POV.Kitzia
El avión desciende suavemente entre las nubes, y el cielo grisáceo de París se abre frente a nosotras.
El anuncio del piloto nos da la bienvenida a Charles de Gaulle, pero Miranda no reacciona.
Tiene la mirada fija en la ventanilla, el rostro perfectamente sereno, los labios cerrados con esa compostura que solo usa cuando no está cómoda en un lugar.
Yo agradezco al piloto y al equipo, con una sonrisa forzada.
Cuando me adelanto para ofrecerle la mano al bajar, ella ni siquiera la ve. Pasa de largo, con su porte impecable, su abrigo de lana beige y el cabello perfectamente arreglado como si ni una fibra de aire pudiera alterarlo.
La sigo, tragando saliva, con la sensación de que cada paso suyo me deja más atrás, no solo en distancia.
La brisa parisina nos envuelve apenas salimos. Es fría, húmeda, con ese aroma metálico de ciudad vieja y elegante.
Un chofer nos espera junto a una camioneta negra.
—Bienvenidas, señoras Priestly. —dice con un acento francés educado.
Miranda asiente sin levantar la vista. Yo apenas murmuro un "merci" y subo detrás de ella.
Durante el trayecto al hotel, ella no dice una palabra.
Solo escucha su teléfono, da órdenes, revisa los itinerarios con Emily, confirma las reuniones, ensayos, pasarelas, entrevistas. Yo la observo de reojo.
Sus manos, tan precisas y controladas, sostienen el celular como si cada movimiento estuviera calculado para no mostrar debilidad.
Me cuesta creer que esas mismas manos, que ahora solo trabajan, en otras circunstancias estarían buscando las mías o dándome ligeras caricias durante el trayecto al hotel.
El auto se detiene frente al Hotel Ritz. Las luces doradas bañan la entrada, y por un instante me pregunto si París siempre fue así de silenciosa y fría o si es Miranda quien le roba esa magia.
Entramos juntas, pero no cruzamos palabra.La suite nos espera con esa perfección que Miranda exige: flores recién cortadas, velas sin encender, una bandeja de frutas sobre la mesa, el perfume a lino y madera.Podría haber sido una bienvenida romántica... si no se sintiera tan vacía.
K: Voy a pedir la cena. ¿Qué quieres que te ordene?
Ella no se gira.
M:No tengo hambre.
K: Pero no has comido nada desde que salimos de casa —insistí, con voz suave, queriendo cuidar aunque no me lo permitiera.
Entonces me miró por primera vez desde que aterrizamos. Su mirada fue un bisturí.
M: ¿Ahora te importa mi bienestar?
No supe qué decir. Solo asentí y bajé la cabeza, aceptando su veneno como algo merecido. Porque lo era.
Pedí algo ligero para ambas, aunque sabía que probablemente no tocaría nada.
El resto de la tarde pasa entre silencios.Miranda trabaja, yo reviso mensajes, fingiendo ocuparme.
La ciudad vibra afuera, pero aquí dentro solo hay dos sombras sosteniendo la fachada.
Esa noche, antes del evento de apertura, Miranda me miró apenas unos segundos y dijo con ese tono bajo pero frío como un glaciar, que no admitía réplica:
M: Esta noche quiero compostura. Profesionalismo absoluto. No me contradigas, no me retes. Y sobre todo... no intentes aparentar lo que ya no existe.
ESTÁS LEYENDO
La mentira
Romance-Acepte sus condiciones para poder estar con ella. Yo me enamoré de ella y ella de mi, o eso fue lo que me dijo. Ahora no sé si todo esto fue una ilusión creada como parte de un negocio o realmente Miranda Priestly ha arriesgado su reputación y pues...
