Capitulo Nueve

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Así, en el helado y triste país lapón,

perdido durante muchos meses en la nieve profunda,

cuando Febo desde Cáncer envía la suavidad de las estaciones

yen su cueva del norte se han encerrado las tempestades,

desde las montañas silenciosas, directo, con ruidos alarmantes,

los torrentes se abalanzan, emergen colinas verdes, y mirad

los árboles frondosos, los acantilados coronados de flores,

por los valles llenos de césped, van murmurando los riachuelos claros

y rebosa el corazón del campesino de admiración, amor y alegría.

BEATTIE


Varios de los días siguiente pasaron en la duda, ya que Ludovico sólo pudo enterarse por los soldados de que había un prisionero en la habitación que le había señalado Emily, y que se trataba de un francés capturado en una de sus salidas, que iba con un grupo de compatriotas. Durante este intervalo Emily escapó de las persecuciones de Bertolini y de Verezzi, encerrándose en su habitación excepto cuando algunas veces, por la tarde, se atrevió a pasear por el pasillo. Montoni parecía respetar su última promesa, aunque había profanado la primera, ya que su presente tranquilidad sólo podía ser atribuida a su protección, y con ello se veía tan segura que no deseaba abandonar el castillo hasta no tener alguna certeza relativa a Valancourt; lo que esperó en realidad sin sacrificio, puesto que no se había presentado circunstancia alguna que hubiera podido hacer probable su huida.

Al cuarto día Ludovico le informó de que tenía esperanzas de poder entrar en contacto con el prisionero. Lo haría en la guardia de un soldado del que era amigo y al que acompañaría la noche siguiente. No fue contrariado en sus esperanzas. Con el pretexto de llevar una jarra de agua, entró en la prisión, aunque como por prudencia no había comunicado al centinela el motivo real de su visita, se vio obligado a hacer que su conversación con el prisionero fuera muy breve.

Emily esperó el resultado en su habitación, pues Ludovico había prometido acompañar a Annette hasta el corredor por la tarde, y llegó tras varias horas de espera impaciente. Emily, deseosa de que le confirmara que se trataba de Valancourt, no pudo articular palabra, se quedó temblorosa y expectante.

—El chevalier no me ha confiado su nombre, signora —replicó Ludovico—, pero cuando mencioné el vuestro pareció lleno de alegría, aunque no estaba tan sorprendido como yo esperaba.

—¿Entonces es que me recuerda? —exclamó Emily.

—¡Oh! ¡Es monsieur Valancourt! —dijo Annette, y miró impaciente a Ludovico, que comprendió lo que le quería decir y continuó:

—Sí, señora, el chevalier os recuerda y estoy seguro de que os tiene la consideración que vos tenéis por él. Me preguntó entonces cómo habíais llegado a saber que estaba en el castillo y si me habíais ordenado que hablara con él. A la primera pregunta no pude contestar, pero la segunda sí, y él volvió de nuevo a su éxtasis. Temí que su alegría le traicionara ante el centinela que estaba en la puerta.

—¿Pero cómo está, Ludovico? —interrumpió Emily—. ¿No está melancólico y enfermo tras este confinamiento?

—No lo creo. No presentaba síntomas de estar melancólico, señora, mientras estuve con él, ya que le vi más animado de lo que nunca he visto a nadie; su rostro estaba lleno de alegría y parecía encontrarse bien, pero no le pregunté.

—¿Te dio algún mensaje para mí? —dijo Emily.

—Sí, signora, y algo más —replicó Ludovico, que se registró en los bolsillos—. No puedo haberlo perdido —añadió—, el chevalier dijo que os habría escrito, señora, de haber tenido pluma y tinta, y os iba a enviar un largo mensaje, cuando el centinela entró en la habitación, pero no antes de que me hubiera dado esto.

Los Misterios de Udolfo - Ann RadcliffeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora