Nada era fácil para el par de azabaches. Menos para el mayor.
Había pasado un mes desde que su niña había abierto los ojos por primera vez.
Un mes sin su mujer.
Un mes sin una madre.
Aley lloraba por las noches hasta caer rendido, pidiendo por Coraline. Añoraban a la mujer que estaba postrada en una fría habitación.
Jaque se tiraba del cabello con frustración. Con desespero. Con desamor.
De alguna forma se sentía como si Coraline hubiera tomado las maletas y dejarlo sólo. Pero estaba en el mismo lugar siempre, en la misma postura. Sin nada nuevo.
No se sabía que ocurría, no había respuesta al porque no despertaba, no había ningún problema. Simplemente un bloqueo, o eso se creía.
Cuando el hombre iba con sus hijos a ver a la mujer, esperando alguna mejora, se le rompía el corazón al ver a su hijo mayor tomar la fría mano de la mujer y llorar sobre ella. Pidiéndole que despertara. Una imagen que si fuera en otra ocasión y hubiera una sonrisa en los labios del pequeño, sería mucho mejor. Y Paula levantaba su pequeña naricilla al entrar en la blanca habitación y buscaba con desespero a la fuente del aroma que ella tanto ansiaba. Lloraba y extendía los brazos hacia la mujer y eso era aún más difícil para Jaque. Incluso para Caín. La pequeña necesitaba de su madre y los instintos de la pequeña azabache estaban mucho más a la superficie y exigían a una nodriza y madre.
A veces el cuerpo de su mujer reaccionaba ante el llanto de la niña, humedeciendo la bata a la altura del pecho. Pero sólo eso. No había alguna otra reacción de la mujer para que fuera a despertar.
Regresaron a la casa dos lobatos llorando o sollozando y un licano tragándose el nudo en su garganta y manteniendo toda su fuerza para no derrumbarse sobre la cama y también llorar. ¿Por qué la vida era tan injusta? Ahora que tenía todo lo que más deseaba le era arrebatado. Por segunda vez no sabía qué hacer y tenía tantas ganas de terminar con todo aquello. Pero no. Tenía a dos pequeños que se habían vuelto sus ojos. No los quería abandonar.
Aley estaba sollozando aún. En ese último mes había mantenido silencio y se tragaba sus reclamos. Quería a Coraline, no sabía porque no regresaba con ellos. No sabía porque estaba tan cansada que llevaba varios días sin despertar, pero se había dado cuenta que cada vez que preguntaba a su padre, éste se hundía mucho más y más de una vez lo había escuchado sollozar al otro lado de la puerta. Encerrado en su habitación. Aley sabía que Jaque se mantenía fuerte frente a él, pero a sus espaldas era tan vulnerable como él pequeño.
Se quedó mirando a la pequeña niña de mejillas sonrojadas por el llanto mientras dormía en su portabebés, la mecía con cuidado y sorbía su nariz. Amaba a esa niña. Había encontrado similitudes de ella con su madre, pero tenía que mirarla durante largos ratos para encontrarlas. Por ejemplo: se había dado cuenta que la pequeña tenía algunos lunares que su madre en el cuello y manos.
Tomó entre sus manitas las más pequeñas e inspeccionó las pequeñas uñas que había en los deditos regordetes. Dio un respingo cuando la manita se envolvió alrededor del dedito de Aley y miró a su hermanita que se tallaba los ojos y fruncía el ceño y labios. Le dio tanta ternura y más al darse cuenta que era la misma expresión de Coraline cuando se levantaba por las mañanas. Quiso llorar por recordar a su madre, pero se reprimió y dio una sonrisa a la pequeña que le miraba.
Clic.
Giró ante el sonido y miró a su padre con una cámara fotográfica en manos. Le sonrió detrás de la cámara antes de tomar otra foto a sus niños.
-¿Por qué tomas fotos, Jaque?- preguntó con duda. Su padre le esbozó una cansada sonrisa y se sentó al lado del pequeño en el suelo para también mirar a la niña.
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Protegerla de mí...
WerewolfUna noche común de otoño, ella, pidió algo diferente para cambiar su vida. Algo que le hiciera ver las cosas de otro color, pero nunca creyó que esa petición se cumpliera. Mucho menos que fuera muy literal el "algo diferente que me cambie la vida"...
