Mi pasado-Jaque. Parte 1

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Volvamos años atrás, hasta que encontremos a un peculiar y pequeño lobato azabache. Un niño que jugaba alegre alrededor de su madre mientras la mujer, de cabellos tan obscuros como los de su hijo, peinaba alegremente a una niña. Una hermosa pequeña de cabellos miel y ojos de igual color, que intentaba seguir con la mirada al pequeño que rápidamente se había distraído con una rama que llegó volando a sus pies. Algo raro, pues estaban en la sala de la amplia casa.

El pequeño estaba emocionado por avanzar en su metamorfosis, sacando las garras y orejas, moviendo rítmicamente su rabo de pelaje azabache; jugando cómo un cachorro con la rama. La madre le veía con tanto amor con esos hermosos ojos verdosos que poseía mientras dejaba que la experiencia de los años diera su fruto al trenzar el lacio cabello de la pequeña sin tener que mirar.

–¡Llegué, familia! – la voz grave y suave hizo zumbido en las ventanas de la casa. El pequeño, sin perder tiempo, corrió rápidamente hasta el dueño de esa voz y pegó un asombroso brinco al hombre que apenas estaba dejando su saco en el perchero. El hombro soltó un quejido al sentir cómo el pequeño le escalaba por el torso  y, sin esperar a que escalara más, lo tomó en brazos; alejando esas garritas afiladas de su piel. Mientras el pequeño reía y le miraba emocionado.

–¡Papi!– le llamó el pequeño, estirando las manos hacia él, en un intento de abrazarlo. Aunque en realidad pareciera que quería arañarle el rostro. El hombre de ojos azules le sonrió con cariño y de forma discreta alejó más a su hijo para que no llegara a clavarle de nuevo esas garras. Estaba pensando seriamente en limarlas...– ¡mira! ¡Ya pude hacer la segunda fase!– anunció emocionado. El hombre le sonrió y asintió con la cabeza.

–Ya veo que mi pequeño está creciendo.– el niño se llenó de orgullo al escuchar esas palabras salir de los labios del hombre que era su ejemplo a seguir. Esperaba que en unos años más, él, fuera tan fuerte como su padre y quizá ser el beta al igual que él. El hombre dejó a su hijo en el suelo y le revolvió el cabello, obteniendo un ronroneo del pequeño ante el tacto. –¿Dónde está tu mamá?– le preguntó. El niño, dando brinquitos, apuntó al lugar por donde salía la hermosa mujer.

Pereciera que tuviera piel de porcelana, y era tan hermosa que se podría comparar a una de esas muñecas. El hombre de azabaches cabellos caminó hasta su esposa y le abrazó para darle un casto beso de saludo. El "iugh" de ambos pequeños no se hizo esperar al ver la escena amorosa de los padres del niño. La mujer sonrió en los labios de su esposo ante la acción de los pequeños expectantes.

La mañana pasó y el pequeño jugaba alegremente con la pequeña de ojos miel. Iban a todos lados juntos, tomados de las manos. Pero nunca traspasaban el bajo cercado del hogar. Se sentaron sobre la tierra y comenzaron a jugar alegremente, pero el juego se vio interrumpido por otros niños que se asomaban por la baja pared de madera. El pequeño bajó la mirada, en acto de sumisión, ante los gritos de los intrusos que se asomaban dentro del jardín. La niña, molesta, se levantó de su asiento sobre la tierra.

–¿Qué pasa, Salomé? ¿Defenderás de nuevo al debilucho? –preguntó el que parecía el mayor del grupo. Sintiendose grande ante las risas de apoyo de quienes le rodeaban. El pequeño azabache se ocultó entre su cabello, que le caía a los costados de su cara y se encogió de hombros. La chiquilla gruñó realmente molesta y apuntó al niño.

– ¡El único que necesitará defensa serás tú en cuanto te atrape! – en una velocidad extraordinaria, la niña llegó a media metamorfosis y se preparó para saltar sobre los intrusos. Los niños, asustados, se fueron corriendo y antes de que la niña comenzara a correr detrás de ellos, el pequeño ojiazul le detuvo, tomándola de la mano. La niña se giró a verle molesta, pero se calmó y abrazó a quien le pedía a gritos mudos un abrazo.

Protegerla de mí...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora