Mi mente todavía la quiere

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Pov. Miranda
Salimos del evento sin detenernos.

Los flashes comenzaron incluso antes de cruzar la puerta. El murmullo de los reporteros se mezclaba con el clic obsesivo de las cámaras. Yo mantuve el mentón en alto, el paso firme, esa postura que me he entrenado durante años para no dejar ver nada.

Entonces Kitzia me ofreció el brazo. No lo pensé y lo tomé.
Sentí cómo sus dedos se acomodaban con naturalidad, como si nunca hubieran aprendido a soltarse. Al bajar las escaleras juntas, supe que desde fuera debíamos vernos impecables. Coordinadas. Unidas. Y lo peor era que... no estaba fingiendo del todo.

Roy ya nos esperaba con el auto.

—¡Miranda!

—¿Van a confirmar la separación?

—¡Kitzia, una palabra!

No respondimos. El escolta abrió la puerta. Entré primero. Cuando Kitzia subió detrás de mí, tomó mi mano. Su pulgar se movió despacio, casi distraído, sobre mi piel. Demasiado íntimo para ser casual.

Se inclinó hacia mí y susurró, muy cerca de mi oído:

K: Sonríe... como si estuvieras a punto de disfrutar una larga y muy agradable noche con tu mujer.

No contesté, pero sonreí.

Más flashes disparados.

El trayecto fue silencioso. No incómodo. Tenso. Yo sentía su presencia como una electricidad constante. Cada pequeño movimiento suyo me resultaba evidente. Conozco a Kitzia demasiado bien. Sé cuándo está jugando... y sé cuándo su propio juego la ha llevado más lejos de lo planeado.

Cuando llegamos a la mansión, todo estaba oscuro. Callado. Cerca de la medianoche. Me quité el abrigo y lo cuelgo en el clóset de la entrada sin mirar atrás. Solo quería subir. Encerrarme, pensar, procesar.

K: Podríamos beber un par de copas y...—intento proponerme, con un tono que conocía de memoria.

No me giré.

M: La actuación terminó Kitzia. Estoy cansada.

Subí los escalones sintiendo sus pasos detrás de mí. No insistentes. Pero presentes. Al llegar al piso de las habitaciones, habló.

K: Te extraño, Miranda.

Me detuve. No me giré de inmediato.

K: Esta noche, al estar cerca de ti... confirmé cuánto extraño tocarte, hacerte sonreír, llegar a casa y terminar la noche en nuestra intimidad.

Cerré los ojos un segundo antes de responder.

M: Extrañar no es lo mismo que cuidar. Y yo no puedo volver a algo solo porque el recuerdo todavía se siente bien.

Me giré entonces.

M: No me ofrezcas nostalgia como si fuera futuro.

Vi cómo bajaba la mirada. No discutió. No se defendió. Ese silencio fue más doloroso que cualquier palabra.

Entré a mi habitación y cerré la puerta con suavidad. No con enojo. Con decisión.

A la mañana siguiente salí antes del desayuno.

En la oficina, el ruido habitual no logró distraerme. Estaba revisando correos cuando Niguel entró con su iPad.

N: Creo que deberías ver esto.

Las imágenes comenzaron a desfilar:
Su mano en mi cintura.
Mi rostro inclinado hacia el suyo.
Las sonrisas.
Las miradas largas. Demasiado largas.

La mentiraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora