¡Oscuro poder! con sometido pensamiento, estremecido, dócil,
sé mío para leer las antiguas visiones
que tus despiertos poetas han contado,
y para que no se encuent ren con mi limitada perspectiva,
que comprenda cada extraña fábula devotamente cierta.
COLLINS: Oda al miedo
Emily se despertó de una especie de sopor en el que finalmente cayó, por unos golpes en la puerta de su cámara. Saltó llena de terror, porque Montoni y el conde Morano acudieron inmediatamente a su mente. Pero tras escuchar en silencio durante un rato, reconoció la voz de Annette, se levantó y abrió la puerta.
—¿Qué te trae aquí tan temprano? —dijo Emily, temblando excesivamente. Era incapaz de sostenerse en pie y se sentó en la cama.
—¡Querida mademoiselle! —dijo Annette—, estáis muy pálida. Me asusta veros. Hay un gran jaleo abajo, todos los criados corren de una parte a otra y ninguno de ellos lo suficiente. Hay un tremendo bullicio, de pronto, y nadie sabe por qué.
—¿Quién está abajo además de ellos? —dijo Emily—. ¡Annette, no juegues conmigo!
—Por nada del mundo, mademoiselle, jugaría con vos; pero no puedo dejar de hacer un comentario, y el signor está tan excitado como nunca le he visto. Me ha enviado a deciros que os preparéis inmediatamente.
—¡Dios me ayude! —exclamó Emily, casi desmayándose—, ¡entonces es que el conde Morano está abajo!
—No, mademoiselle, no está abajo, que yo sepa —replicó Annette—, sólo su excellenza, que me envía porque desea que os preparéis para abandonar Venecia, porque las góndolas estarán en la escalinata del canal en pocos minutos; pero debo volver con mi señora, que está desesperada y no sabe qué camino tomar para hacerlo todo más rápido.
—Explícate, Annette, explica el sentido de todo esto antes de marcharte —dijo Emily, conmovida por la sorpresa y con tal tímida esperanza que casi no podía respirar.
—No, mademoiselle, eso es todo. Sólo sé que el signor acaba de llegar a casa de muy malhumor, que nos ha levantado a todos de la cama y nos ha dicho que tenemos que abandonar Venecia inmediatamente.
—¿Se marchará el conde Morano con el signor? —preguntó Emily—, ¿adónde vamos?
—No puedo contestaros con seguridad; pero he oído decir a Ludovico algo de que después de que lleguemos a terra-firmama,[24] iremos al castillo del signor entre unas montañas.
—¡Los Apeninos! —dijo Emily ansiosamente—, ¡oh!, ¡entonces me quedan pocas esperanzas!
—E& es el sitio, mademoiselle. Pero animaos y no os lo toméis tan a pecho. Pensad en el poco tiempo que tenéis para prepararos y en lo impaciente que es el signor. ¡Bendito sea San Marcos!, ya oigo los remos en el canal, cada vez más cerca, y cómo golpean en la escalinata. Seguro que es la góndola.
Annette salió de inmediato de la habitación y Emily se preparó para el inesperado viaje todo lo rápido que le permitieron sus manos temblorosas, no dándose cuenta de que cualquier cambio en su situación podría ser para peor. Acababa de meter sus libros y vestidos en el baúl cuando recibió una segunda llamada. Bajó al vestidor de su tía, donde encontró a Montoni, impaciente, reprochando a su esposa su retraso. Salió, poco después, para dar nuevas instrucciones al servicio, y Emily aprovechó la ocasión para preguntar por el motivo del viaje, pero su tía parecía tan ignorante como ella misma y contrariada por ello.
ESTÁS LEYENDO
Los Misterios de Udolfo - Ann Radcliffe
ClásicosItalia - 1584 Emily St. Aubert ha perdido a sus padres, no tiene más remedio que irse a vivir con su tía, Madame Montoni, junto con su tío político, un diabólico vandolero, al gran castillo de Udolfo, , una nueva vida para la joven, pero la calma in...
