Disfruta del rocío cargado de miel del sueño ligero;
tú no tienes imágenes; ni fantasías
que proporcionan profundos cuidados al cerebro de los hombres;
por ello, tu sueño es tan puro.
SHAKESPEARE
El conde, que había dormido muy poco durante la noche, se levantó temprano, ansioso por hablar con Ludovico, y acudió a las estancias del lado norte. Al haber sido cerrada la puerta exterior la noche anterior, se vio obligado a llamar con fuerza para poder entrar. Ni sus llamadas ni su voz fueron oídas, pero, considerando la distancia que había desde la puerta hasta la alcoba en la que estaba Ludovico, que probablemente dormía, no se sorprendió al no recibir respuesta y, abandonando el lugar, se dirigió a dar un paseo.
Era una mañana otoñal y gris. El sol, asomando sobre Provenza, proporcionaba sólo una luz débil ya que sus rayos luchaban contra la bruma que ascendía desde el mar y flotaba pesadamente sobre las copas de los árboles, que estaban cubiertos con los variados tintes del otoño. La tormenta había pasado, pero las olas estaban aún violentamente agitadas, y su discurrir estaba marcado por largas líneas de espuma, mientras que la calma impedía el movimiento de las velas de los barcos, cerca de la costa, que levaban anclas para su marcha. La tristeza y la tranquilidad de la hora resultaron agradables al conde y prosiguió su camino por el bosque, sumido en profundos pensamientos.
Emily también se levantó temprano y dio su acostumbrado paseo por el borde del promontorio que asomaba sobre el Mediterráneo. Su mente no estaba ocupada por los acontecimientos del castillo y era Valancourt el tema de sus tristes pensamientos, ya que no se había acostumbrado a recordarle con indiferencia, a pesar de que su juicio le reprochaba constantemente por su afecto, que seguía anidando en su corazón, después de que la estima hubiera desaparecido. El recuerdo le traía con frecuencia su mirada al marcharse y el tono de su voz cuando le dio su último adiós. Asociaciones accidentales le trajeron a la memoria estos recuerdos con peculiar energía y lloró por ello lágrimas amargas.
Al llegar a la atalaya se sentó en los escalones rotos, sumida en la melancolía, y contempló las olas, a medias ocultas por la bruma, según llegaban hasta la costa y salpicaban las rocas inferiores. Su triste murmullo y la niebla que rodeaba el acantilado daba una especial solemnidad a la escena que armonizaba así con su estado de ánimo y siguió sentada con los recuerdos del pasado hasta que se hicieron tan dolorosos que abandonó abruptamente el lugar. Al cruzar por la pequeña puerta de entrada de la atalaya vio unas letras grabadas en la piedra y se detuvo para examinarlas. Aunque parecía que habían sido cortadas con rudeza con un cuchillo, los caracteres le resultaron familiares y reconoció al fin la mano de Valancourt. Leyó, con temblorosa ansiedad, las siguientes líneas, tituladas
NAUFRAGIO
¡En esta medianoche solemne! En este acantilado solitario,
bajo los muros desolados de esta atalaya,
donde formas místicas espantan al que las mira,
descanso y contemplo abajo el desierto profundo,
mientras a través de la tormenta la luz fría de la luna
brilla en la ola. Invisibles, los vientos de la noche,
con fuerza turbulenta y misteriosa, barren las ondas,
y tétrico ruge el oleaje, a lo lejos.
En las pausas tranquilas de las rachas, oigo
la voz de espíritus, elevándose dulces y lentas,
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Los Misterios de Udolfo - Ann Radcliffe
ClassicsItalia - 1584 Emily St. Aubert ha perdido a sus padres, no tiene más remedio que irse a vivir con su tía, Madame Montoni, junto con su tío político, un diabólico vandolero, al gran castillo de Udolfo, , una nueva vida para la joven, pero la calma in...
