...si pudiéramos oír la recogida del rebaño guardado en su vallado aprisco,
o el sonido del caramillo pastoril con interrupciones de flauta,
o la llamada del albergue, o el gallo del pueblo
valorando en la vigilia de la noche sus emplumadas damas,
sería algún alivio, alguna pequeña animación
en este cerrado calabozo de innumerables cepos.
MILTON
Por la mañana, Emily se liberó de sus temores gracias a Annette, que acudió muy temprano. «Ocurrieron cosas importantes en el castillo anoche, mademoiselle —dijo nada más entrar en la habitación—, ¡cosas importantes de verdad! ¿No os asustasteis, mademoiselle, al no verme?»
—Me preocupé por ambas, por ti y por mí —replicó Emily—. ¿Qué te impidió venir?
—Se lo dije, pero no me hizo caso. No fue culpa mía, mademoiselle, ya que no pude salir. Ese pícaro de Ludovico me encerró de nuevo.
—¡Te encerró! —dijo Emily con desagrado—. ¿Por qué permites que Ludovico te encierre?
—¡Cielo Santo! —exclamó Annette—. ¡Qué puedo hacer! ¿Si echa la llave a la puerta, mademoiselle, y se la lleva, cómo puedo salir a menos que salte por la ventana? No me importaría si los ventanales no estuvieran tan altos; ya es difícil subirse a ellos desde dentro, y desde luego supongo que se puede uno romper la cabeza si se cae. Pero, ¡vaya barullo que hubo anoche en el castillo!, algo debéis haber oído de ello.
—¿Qué pasó, disputaron de nuevo? —dijo Emily.
—No, mademoiselle, no hubo lucha, pero como si lo fuera, porque no creo que hubiera un solo signor sobrio; y lo que es más, tampoco ninguna de esas señoras. Pensé cuando las vi al principio que todas esas finas sedas y finos velos..., pero, mademoiselle, no eran nada bueno como yo pensaba.
—¡Dios mío! —exclamó Emily—. ¿Qué será de mí?
—¡Ay, mademoiselle, Ludovico dijo lo mismo pensando en mí! ¡Dios mío! —dijo Annette—. «¿Qué va a ser de ti si andas por el castillo en medio de todos esos signors borrachos?» «¡Oh! —dije yo—, sólo quiero ir a la habitación de mi señorita, y sólo tengo que pasar por el gran vestíbulo, subir la escalera de mármol y cruzar la galería norte y el ala oeste del castillo y estar allí en un minuto». «¿Eso es todo? —dijo él—.
¿Y qué es lo que te puede ocurrir si te encuentras a cualquiera de esos nobles caballeros en el camino?» «Bueno —dije yo—, si crees que hay algún peligro, entonces, ven conmigo y guárdame; nunca tengo miedo cuando estás a mi lado». «¡Cómo! —dijo él—, ¿cuando casi no me he recobrado de una herida me voy a poner en medio para recibir otra? Porque si alguno de esos caballeros te encuentra, se enfrentarán a mí directamente. No, no, haremos un camino más corto que ese de ir por la escalera de mármol y por la galería norte hacia el ala oeste del castillo, porque te quedarás aquí, Annette, y no saldrás esta noche de la habitación». Así que, ante eso yo le dije...
—Vamos, vamos —dijo Emily impaciente y ansiosa de preguntarle por otro tema—, ¿así que te encerró?
—Sí, lo hizo, mademoiselle, a pesar de todo lo que yo dije en contra; y Caterina y yo y él estuvimos allí toda la noche. Pocos porque allí llegó el signor Verezzi gruñendo por el pasillo, como un toro enloquecido, y confundió el cuarto de Ludovico con el de Cario. Trató de echar la puerta abajo y pidió más vino, porque se habían bebido todas las jarras y se moría de sed. Así que nos quedamos quietos como la noche para que pensara que no había nadie en la habitación; pero el signor era más astuto que el mejor de nosotros y seguía llamando a la puerta: «¡Sal, mi viejo héroe! —dijo—, no hay enemigos en la puerta, no tienes que ocultarte; sal mi valiente signor Steward». En ese momento Cario abrió su puerta y salió con una jarra en la mano; tan pronto como el signor le vio, se calmó al máximo y le siguió con tanta naturalidad como va un perro detrás de un carnicero que lleve un trozo de carne en su cesta. Todo esto lo vi por el agujero de la cerradura. «Bien, Annette —dijo Ludovico guaseándose—, ¿te dejo salir?» «Oh, no —dije yo—, en modo alguno».
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Los Misterios de Udolfo - Ann Radcliffe
ClásicosItalia - 1584 Emily St. Aubert ha perdido a sus padres, no tiene más remedio que irse a vivir con su tía, Madame Montoni, junto con su tío político, un diabólico vandolero, al gran castillo de Udolfo, , una nueva vida para la joven, pero la calma in...
