Capitulo Cuatro

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En verdad era un tipo extraño y díscolo.

Amigo de lo dócil, y de los paisajes terribles;

encontraba deleite en la oscuridad y en la tormenta;

no menos que, cuando sobre las olas serenas del océano,

el sol del sur derramaba su resplandor deslumbrante,

tristes vicisitudes, incluso, distraían su alma;

y si sobrevenía a veces un suspiro,

y por su mejilla caía una lágrima de piedad,

eran suspiro y lágrima, tan dulces, que no deseaba retenerlos.

THE MINSTREL


St. Aubert se despertó temprano, rea nimado por el descanso y deseoso de continuar la marcha. Invitó a desayunar al desconocido y volvieron a hablar del camino. Valancourt dijo que unos meses antes había viajado hasta Beaujeu, que era una ciudad de cierta importancia en dirección al Rosellón. Recomendó a St. Aubert que lo siguiera, y este último decidió hacerlo así.

—El camino desde esta cabaña —dijo Valancourt—, y el de Beaujeu, salen a una distancia de una milla y media desde aquí. Si me lo permitís, dirigiré a vuestro mulero. Debo seguir vagabundeando por alguna parte y vuestra compañía hará mi ruta más grata que cualquier otra que pudiera tomar.

St. Aubert le agradeció su oferta y partieron juntos, el joven desconocido a pie, ya que no aceptó la invitación de St. Aubert para que tomara asiento en su pequeño carruaje.

El camino se extendía al pie de las montañas a través de un valle, lleno de pastos y variadas arboledas de robles enanos, hayas y plátanos silvestres, bajo cuyas ramas reposaban los rebaños. Los fresnos y los sauces llorones extendían su ramaje por las altitudes, donde el suelo rocoso cedía con dificultad a sus raíces, y donde las ramas más ligeras se ondulaban por la brisa que soplaba entre las montañas.

A hora tan temprana, ya que el sol no se había levantado aún sobre el valle, los viajeros se cruzaron frecuentemente con los pastores que conducían sus rebaños desde las llanuras a los pastos de las colinas. St. Aubert había preferido comenzar temprano, no sólo para poder disfrutar de la salida del sol, sino para llenar sus pulmones del aire puro de la mañana que por encima de cualquier otra cosa servía de estímulo al espíritu del inválido. En estas regiones sucedía muy especialmente porque la abundancia de las flores silvestres y de las hierbas aromáticas invaden el aire con sus esencias.

El amanecer, que suavizaba el paisaje con sus peculiares tintes grises, se iba dispersando, y Emily contemplaba el avance del día, tembloroso primero en las cumbres de las montañas más altas, para tocarlas después con su luz espléndida, mientras que los lados y el valle seguían envueltos en la suave bruma. Mientras tanto, las nubes grises del este comenzaron a encenderse, más tarde a enrojecer y finalmente a brillar con mil colores, hasta que la luz dorada acabó por llenarlo todo. La naturaleza parecía haber despertado de la muerte hacia la vida; St. Aubert sintió cómo se renovaba su espíritu. Tenía el corazón lleno; lloró y sus pensamientos ascendieron hacia el Gran Creador.

Emily gustaba de caminar por el césped, verde y brillante por el rocío, y disfrutar de aquella libertad, que las lagartijas también parecían agradecer mientras se extendían por las rocas. Valancourt se detenía con frecuencia para hablar con los viajeros y señalarles los detalles que despertaban su admiración.

St. Aubert estaba muy conforme con él: «es una muestra del ardor y del ingenio de la juventud —se dijo a sí mismo—; este joven no ha estado nunca en París».

Los Misterios de Udolfo - Ann RadcliffeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora