Lola, una niña de 10 años que ha pasado gran parte de su vida en solitario, anhelando una existencia tan emocionante como las protagonistas de sus series favoritas, se encuentra atrapada en una monotonía que parece no tener fin. Sus días transcurren...
Antes de poder procesarlo, mi cuerpo se precipitó hacia adelante, y en un abrir y cerrar de ojos, el agua fría me envolvió por completo. Caí con tanta fuerza que me hundí rápidamente. El impacto me dejó sin aire, y el frío del agua parecía atravesarme como mil agujas.
Intenté salir a la superficie, pero la desesperación me invadió. El agua se sentía infinita, pesada, como si intentara arrastrarme hacia el fondo. Mi corazón latía con tanta fuerza que creía que iba a explotar. El pánico me nublaba los pensamientos.
Mis brazos se movían frenéticamente, buscando algo a lo que aferrarme, pero no había nada. Mis pulmones ardían, suplicando por aire. Tengo que salir. Tengo que llegar a la orilla, pensé, pero el miedo me paralizaba.
Podía escuchar los ladridos de Elvis a lo lejos, mezclados con el sonido de mi propia respiración entrecortada y los chapoteos del agua. Todo se sentía borroso, como si estuviera atrapada en una pesadilla.
De repente, sentí un tirón fuerte en mi brazo. No podía ver con claridad; el agua y el pánico me cegaban, pero distinguí una sombra cerca de mí. Alguien intentaba sacarme, hablándome con urgencia. Sus palabras eran incomprensibles, como si llegaran desde muy lejos, pero su presencia me dio un atisbo de alivio.
Mis pulmones ardían, y mi cuerpo estaba al borde de la rendición. Sin embargo, esa mano que me sostenía parecía ser la única conexión con la realidad, con la posibilidad de salir de aquella pesadilla.
Finalmente, con un último esfuerzo, sentí cómo me sacaban del agua y el aire fresco golpeó mi rostro. Tosí con fuerza, inhalando grandes bocanadas de oxígeno. Mis manos temblaban, y mi corazón seguía latiendo como loco.
Abrí los ojos lentamente, todavía mareada y cegada por la luz del sol. Poco a poco, distinguí una silueta conocida que bloqueaba el brillo. Era Joe, arrodillado cerca de mi cabeza, empapado y respirando con dificultad. Su cabello rizado estaba húmedo, pegándose a su frente, y su expresión era una mezcla de preocupación y enfado.
En ese momento, sentí algo extraño en mi pecho, algo que me desbordaba. Las mariposas en mi estómago parecían haberse convertido en elefantes que pisoteaban sin control. Mi corazón latía tan rápido que casi me dolía. Lo primero que pensé, sin querer, fue en lo guapo que se veía así, tan desordenado y... tan cercano.
-¿Estás bien? -preguntó Joe, con el ceño fruncido. Su voz era grave, pero suave al mismo tiempo.
No respondí enseguida. Mi mente seguía atrapada entre el pánico de lo que acababa de pasar y esta extraña sensación que crecía dentro de mí. Asentí lentamente mientras intentaba recuperar el aliento. Sus ojos seguían fijos en los míos, como si buscara asegurarse de que realmente estaba bien. Ese contacto visual me hacía sentir vulnerable, expuesta.
Bajé la mirada al suelo, sintiendo cómo mis mejillas ardían. Había algo en su mirada que me hacía pensar que podía leer lo que estaba sintiendo. «¿Se habrá dado cuenta de lo que me pasa?» Intenté disimular y reuní el valor para mirarlo otra vez. Pero cuando lo hice, sus ojos seguían clavados en mí, y mis mejillas se encendieron aún más.
-¿Hola? -dijo Joe, agitando una mano frente a mi cara, sacándome de mis pensamientos.
Me enderecé un poco, cruzando los brazos sobre mi pecho en un intento de cubrir mi incomodidad. Todo en mi interior se sentía fuera de control. No entendía por qué él siempre parecía estar allí, en los momentos en los que más necesitaba ayuda. Era como si la vida insistiera en recordarme que podía confiar en él, aunque no siempre pareciera que me soportaba del todo.
Joe suspiró, pasando una mano por su cabello mojado, y su tono se endureció un poco.
-Tienes que tener más cuidado, Lola. Esto podría haber terminado muy mal.
-E-estoy bien -balbuceé, mi voz apenas un murmullo.
Joe me miró con incredulidad, como si no estuviera convencido de mi respuesta. Mientras tanto, Elvis ladraba sin cesar desde la puerta del patio. Nick estaba inclinado junto a él, intentando calmarlo con suaves caricias. Kevin apareció con una toalla en las manos, lanzándole a Joe una mirada que parecía preguntar si todo estaba bajo control.
-¿Qué pasó exactamente? -preguntó Nick, su voz tranquila, mientras seguía acariciando a Elvis.
Intenté explicarlo de manera neutral, aunque la vergüenza quemaba en mi interior. Mi voz temblaba mientras les contaba lo sucedido, tratando de omitir lo más ridículo, pero sabía que no tenía escapatoria. Cada palabra me hacía sentir más pequeña, más torpe.
Cuando terminé, Joe suspiró nuevamente, esta vez más profundo.
-De verdad, Lola. Tienes que pensar antes de actuar.
Sus palabras eran sinceras, pero no podía evitar sentirme como si hubiera fallado otra vez. Bajé la mirada y me froté los brazos, deseando que todo esto terminará pronto.
-Voy a... voy a cambiarme -dije al final, apartándome con pasos inseguros hacia la casa.
Mientras subía las escaleras, sentí la mirada de Joe en mi espalda. Había algo en él que siempre lograba desordenarme, y aunque no entendía lo que era, sabía que era diferente a todo lo que había sentido antes. ¿Por qué él me hacía sentir así? ¿Por qué mi corazón se volvía un desastre cada vez que estaba cerca?
Cerré la puerta de mi habitación y me apoyé contra ella, sintiéndome abrumada. Mi corazón seguía latiendo rápido, no solo por el susto, sino también por algo más que no podía nombrar.
Algo que, a pesar de todo, me hacía querer quedarme un poco más cerca de Joe.
Bajo el agua de la ducha, cerré los ojos, pero la sensación de ahogarme volvió a mí como una sombra, apretándome el pecho. Era como si estuviera de nuevo allí, luchando por salir, atrapada en esa pesadilla interminable.
Salí corriendo al dormitorio envuelta en una toalla, casi tropezando con la alfombra porque me había olvidado la ropa. Me vestí rápido: una camiseta negra lisa de mangas cortas, un short gris, y mis ojotas, que por suerte ya estaban secas. Cepillé mi cabello húmedo, dejándolo suelto con una diadema roja para sujetarlo un poco.
Cuando terminé, me acerqué a la barandilla del segundo piso, intentando averiguar qué eran los sonidos que venían de abajo. Algo extraño venía del garaje, un murmullo de música, como una guitarra y el eco apagado de platillos. Bajé las escaleras con cuidado, siguiendo el sonido, hasta llegar a la puerta del garaje.
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