Lola, una niña de 10 años que ha pasado gran parte de su vida en solitario, anhelando una existencia tan emocionante como las protagonistas de sus series favoritas, se encuentra atrapada en una monotonía que parece no tener fin. Sus días transcurren...
Dudé un poco antes de responder, pero ya no quería ocultarle nada. Había aprendido mi lección.
—Sí, pero ahora es diferente —le respondí, sintiendo cómo las palabras brotaban con naturalidad—. Escribo sobre estos nuevos sentimientos que no puedo explicar —dije, haciendo una pausa para mirarlo. Joe me observaba con una leve sonrisa en los labios, sus ojos entrecerrados, como si esperara que continuará. —Ya no escribo canciones sobre otras personas. Ahora, intento mostrarme a mí misma —jugué con mis dedos, algo nerviosa. Joe ladeó la cabeza, pero su expresión cambió a una más traviesa, como si adivinara lo que venía. —Aunque no me guste mucho lo que veo —confesé, apretando los labios.
Joe frunció el ceño, confuso. —¿Por qué no? —preguntó, genuinamente intrigado.
—No sé... pero nunca me he sentido bien conmigo misma —suspiré, bajando la mirada con un peso en el pecho que no podía explicar—. Creí que era obvio.
Joe me observaba en silencio, su rostro reflejando una mezcla de preocupación y paciencia. Me giré hacia un lado, evitando su mirada, mientras sentía cómo ese vacío que me acompañaba desde hace tiempo volvía a ocupar espacio dentro de mí.
—A pesar de tener solo 12 años, no encuentro nada interesante en mí —murmuré, frotando uno de mis brazos como si eso pudiera calmar la incomodidad que sentía por dentro. Era como si me faltara algo... algo importante—. Por eso me cuesta mostrarme como soy —confesé, lanzándole una mirada rápida. Sabía que él estaba a punto de decirme alguna de sus frases motivadoras, de esas que siempre me hacían pensar de una forma diferente. Siempre tenía las palabras justas, sin miedo de decir lo que pensaba, con ese estilo suyo, el estilo Joseph Adam Jonas, que yo tanto admiraba.
Me mordí el labio inferior, vacilante.
—Quisiera poder ser alguien más... alguien como, no sé... —dudé, temiendo que se enojara por lo que iba a decir. Pero si algo había aprendido de Joe, era que debía ser honesta, así que susurré lo que me rondaba la cabeza, aunque me daba vergüenza admitirlo—. T-Taylor.
Lo dije entre dientes, esperando que no lo escuchara, pero por su mirada supe que sí lo había hecho. No estaba molesto. Al contrario, me miraba con una comprensión que me desconcertaba.
—Lola... —su voz fue suave, sin rastro de juicio—. Eso que sientes... es solo tu falta de confianza en ti misma. Te hace creer que no eres buena en lo que haces.
Sus palabras resonaron en mí, llenas de esa honestidad que siempre me hacía sentir algo nuevo, algo intenso. Sentía una mezcla de admiración y vergüenza. Sabía que Joe no debía descubrir lo que realmente sentía por él. Ese hormigueo en mi estómago, el calor que subía a mis mejillas cuando me hablaba así... todo eso me confundía, pero me hacía sentir más fuerte al mismo tiempo.
—Tu inseguridad —continuó— es lo que te hace ver todo diferente a como yo te veo.
Al escuchar eso, levanté la cabeza de golpe. ¿Cómo me veía él? Esa pregunta me atravesó como un rayo, y mis mejillas ardieron aún más. Joe sonrió con dulzura al notar mi reacción.
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