Solo tocaré este tema esta noche

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Pov. Miranda

Kitzia salió primero.

No fue una huida dramática.

Fue peor: una retirada contenida, rígida, deliberada. Caminó unos pasos delante de mí por el pasillo del edificio, la espalda recta, los hombros tensos, como si cada músculo estuviera sosteniendo algo que no podía permitirse soltar frente a nadie.

Nuestros escoltas ya nos esperaban afuera.

El de Kitzia se movió con precisión automática, abriéndole la puerta del conductor de su Rolls Royce. Ella no dudó. Entró sin mirar atrás. El escolta rodeó el vehículo y subió del lado del copiloto.

Yo ya estaba sentada en el asiento trasero de mi Mercedes cuando mi escolta comenzó a cerrar la puerta.

Entonces lo escuché.

Un acelerón breve. Seco. Impaciente.

El Rolls Royce de Kitzia arrancó antes siquiera de que mi puerta terminara de cerrarse. No esperó. No midió. No disimuló.

No fue imprudencia.

Fue enojo.

Y lo entendí con una claridad incómoda: había cruzado una línea. No estratégica. No legal.

Personal.

Muy a mi pesar tuve que regresar a Runway.

El resto de la tarde no existí para ella.

No mensajes.

No miradas.

No intentos.

Al llegar a casa, Lois me recibió como siempre, con la compostura impecable que solo se rompe cuando algo grave ocurre.

L: Buenas tardes, señora Miranda —dijo—. Los pequeños se encuentran en sala de juegos con la señorita Kitzia.

Asentí.

Subí las escaleras despacio y, antes de llegar al piso de las habitaciones, escuché las risas. Venían del cuarto de juegos. Risas auténticas. Infantiles. Vivas.

Me detuve.

Por un instante pensé en entrar... y no lo hice.

Le di espacio.

Porque sabía que lo necesitaba.

Y porque, por primera vez en mucho tiempo, yo también lo necesitaba.

Entré a mi habitación y cerré la puerta. Me despojé de la ropa con movimientos mecánicos y entré al baño. Dejé que el agua caliente cayera sobre mis hombros más tiempo del necesario.

Ahí, sola, sin testigos, lo admití:

Había cometido un error.

No por el fondo —la ley era clara—, sino por la forma. Por la crudeza. Por haber dejado que la ira hablara en un espacio donde solo debía existir control.

Eso no solía pasarme.

Pero Kitzia...

Kitzia sabía exactamente cómo sacarme de mis casillas.

Cuando terminé de bañarme, me vestí con ropa cómoda y subí al cuarto de juegos. La hora de la cena se acercaba.

La escena me golpeó sin previo aviso.

Darrell estaba sentado en el suelo, concentrado, construyendo algo con plastilina. Cada pocos segundos levantaba la vista para mostrarle a Kitzia un color nuevo, una forma distinta.

La mentiraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora