Capitulo Siete

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No había nada alrededor salvo impresiones de reposo,

alamedas de sueño confortante, y, en medio, serenos prados,

y lechos de flores que buscan influencias somnolientas

en el aroma de las amapolas, y riberas de grato verdor,

donde nunca habían visto pasar a criatura alguna.

Entretanto, juegan innumerables riachuelos, brillantes,

y arrojan a todas partes su resplandor de agua,

que, al repiquetear, bajo el sol del cielo raso,

aunque en calma, producen un moderado murmullo.

THOMSON


Cuando Emily abrió la ventana a la mañana siguiente se sorprendió al observar la belleza que la rodeaba. La casa estaba dentro del bosque, formado fundamentalmente por castaños, mezclados con algunos cipreses, alerces y falsos plátanos. Bajo las ramas oscuras y extendidas aparecían, hacia el norte y hacia el este, los Apeninos, alzándose en anfiteatro lleno de majestad, no oscurecidos por los pinos, como estaba acostumbrada a verlos, sino sus más lejanas cumbres cubiertas con espesas florestas de castaños, robles y otros árboles, animados ahora con los ricos tonos del otoño, y que descendían hasta el valle ininterrumpidamente, salvo cuando algún promontorio rocoso surgía de entre las ramas y captaba los rayos del sol. Los viñedos se extendían a lo largo de las laderas de la montaña, donde las elegantes villas de los nobles toscanos adornaban con frecuencia el paisaje, rodeadas con las plantaciones de olivos, naranjos y limoneros. La llanura, sobre la que se inclinaban, estaba coloreada con los ricos tonos de los cultivos, cuyos contrastes se mezclaban en armonía bajo el sol italiano. Parras, con sus racimos de color púrpura brillando entre las ramas, colgaban en festones espectaculares desde las ramas de las higueras y de los cerezos, mientras los pastos, de un color que Emily había visto en muy pocas ocasiones en Italia, enriquecían las riberas de una corriente de agua que, tras descender desde las montañas, se extendía por el paisaje, reflejándolo, en su camino hacia el mar. Allí, en el oeste lejano, las aguas, juntándose con el cielo, ofrecían un tono púrpura desvanecido, y la línea de separación entre ellos se hacía a veces discernible por el movimiento de algún barco, iluminado por el sol, que avanzaba por el horizonte.

La casa, que tenía toda la sombra del bosque y que sólo recibía el sol de la tarde, estaba rodeada enteramente por los emparrados, las higueras y jazmines, cuyas flores sobrepasaban en tamaño y fragancia todas las que Emily había visto. Los jazmines y los racimos maduros de uvas que colgaban alrededor de su ventana se mezclaban con la variedad de perfumes de las flores silvestres y de las hierbas, y, en el margen opuesto de la corriente, que llenaba todo de frescura, se elevaban los grupos de naranjos y limoneros. Aquello, aunque situado frente a la ventana de Emily, no interrumpía su visión, sino que la hacía más grata, por sus tonos verde oscuro y el efecto de la perspectiva; y para ella aquel lugar estaba lleno de dulzuras, cuyos encantos influyeron imperceptiblemente en su mente para su propia serenidad.

La hija de los campesinos la llamó para el desayuno. Era una muchacha de unos diecisiete años, de rostro agradable, a la que Emily contempló con agrado, animándose con los afectos puros de la naturaleza, aunque los otros, los que la rodeaban, expresaran más o menos las peores cualidades: crueldad, ferocidad, astucia y traición; del último estilo eran especialmente los rostros del campesino y de su mujer. Maddelina habló poco, pero lo que dijo fue con voz suave y con aire modesto y complaciente, que interesó a Emily, que desayunó en una mesa aparte con Dorina, mientras Ugo y Bertrand se atiborraban del jamón y vino de Toscana con su anfitrión, cerca de la puerta de la casa. Cuando acabaron, Ugo se levantó con rapidez, reclamando su mula, y Emily supo que iba a regresar a Udolfo, mientras Bertrand permanecería en la casa; una circunstancia que, aunque no la sorprendió, sí la llenó de angustia.

Los Misterios de Udolfo - Ann RadcliffeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora