Lola, una niña de 10 años que ha pasado gran parte de su vida en solitario, anhelando una existencia tan emocionante como las protagonistas de sus series favoritas, se encuentra atrapada en una monotonía que parece no tener fin. Sus días transcurren...
Los días siguientes fueron, dentro de todo, tranquilos. O al menos, lo más tranquilos que podían ser para mí.
Matt estaba ahí. Con esa paciencia rara, esa forma suya de estar presente sin presionar. Me escuchaba, aunque yo no hablara. Me ayudaba, incluso cuando yo decía que no necesitaba nada.
A regañadientes, volví a la escuela. Y todo seguía igual. Las miradas. Los murmullos. Esa sensación de ser transparente, o peor: ser un blanco fácil. Pero ya no dolía como antes. O al menos, había aprendido a llevarlo.
Matt se había tomado muy en serio lo que hablamos aquella noche. Se preocupaba. A veces demasiado.
Y aunque intento mantener mi mente ocupada, en lo que sea; tareas, libros, limpiar, hasta en ordenar el placard, los pensamientos intrusivos todavía aparecen. Algunos días son mejores. Otros, no tanto. Pero intento no rendirme. No otra vez.
Estaba saliendo de la escuela cuando ocurrió. Estaba distraída, con la mente en cualquier parte, cuando un cartel llamó mi atención. Estaba pegado cerca del teatro, justo donde rara vez algo me interesa... pero esta vez fue distinto.
«Concurso de talentos. 18 de Mayo.»
Lo leí dos veces. Mi corazón latió un poco más rápido, y no por ansiedad esta vez. Me acerqué. Arranqué una planilla de inscripción. Algo en mí, muy adentro, deseaba intentarlo. Mostrar una parte de mí que nadie conocía. O tal vez, que yo misma había olvidado.
Pero la ilusión duró poco.
—No me digas que vas a anotarte —dijo Brooke, apareciendo detrás como una sombra molesta. Su voz cargada de burla, infantil, como si hablara con una nena de jardín.
Tragué saliva. Me obligue a no mostrar debilidad.
—¿Y a ti qué te importa? —dije, o intenté decir con firmeza, aunque sentí cómo mis manos temblaban un poco.
Brooke dio un paso adelante, como si fuera a quitarme la planilla, pero alguien la detuvo. Bradley. Ni siquiera me miró, solo extendió el brazo para frenar a Brooke. Ella rodó los ojos, fastidiada.
—¿Qué talento podrías tener tú? ¿Hablar con tus amigos imaginarios? —soltó entre risas, mientras yo buscaba en Bradley una reacción. Nada. Apenas un gesto. Tal vez una sonrisa contenida. No sé qué dolió más.
Pero algo se encendió dentro de mí.
No por ella. Ni siquiera por él. Por mí.
—No necesito demostrarte nada —dije, y le puse una mano firme en el hombro, solo para que me escuchara de verdad—. Ni a ti. Ni a nadie.
Me di la vuelta y caminé sin mirar atrás. No sabía si mis mejillas ardían por la rabia, la vergüenza o el impulso, pero algo en mi pecho se sentía diferente. Más firme.
Afuera, la tarde ya caía.
Vi a Matt con lentes de sol y vestido casual: camiseta negra básica, jeans azul clásico y sus zapatillas blancas. Me sorprende que nadie lo reconozca, aunque para mí sería imposible no hacerlo. Estaba cruzando la calle para acercarse a mí. No corrí hacia él. No salté, ni le sonreí con exageración. Pero por dentro, algo se ablandó.
Era bueno saber que alguien estaba ahí. Aunque no lo dijera. Aunque no pudiera prometer que sería para siempre.
—Hola, Matt —saludé con una sonrisa tímida—. ¿Qué hacés acá? ¿No temés que te reconozcan?
Alzó las cejas, divertido, y se quitó los lentes para mirarme directo a los ojos.
—Primero vine a ver unas cosas del colegio, un favor que me pidió Marcos —respondió, relajado—. Y segundo, algunos ya me conocen... así que me ven como uno más.
Mientras hablábamos, caminamos juntos hacia el edificio. Matt pasó su brazo sobre mis hombros, y no pude evitar sentirme especial. La escuela estaba casi vacía, pero aun así, entrar con él a mi lado fue distinto. Mientras él hablaba con la dirección, me quedé sentada en un banco del pasillo. El peso de las cosas que no le había contado empezó a caerme encima.
Me está costando mucho Matemáticas. Hice lo posible por mantenerlo en secreto. No porque quisiera mentirle, sino porque quería demostrarme que podía hacerlo sola. Estoy pidiendo trabajos extra para levantar la nota, y parece estar funcionando. Pero aún no le conté todo. Tampoco le dije que, algunas mañanas, levantarme para venir acá se siente como empujar una montaña.
No le hablé de Brooke. Ni de cómo a veces me hacen sentir invisible. No porque no confíe en él, sino porque no quiero preocuparlo. Y tampoco quiero que sienta que falló en cuidarme.
Tenía la planilla de inscripción al concurso de talentos en las manos. Ya había completado mis datos. En la sección de talentos, dudé unos segundos antes de escribir: Cantar. Bailar. Tocar guitarra. Pensé en fusionarlos en un número. Algo de un musical de Disney, quizás. Mientras más lo imaginaba, más clara se volvía la idea. Mi mente, por fin, parecía trabajar en armonía. Sonreí sola, sin darme cuenta de que Matt ya me estaba llamando desde lejos.
Corrí hacia él.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.