creer alguna vez que usted podía cambiar.

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DRIZELLA estaba sentada sola en una esquina del comedor, con el desayuno intacto frente a ella

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DRIZELLA estaba sentada sola en una esquina del comedor, con el desayuno intacto frente a ella.

Tenía el móvil boca abajo al lado del plato. No quería mirar nada. Ni mensajes Ni fotos. Ni pensar demasiado.

Pero era imposible no volver a esa imagen. Robby en el pasillo y Zara besándolo con la mano de ella en su pecho. Y él sin verla.

Drizella tragó saliva y bajó la vista al café. Sentía una presión constante en el pecho, una mezcla entre rabia y decepción que no sabía cómo sacar sin romper algo.

Ella no lo había dejado. Solo necesitaba tiempo para terminar el campeonato. Y Respirar. Y él no había esperado.

—Buenos días, Drizella.

El cuerpo se le tensó entero. Levantó la mirada lentamente.

Terry Silver estaba de pie frente a la mesa con una sonrisa tranquila, impecable, como si no fuera la persona que más miedo le daba en el mundo.

Drizella sintió el estómago encogerse.

—No hace falta que ponga esa cara —dijo Silver con suavidad—. Solo venía a saludar.

Antes de que ella pudiera responder, él apartó la silla y se sentó frente a ella. Como si tuviera derecho.

Drizella apretó la mandíbula.—No quiero hablar con usted.

Silver ignoró el comentario por completo. Echó un vistazo rápido a la mesa.—No estás comiendo —observó—. Mala señal antes de competir.—Ella no respondió y Silver volvió a mirarla.—Aunque supongo que el Sekai Taikai no es lo que te tiene distraída.

Drizella sostuvo su mirada con frialdad.—¿Qué quiere?

—Verte —respondió él con calma—. Hace tiempo que no hablamos sin gritos ni amenazas alrededor.

Ella soltó una risa seca.—Qué pena que eso nunca haya pasado.

Silver sonrió apenas.—Sigues teniendo carácter. Me alegra.

El silencio se volvió incómodo. Drizella quería levantarse. Irse corriendo a los brazos de Johnny. Pero algo en él seguía teniendo ese efecto horrible: hacía sentir que moverse era perder.

Silver cruzó las manos tranquilamente.—¿Cómo va Cobra Kai? —preguntó—. ¿Kreese sigue convenciendo a niños rotos de que la rabia es disciplina?

Eso hizo que Drizella frunciera el ceño.—No hable así del sensei Kreese.

Silver arqueó apenas una ceja.—Y ahí está —murmuró—. La lealtad ciega.

—No es ciega.—negó.—Además, usted no hacía algo muy diferente a lo que acaba de decir.

—¿Ah, no? —preguntó él—. Entonces dime. ¿Qué te ofreció exactamente para que volvieras?—preguntó, pero Drizella no contestó y Silver la observó unos segundos.—Porque yo sí conozco a John Kreese —continuó—. Sé cómo funciona. Encuentra a alguien vulnerable y le da un propósito antes de que pueda pensar demasiado.

YOUTIFUL - Robby Keene.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora