Por dondequiera que vague, cualquier reino que vea,
mi corazón sigue volviéndose hacia ti.
GOLDSMITH
Los carruajes estuvieron preparados a la puerta a una hora muy temprana; el rumor de los criados, pasando a lo largo de los pasillos, despertó a Emily de un pesado sueño: su mente inquieta durante toda la noche, le había producido imágenes aterradoras y oscuras circunstancias en relación con la persona objeto de su afecto y de su vida futura. Se esforzó para liberarse de las impresiones que habían dejado en su interior; pero de los males imaginados despertó a la conciencia de lo real. Recordando que se había separado de Valancourt, tal vez para siempre, se afectó su corazón en la medida que se hacía más presente su imagen. Pero trató de ahuyentar su desánimo alejando los pensamientos que se apretaban en su mente para soportar las penalidades que podría esperar. Los esfuerzos se extendieron por su exterior melancólico y su rostro adquirió una expresión de resignación controlada, cubriendo con un fino velo los detalles de su belleza, haciéndolos más interesantes por esa parcial ocultación. Pero madame Montoni no observó nada en aquel rostro excepto su extraordinaria palidez, lo que despertó sus censuras. Le dijo a su sobrina que se había dejado llevar por pesares imaginarios y le rogó que tuviera más en cuenta el decoro y que no dejara que el mundo pudiera ver que no podía renunciar a un compromiso impropio. Ante su comentario, las pálidas mejillas de Emily se encendieron en su alteración, pero fue un rubor de orgullo y no contestó. Poco después, Montoni entró en la habitación en la que estaban desayunando, habló poco y parecía impaciente porque se marcharan.
Las ventanas de la habitación se abrían sobre el jardín. Cuando Emily pasó cerca de ellas, vio el lugar en donde se había despedido de Valancourt la noche anterior; el recuerdo presionó profundamente su corazón y volvió con rapidez la vista del lugar que lo había despertado.
El equipaje ya había sido acomodado y los viajeros subieron a los carruajes. Emily habría abandonado el castillo sin un solo suspiro para lamentarlo, de no haber sido por estar situado próximo a la residencia de Valancourt.
Desde una pequeña altura, Emily se volvió a mirar hacia Toulouse y a las lejanas praderas de Gascuña, detrás de las cuales las escarpadas cumbres de los Pirineos se recortaban en el horizonte lejano, iluminadas por el sol de la mañana. «¡Queridas y gratas montañas! —se dijo a sí misma—, ¡cuánto tiempo pasará antes de que os vea de nuevo y cuántas cosas sucederán que me harán desgraciada en el intervalo! ¡Oh, si pudiera estar segura de que he de volver aquí y encontrar a Valancourt esperándome, podría irme tranquila! ¡Él seguirá viendo todo esto mientras yo estaré lejos!»
Los árboles, que cubrían todas las altas orillas del camino y que formaban una línea de perspectiva con el paisaje lejano, amenazaban ahora con ocultarlo; pero las azuladas montañas seguían asomando más allá del oscuro ramaje, y Emily continuó apoyada en la ventanilla, hasta que las alargadas ramas las ocultaron a su vista.
Otro tema reclamó de inmediato su atención. Casi no había mirado a la persona que paseaba a lo largo de la orilla, con el sombrero, en el cual destacaban las plumas militares, inclinado sobre sus ojos. Al ruido de las ruedas, se volvió rápidamente y Emily comprobó que se trataba de Valancourt, que la saludó con la mano, corrió por el camino y a través de la ventanilla le puso una carta en sus manos. Hizo un esfuerzo por sonreír a través de la desesperanza que dominaba su rostro mientras ella pasaba. El recuerdo de aquella sonrisa pareció quedar impreso en la mente de Emily para siempre. Se inclinó por la ventanilla y le vio a un lado del camino, apoyado en los altos árboles que se extendían sobre él, siguiendo la marcha del carruaje con su mirada. Le dijo adiós con la mano y ella continuó mirando hasta que la distancia fue desdibujando su figura y poco después, en una revuelta del camino, desapareció totalmente de su vista.
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Los Misterios de Udolfo - Ann Radcliffe
KlasiklerItalia - 1584 Emily St. Aubert ha perdido a sus padres, no tiene más remedio que irse a vivir con su tía, Madame Montoni, junto con su tío político, un diabólico vandolero, al gran castillo de Udolfo, , una nueva vida para la joven, pero la calma in...
