Tal vez en otra vida...

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Pov. Kitzia

Después de una semana, la respuesta que llevaba días evitando dejó de ser difícil. Se volvió clara. Acepté la invitación.

No fue un impulso. Fue cansancio. Fue esa necesidad de respirar sin medir cada gesto, cada palabra, cada mirada dentro de la casa.

Esa noche, durante la cena, lo dije como quien anuncia algo práctico, no emocional.

K: Voy a estar fuera el fin de semana. Tengo unos compromisos que arreglar.

Las gemelas apenas reaccionaron. No hubo sorpresa. No hubo reproche. Solo esa normalidad que últimamente dolía más que el conflicto.

-¿Puedo ir contigo? —preguntó Darrell, levantando la vista.

K: No, amor. Es trabajo.

-No tardes —dijo Damiano—. Te voy a extrañar. ¿Me traes algo?

Charlotte levantó la mano, seria.

-¿Yo puedo ir?

Negué con suavidad, acercándome para acomodarle el cabello.

Y entonces miré a Miranda.

La vi antes de que ella me mirara a mí. Vi la desconfianza contenida, ese gesto mínimo que solo yo sabía leer. Cuando sostuvo mi mirada, entendí que ella también había sentido lo mismo.

M: Bien. Buen viaje.

Nada más. Sin preguntas. Sin advertencias. Sin reclamos. Eso fue lo que más pesó.

Esa noche hice mi maleta pequeña. Lo justo. Ropa cómoda. Nada que pareciera una huida... aunque en el fondo lo era un poco. Sentí resignación. Y también alivio. Y me odié por eso.

-

Horas antes...

Pov. Caroline

Salía de mi habitación con la mochila colgada al hombro, lista para irme a Dalton, cuando algo me hizo detenerme.

La puerta de la habitación de Kitzia estaba entreabierta.

Al principio no pensé nada, pero entonces la vi. Estaba en una llamada, caminando de un lado a otro, completamente absorta. Tenía el ceño fruncido, los hombros tensos. No era solo cansancio... era tristeza. Preocupación.

Me acerqué. Sabía que no era correcto. Pero la seguía queriendo y me preocupaba.

Me recargué en la pared y acerqué el oído a la puerta.

K: No tienes por qué molestarte, Sarah. De verdad necesito salir de aquí...(hace una pausa) Nadie se va a enterar... solo serán unos tres días.

Mi estómago se encogió.

K: Aquí las cosas se han complicado. Ya no solo tengo que aceptar la frialdad y la distancia de Miranda, sino también la de las gemelas. Ninguna sentirá mi ausencia más que mis niños. (suspira) Ya no pertenezco a su hogar. Los únicos que todavía me miran, a quienes realmente les importa mi presencia aquí, son mis pequeños.

Me mordí el labio.

K: Ya lo he intentado, Sarah. De verdad. He intentado sacarle plática, acercarme... hace unos días incluso le propuse almorzar en su oficina, como lo hacíamos antes. Ese pequeño respiro... ese descanso que Montserrat me está ofreciendo en su rancho... yo lo intenté tener con Miranda. Pero ella sigue firme en su postura.

Me asomé por la rendija de la puerta.

Kitzia se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.

K: Me estoy obligando a aceptar que no va a cambiar de opinión. Antes tenía la esperanza de que, por el amor que las gemelas me tenían, Miranda reflexionaría sobre nuestra separación... sobre esta batalla legal. Pero ahora... ahora ni siquiera las niñas parecen desear una reconciliación.

La mentiraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora