun nadie lo ha hecho.
Dejó la llamada fingiendo tener sueño, para no hacerle sentir que todo lo que me dijo fue en vano, que sus palabras son alentadoras, y que estoy agradecida con ellas. Hace días que intenté contactarme con Matt, pero, hace varios días que ya no hablamos, supongo que entiendo que quizás, esté ocupado.
Me fui a la cama sin cenar. La verdad, ya ni hambre tenía. Solo quería cerrar los ojos y que el sueño, por fin, me diera un poco de paz. Pero hoy ni eso funcionaba. Estaba vacía, cansada de fingir que todo estaba bien, de luchar contra pensamientos que solo sabían hacer daño.
No quería ir a la escuela. «¿Para qué?» A nadie le importaba si iba o no. Nadie preguntaba. Nadie notaba nada. Sentía que, si mañana desaparecía, el mundo seguiría girando igual. La música no ayudaba. Escribir, menos. Ni siquiera las palabras me salían. Era como si todo lo que me hacía sentir un poquito viva, hoy estuviera en silencio.
Y entonces, un pensamiento oscuro se coló, uno que no había buscado... uno que conocía demasiado bien.
No era la primera vez. En mis brazos quedaban las marcas, aunque tratara de esconderlas. Esa sensación punzante me había servido otras veces para callar el ruido de adentro. Solo por un rato. Solo para poder respirar.
Pero cuando me disponía a dibujar la línea sobre mi brazo, algo cayó al suelo, muy cerca de mí.
«Tendrán que usar su imaginación, ya que no diré de forma literal lo que estaba haciendo, no quiero que nadie siga ese ejemplo, porque, no es el correcto»
Me sobresalte. Alcé la vista. Matt estaba en la puerta. No sabía cuánto llevaba allí, ni cómo me había encontrado. Solo lo vi, inmóvil, con los ojos clavados en mí... y en lo que tenía en la mano.
No dijo nada al principio. Se acercó despacio, como si temiera asustarme. Me temblaban las manos.
—¿Puedo? —dijo en voz baja, con una dulzura que no esperaba. Señaló el objeto que yo aún sostenía, y que intenté esconder con torpeza.
—No creo que algo pueda reparar todo esto —susurré, apenas audible. Matt se sentó junto a mí, sin tocarme, sin invadir. Solo estaba ahí. Presente. Firme.
—Quizás no repare todo —dijo suavemente—, pero puedo mostrarte otra forma. Algo que no duele. Algo que no te lastima.
Lo miré. No sabía si confiar. No sabía si quería hacerlo. Pero su voz era real. No tenía lástima. Tenía cariño. Y sus ojos... me hablaban como nadie me había hablado antes.
—¿Cuál es esa forma? —pregunté, sin saber de dónde había sacado el valor para decirlo.
Matt me sonrió, pero no como quien busca consolar a la fuerza. Era una sonrisa chiquita, rota, como si él también hubiera estado allí alguna vez.
—Hablá conmigo —respondió—. Cuando sientas que todo te pesa, cuando sientas que no podés sola, buscame. Aunque no sepas qué decir. No me importa. Solo... no apagues tu luz, ¿sí?
No supe qué decir. Solo bajé la mirada, y con un temblor leve, le entregué lo que tenía en la mano. Él lo tomó con suavidad, sin juicio, sin reproche. Lo guardó lejos, y luego, sin hablar, me ofreció su abrazo. Y por primera vez en mucho tiempo... me dejé sostener.
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