Lola, una niña de 10 años que ha pasado gran parte de su vida en solitario, anhelando una existencia tan emocionante como las protagonistas de sus series favoritas, se encuentra atrapada en una monotonía que parece no tener fin. Sus días transcurren...
Los rizos oscuros de Bradley caían sobre su frente, enredándose con la luz del sol de una forma casi cinematográfica. Se veía increíblemente atractivo.
El pensamiento me tomó por sorpresa y, como si mi cerebro hubiera sufrido un cortocircuito, me puse de pie de golpe, torpemente, haciendo que mis libros casi se estrellan contra el suelo.
Bradley reaccionó rápido. Su mano atrapó uno de los libros en el aire y luego soltó una risa divertida, probablemente por mi torpeza.
—Lo siento —balbuceé, sintiendo cómo el calor me subía al rostro mientras intentaba recomponerse.
—No te preocupes, linda —respondió con una sonrisa amistosa. Su tono de voz era suave, sereno, y por alguna razón hizo que me relajara un poco—. Justamente te estaba buscando, Lola.
Mis ojos se abrieron con sorpresa. De todas las chicas que hay en este colegio, ¿me estaba buscando a mí? ¿Lola, la nueva? ¿La que seguro nadie recuerda el nombre?
Antes de que pudiera responder, sentí un empujón que me hizo tambalear hacia un lado.
—Uy, lo siento —canturreó una voz empalagosa que reconocí de inmediato.
Brooke.
—¡Hola, guapo! —saludó a Bradley con su irritante tono de voz, como si yo ni siquiera estuviera ahí.
Luego me miró de arriba abajo con esa arrogancia que sólo alguien como ella podía tener.
—¿Qué haces? —preguntó con una sonrisa falsamente dulce, como si realmente no tuviera idea de por qué yo estaba aquí.
Bradley rodó los ojos con un suspiro, claramente fastidiado.
—Estaba hablando con Lola —dijo con obviedad, señalándome con un gesto de la mano.
Brooke volvió a mirarme, pero esta vez con una expresión burlona.
—¿Ahora eres vidente? Porque yo no veo a nadie aquí.
Unas risas ahogadas se escucharon detrás de ella. Sus amigas, por supuesto, siempre están listas para hacer coro.
Sentí mis manos cerrarse en los puños. Un pequeño ardor se encendió en mi pecho, esa sensación familiar que odiaba. La sensación de ser invisible. De no pertenecer.
Respiré hondo. No iba a dejar que esto pasara otra vez.
—Es difícil ver cuando no puedes mirar más allá de tu ego —repliqué, con más dificultad de la que me gustaría admitir.
Una de sus amigas dejó escapar una risita involuntaria, pero Brooke la fulminó con la mirada, como si le hubiera traicionado. Luego volvió su atención a mí, su expresión endurecida.
—¿Quién crees que eres para hablarme así?—Se acercó un paso, intentando intimidarme, pero no me moví. Mantuve mi mirada firme en la suya.
—Y entonces, sin pensarlo demasiado, solté lo que me vino a la mente— ¿Yo? Aún no lo sé. Pero seguro soy mejor que alguien que necesita hacer sentir mal a los demás para poder existir.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Pude notar algunas miradas curiosas a nuestro alrededor. Bradley me observaba con los ojos un poco más abiertos de lo normal. Brooke parpadeó, sorprendida, y por un segundo, me pregunté si había ido demasiado lejos.
Pero entonces la vi. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus mejillas se encendían de rabia contenida.
Corrí un mechón de cabello de mi rostro con fastidio, arqueando una ceja para reforzar mi punto.
En mi cabeza, no pude evitar pensar «¿Qué? ¿Acaso creen que me voy a dejar? Me gustaría ver a esta gente sobrevivir un solo día en una escuela en Argentina»
En ese instante con una mezcla de asombro y dolor, como si el mundo se hubiera detenido por un breve pero eterno segundo. Brooke se abalanzó sobre mí con una mirada fría y altiva. Con voz firme y arrogante, exclamó —Será cierto, pero al menos yo sí existo. —Se señaló a sí misma con un gesto exagerado y, señalándome con el dedo, se acercó aún más. —Porque yo pertenezco aquí. Y tú —continuó, mirando a su alrededor con desprecio—, ni amigos tienes. Poco a poco te darás cuenta de que tú no existes, que no eres nadie y que jamás pertenecerás a este lugar.
Antes de que pudiera reaccionar, me empujó con tanta brusquedad que caí al suelo; mis libros y la mochila se esparcieron por el pavimento, llevándose consigo fragmentos de mi orgullo. En ese instante, la humillación se apoderó de mí, pero algo en mi interior me impulsó a no ceder ante su desprecio.
Fue entonces cuando Bradley apareció, interviniendo con voz serena pero firme—Brooke, déjala —Se interpuso frente a mí y, con una gentileza que contrastaba con la dureza de la situación, me ayudó a ponerme de pie.
Aun con el rostro encendido por la vergüenza, logré balbucear— Yo sí tengo amigos —Mis palabras salieron temblorosas, casi imperceptibles, mientras mis pensamientos volvían a aquellos que siempre me apoyaron: mi mejor amiga Fernanda y mis queridos amigos Joe, Nick y Kevin, quienes, con su lealtad inquebrantable, me enseñaron a no dejar de ser quien soy.
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