Capítulo 8.

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"Corazón roto."

Megan.

Unas horas después de que él me obligara a quedarme aquí, supuse que ya estaba trabajando. Decidida a salir de la habitación para buscar un poco de agua y crema para las horribles marcas que tenía en la piel debido a sus bruscos tratos, caminé hasta la puerta.

─ ¡Zac!─ esto era inaudito. La puerta estaba bajo llave─. ¡Sherwood, abre la puerta!

Pero sabía que solo estaba gritándole a una puerta, una puerta de las otras diez y tantas que se encontraba en la mansión, una mansión que estaba completamente sola, sin nadie más que yo encerrada en esta horrible habitación.

No tardé demasiado en sentir mi cuerpo atrapado. La claustrofobia siempre fue uno de mis peores problemas, en especial cundo tenía que soportar los tratos y castigos de Leonel.

Las horas pasaron mientras yo moría de hambre y sed. Necesitaba hablar con Zac y aclarar todo. No me trataría más como una niña. Estaba harta de él, todo este tiempo lo había tolerado, pero se acabó. Soy su mujer, no una cualquiera y él deberá aprender a tratarme como tal.

Escuché el sonido de la puerta al ser introducida la llave. La puerta fue abierta y Catalina apareció detrás de está.

─Señora─ se le veía incomoda─. Sé que esto está prohibido, pero él señor no llegará hasta tarde y supuse que tendría hambre.

Detrás de ella, una pequeña mujer de unos cincuenta o más, entró con una bandeja. Agua, jugo, una manzana y una ración de pollo con verduras. Mi estómago rugió con ganas cuando el olor de la comida llegó hasta mis fosas nasales.

─Necesito que coma a prisa, no vaya a ser que su esposo llegue antes y nos descubra.

Ambas salieron de la habitación, lo más extraño fue que no escuché la puerta ser cerrada bajo llave.

Obedecí lo que Catalina había indicado, y me dediqué a comer lo más rápido que pude. Agradecí infinitamente en mi cabeza a esa mujer. Parecía que no me toleraba, sin embargo, ahora estaba aquí; arriesgando su trabajo para darme alimento.

Más tarde Zac ya había llegado. Su rostro se veía sombrío, muy diferente a lo que estaba acostumbrado a ver y lo peor de todo era que no me dedicaba ni una sola mirada cariñosa como antes. Todas y cada una de sus miradas eran despectivas y aterradoras.

─ ¿Qué es lo que te pasa, Zachary?

Dejó de lado los cubiertos y me escrutó. Hablar estaba prohibido de ahora en adelante, o eso es lo que parecía.

─No te dije que podías hablar.

Abrí la boca, incrédula. ¿Cómo podía ser tan...?

─ ¿Disculpa?─ mi tono era igual que mi estado.

─Ya me oíste. Sabes que odio repetir las cosas─ espetó, en un gruñido.

No podía creer esto.

─ Deja tu comportamiento de cretino o me iré.

─ ¡No, no te iras a ningún lado porque eres mía! ¡Eres mi jodida propiedad!

─ ¡No me confundas, Zac! ¡Yo no soy ningún objeto!

─ ¿¡A no!?─ me miró con burla─. ¿Ya te olvidaste porque estás aquí?

─No empieces.

─ ¡No, si empiezo!─ se levantó de un salto y se acercó a mi─. Desde que llegaste aquí el único que ha cumplido con su parte he sido yo.

─ ¿Tu parte?─ estoy totalmente incrédula ante sus palabras.

─Sí. Ya es hora de que cumplas tu parte, Megan.

Despiadado ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora