Unos días pasaron y las cosas no cambiaron. El pequeño frecuentemente era acosado por su debilidad y más de una vez llegaba con varias magulladuras a la casa. Donde su madre sólo le atendía en silencio mientras su padre bebía café, simulando que todo estaba bien, cuando en realidad quería contener a su bestia para ir y hacer algo de lo que se arrepintiera. Él hombre amaba a su hijo, y le dolía en lo más profundo de su pecho el verle llegar apenas caminando a la casa. Hablar con los padres de esos niños se había vuelto una opción descartada, pues las agresiones se volvían más dañinas. Lo único que podía hacer era el entrenar a su hijo, pero la debilidad de éste lo impedía.
Ahora el pequeño se encontraba sentado sobre sus propias piernas en la cama de su hermana, mientras ella le limpiaba el rostro con un trapo y ponía hielo sobre el labio roto del pequeño. Mientras él intentaba no sollozar. No quería que su padre volviera a verle e hiciera ese gesto. Cuando sus ojos se ensombrecían y apretaba los puños hasta sacarse sangre de sus palmas. Su padre amaba a su hijo y estaba orgulloso de que él fuera su hijo, pero era algo que Jaque no sabía y creía que su padre se decepcionaba cada vez que le veía en aquel estado, y no era del todo mentira. El hombre se decepcionaba de la comunidad en donde vivían y del trabajo de los padres con sus hijos. No eran humanos, pero debían tener una ética, pero al parecer les gustaba tratarse como bestias...
–¿Jaque? –la vocecilla dulce y curiosa que para el niño le era muy familiar sonó al otro lado de la puerta. El chiquillo se exaltó y se escondió rápidamente bajo las cobijas. No quería que también su amiga le viera en el estado que estaba ahora.
–Está aquí, Salomé– contestó Verónica. Jaque le miró para reprenderla por su acto, ella sabía que su hermano no quería ser visto, pero también sabía que la pequeña era su única amiga y ella sabría mejor como subir el ánimo del lobato que se refundía bajo las cobijas, esperando confundirse con una. La puerta se abrió y dejó ver a una pequeña que se asomó curiosa. La hermana salió de la habitación para dejar solos a los pequeños.
–Jaque...–le llamó nuevamente y el ojiazul se estremeció al escuchar la cercanía. La niña sonrió y arrancó la protección del pequeño, pero su gesto se endureció al ver el mal estado en que estaba el pequeño. Un ojo morado, el labio inferior roto y varios raspones o rasguños esparcidos por su cuerpo. El niño se ocultó entre sus brazos.
–No me veas...–pidió en un sollozo. Odiaba que su amiga le viera de la forma en que ahora hacía. –Intenté protegerme, enserio...–fue interrumpido por un abrazo antes de terminar su frase. Al instante lo correspondió y rompió en llanto en el hombro de la castaña miel.
–Jaque–su voz suave fue un murmuro de reconfortación. –No puedes seguir dejando que te hagan daño. –le alejó un poco de ella y le limpió las lagrimas. El pequeño sollozaba y sorbía su nariz. La chiquilla le regaló una gran sonrisa y lo tomó de la mano. Jalandolo fuera de la habitación. –Vamos a jugar– anunció. El pequeño azabache sólo se dejaba jalonear y guiar por su amiga. –Traje unas cosas que seguro te gustarán.
La tarde pasó tranquila y por la noche Jaque se metió en su habitación antes de que su padre llegara a la casa. No salió aun cuando le llamaron a comer, fingiendo que estaba dormido. Esperó pacientemente hasta que todas las luces de la casa estuvieran apagadas y con un poco de esfuerzo sacó sus orejas para asegurarse de que no hubiera otros sonidos en el hogar. Aun sus instintos y habilidades no se acoplaban del todo sin tener que sacar sus orejas u ojos. Sabía que con el tiempo podría escuchar mejor y ver en la obscuridad sin tener que utilizar sus orejas peluditas y picudas, u tener mucho mejor olfato... Pero no sabía si ese lapso de tiempo sería largo o corto...
Saltó fuera de la cama y de puntillas salió de su cuarto. Se regañó -o más bien, regañó- a su colita por golpear la escoba y que esta callera al suelo dejando un eco en el pasillo. Miró por su hombro a sus espaldas para cerciorarse de que no hubiera despertado a alguien y al confirmar que seguían dormidos siguió con su camino a la cocina. Rebuscó en el fregorifico la cena y la tomó, sirvió en un plato y lo comió. No tenía el mismo sabor a que si estuviera caliente, pero no sabía encender la estufa y no quería arriesgarse a despertar a alguien con el sonido del microondas. Terminó y dejó el plato en el fregadero y se dirigió a puntillas a su habitación. Cerró la puerta y se escondió bajo las mantas cálidas. Su temperatura era un poco baja dentro de los parámetros de su especie y tenía unas inmensas ganas de ir al cuarto de su hermana mayor y escurrirse bajo las mantas como en noches pasadas. Pero no lo hizo.
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Protegerla de mí...
WerewolfUna noche común de otoño, ella, pidió algo diferente para cambiar su vida. Algo que le hiciera ver las cosas de otro color, pero nunca creyó que esa petición se cumpliera. Mucho menos que fuera muy literal el "algo diferente que me cambie la vida"...
