Timothée Chalamet

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Tipo: Smut

Madrastra

|Timothée|

Nunca me gustó la mañana en esta casa. Todo era demasiado grande, demasiado silencioso, demasiado perfecto como para sentirse vivo. El mármol frío bajo mis pies descalzos, los ventanales interminables dejando pasar una luz que no calentaba nada. 

Desde que mi madre murió, la casa dejó de ser un hogar y pasó a ser solo una extensión más del imperio de mi padre .Marc Chalamet siempre había sido así. Negocios, cifras, reuniones. Personas reemplazables. Incluso yo.

Crecí viendo más el rostro paciente de mi niñera que el de él. Y cuando mi madre murió, cuando yo tenía apenas cinco años, no recuerdo sus brazos rodeándome ni palabras torpes intentando consolarme. 

Recuerdo una llamada, una voz lejana diciendo que debía ser fuerte, y luego el silencio. Aprendí muy temprano que en el mundo de mi padre el dolor no generaba ganancias. Por eso, cuando el mayordomo me informó la noche anterior que Marc se había vuelto a casar, pensé que se trataba de una broma de mal gusto.

—¿Casarse? —pregunté sin levantar la vista del libro—. ¿Mi padre? 

El hombre carraspeó con incomodidad.

—La señora llegará mañana por la mañana, joven Timothée.

No pregunté nada más. No porque no me importara, sino porque nada que tuviera que ver con Marc lograba sorprenderme ya.

A la mañana siguiente bajé a desayunar con esa mezcla de desgano y educación que mi madre se había encargado de inculcarme. Si iba a haber una nueva esposa en la casa, al menos no sería grosero. Ella no tenía la culpa de haberse casado con mi padre.

—Pongan un puesto más —les pedí a las sirvientas mientras tomaba asiento—. No quiero que se diga que en esta casa no sabemos recibir a las personas.

El mayordomo apareció casi de inmediato.

—La señora ya ha llegado. Se encuentra en la entrada principal.

Suspiré, me levanté y acomodé distraídamente el cuello de mi camisa. Me preparé para ver a una mujer mayor, elegante, probablemente fría. Alguien funcional. Alguien que encajara perfectamente al lado de Marc Chalamet. Nada me preparó para lo que vi. 

La chica que estaba de pie frente a mí parecía sacada de un cuadro que no pertenecía a esta casa. Era más baja que yo, incluso con los tacones sencillos que llevaba puestos. Vestía un vestido rosa pastel que caía con suavidad sobre su cuerpo, marcando curvas delicadas sin esfuerzo alguno. 

Su cabello castaño, largo y ondulado, enmarcaba un rostro imposible: ojos morados, profundos, casi irreales, y labios de un color cereza que parecían no necesitar pintura.

Me quedé quieto. Literalmente paralizado. Pensé que quizá era una sobrina. Una prima. Cualquier cosa menos lo que resultó ser. Me acerqué con una sonrisa educada, la que había aprendido a usar en eventos sociales desde niño.

—Buenos días —dije con voz tranquila—. Debe ser usted familia de... mi madrastra.

Ella bajó la mirada por un segundo, visiblemente incómoda, y luego volvió a alzarla. Cuando habló, su voz fue suave, pero firme.

—No. Yo soy la esposa de Marc.

Sentí como si me hubieran vaciado un balde de agua helada encima.

—¿Disculpa? —pregunté antes de poder detenerme.—TN Vitori —se presentó, extendiendo ligeramente la mano—. Mucho gusto.

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⏰ Última actualización: Jan 02 ⏰

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