Lola, una niña de 10 años que ha pasado gran parte de su vida en solitario, anhelando una existencia tan emocionante como las protagonistas de sus series favoritas, se encuentra atrapada en una monotonía que parece no tener fin. Sus días transcurren...
Repasaba con mis ojos el cartel grande hecho en un afiche, este tenía escrito en letras grandes "Bienvenida a Casa" las letras en tonos rojo, negro y violeta. Luego subí mi vista a las manos que sostienen el cartel, con una sonrisa amplia, sus ojos de tono oliva, combinados con sus hermosas ondas doradas con sus puntas en degradado rosa, al ver a Fernanda, no pude evitar emocionarme, luego de no verla por mucho tiempo, solo quería correr a abrazarla.
A un lado de ella, estaban Melody, y Simón, del otro lado, estaban Nick, quien sostenía también el cartel, y también, a Kevin, pero, no estaba solo, también note que a su lado estaba Danielle, su mujer.
Todos gritaron "Sorpresa" al unísono, mi corazón se estremeció de emoción al ver tanta gente que esperaba verme.
Ahora recuerdo que le pedí a Fer que no dijera nada, aunque ahora sospecho que sabía que venía, porque no parecía sorprendida cuando le conté.
Simplemente dejé mi mochila y mi bolso en el suelo, y corrí a abrazarlos y agradecerles por la sorpresa.
— Gracias, por esto, no me lo esperaba —exprese, con ese sentimiento de querer gritar y saltar de la emoción, eso que viene de golpe.
— Era necesario recordarte que a pesar de la distancia, hay muchas personas, que te extrañaban y te aprecian por quien eres —comenta Kevin, con su tono claro y cálido, siempre sabe qué decir cuando hay que decir.
Sus palabras me llenaban de contención y amor, algo a lo que le había perdido la costumbre, desde que estaba en Nueva York, pero, como dicen, el pasado es pisado, y ya no quiero centrarme en cosas que me hacían mal, ahora tengo una nueva vida, y voy a aprovecharla para encontrarme a mi misma, y enfocarme en lo que amo, que es mi música, y dejar de temer a mostrar mi talento.
— Antes de festejar, ayudemos a Lola con sus cosas —sugiere Nick amablemente, aunque intente negarme, no me escuchó, ¿acaso todos los Jonas son igual de tercos?
— Mientras yo le muestro donde están las habitaciones —comentó Mel, mientras se acercaba a mi con una sonrisa cálida.
Tomé mi bolso y mi mochila y seguí a Melody, que comenzó a subir la escalera de madera oscura y pulida. Los primeros escalones eran anchos y firmes, y a medida que ascendemos la escalera se curvaban suavemente hacia la izquierda, como si invitara a ir más despacio. Al llegar arriba, la baranda se abría y regalaba una vista generosa de la sala principal, conectada con la entrada; todo parecía respirar amplitud y calma. Más adelante, al fondo, distinguí una puerta cerrada. Supuse que detrás de ella estarían el comedor y la cocina, los espacios donde la casa seguramente cobraría vida.
Caminamos por el pasillo del segundo piso —una especie de pasarela que miraba hacia abajo— y fui contando las puertas del lado derecho. Melody me iba guiando con naturalidad: la primera era la habitación de Matt y Simon; la siguiente, un baño sencillo. Después venían dos cuartos más. El primero era el suyo, algo imposible de confundir porque tenía un pequeño cartel en la puerta, muy a su estilo. La otra habitación era más pequeña, discreta, casi escondida.
Un poco más adelante, de frente, había otra puerta. No lo pensé demasiado. Algo en mí me empujó a abrirla. Apenas crucé el umbral, lo supe: esa iba a ser mi habitación, al menos por ahora.
Era amplia, con piso de madera y un ventanal enorme que daba a un balcón mediano y precioso. A la izquierda del ventanal había una puerta que permitía salir al exterior, y la luz natural entraba sin pedir permiso, llenándolo todo. Debajo de la ventana estaba la cama individual, con cajones incorporados que parecían guardar secretos futuros. Frente a la cama, un escritorio blanco esperaba en silencio, con estantes encima, listos para libros, cuadernos y canciones aún no escritas.
Más al fondo descubrí un baño privado con bañera, y luego un vestidor amplio que me hizo contener el aliento. Todo el cuarto tenía tonos simples, casi neutros. No imponía nada. Era una hoja en blanco.
Sentí cómo mi mente empezaba a moverse sola, imaginando colores, recuerdos, pequeños detalles que lo harían mío. Como si ese espacio me estuviera diciendo, sin palabras, que podía empezar de nuevo. Que ahí, tal vez, podía escribir otra versión de mí.
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