¡Ah, por qué el destino ocultó sus pasos
en senderos tormentosos para vagar
alejado de todo júbilo natural!
BEATTLE
Emily, mientras tanto, seguía padeciendo por la ansiedad que sentía ante lo que hubiera podido ocurrirle a Valancourt; pero Theresa, que había conseguido al fin encontrar a una persona a la que podía confiar que acudiera al administrador, le informó que el mensajero regresaría al día siguiente; y Emily prometió acudir a su casa, ya que Theresa estaba muy agotada para servirla.
Por la tarde, en consecuencia, Emily partió sola para la cabaña, con una preocupación profunda por Valancourt, cuando, tal vez, lo sombrío de la hora contribuía a deprimir su ánimo. Era una tarde gris otoñal próxima al final de la estación; nieblas densas oscurecieron parcialmente las montañas, y una brisa fría, que soplaba a través de las ramas de los árboles, cubrió su sendero con algunas de las últimas hojas amarillas. Éstas, volando en círculos y anunciando el año que moría, le dieron una imagen de desolación que en su fantasía parecía anunciar la muerte de Valancourt. En realidad había tenido más de una vez un fuerte presentimiento sobre ello y estuvo a punto de regresar a su casa, sintiéndose incapaz de hacer frente a la certidumbre que anticipaba, pero luchando con sus emociones consiguió dominarlas para proseguir su camino.
Mientras paseaba entristecida, contemplando las formas de la niebla que se extendían por el cielo y contemplaba a las gaviotas moverse por el viento, desapareciendo un momento entre las nubes tormentosas y emergiendo de nuevo en círculos por el aire calmado, las aflicciones y vicisitudes de la última etapa de su vida parecían reflejarse en estas tristes imágenes. Así meditaba en el tormentoso mar de desgracias del último año, con pocos y cortos intervalos de paz, si paz podría llamarse, lo que sólo era retraso de los males. Y ahora, cuando había escapado de tantos peligros, se había liberado de la voluntad de los que la habían oprimido y se había encontrado como señora de una gran fortuna, ahora cuando razonablemente podía haber esperado la felicidad, se daba cuenta que estaba tan distante de ella como siempre. Se habría acusado a sí misma de debilidad e ingratitud por sufrir así en sus sentimientos las varias bendiciones que poseía, y que una sola, superaba todas sus desgracias, si esa desgracia la afectara sólo a ella; pero cuando había llorado por Valancourt lágrimas de compasión que se mezclaban con las de arrepentimiento, y mientras se lamentaba por un ser humano degradado por el vicio y consecuentemente en la miseria, la razón y la humanidad reclamaban esas lágrimas, y la fortaleza no había conseguido aún enseñarle a separarlas de las del amor. En aquel momento, no obstante, no estaba segura de su culpabilidad, pero el temor por su muerte (una muerte de la que ella misma, aunque inocentemente, parecía haber sido en alguna medida el instrumento) la oprimía. Su miedo aumentó al aproximarse la idea de la certeza, y cuando tuvo ante sí la casa de Theresa se sintió tan descompuesta y tan abandonada por su resolución, que, incapaz de seguir, se sentó en un banco junto al sendero. El viento que gemía entre las ramas le pareció a su imaginación transportar los sonidos de un lamento distante, y en las pausas de la brisa creyó oír las notas débiles y lejanas de la desesperación. Su atención la convenció de que se trataba únicamente de su fantasía, pero el aumento de la oscuridad, que parecía cerrar el día inesperadamente, no tardó en avisarla de que debía seguir, y con pasos inseguros se dirigió a la cabaña. A través de la ventana se veía el agitar alegre del fuego, y Theresa, que había visto que Emily se acercaba, ya estaba en la puerta para recibirla.
—Es una tarde muy fría, madame —dijo—, se acerca la tormenta y pensé que os gustaría el fuego. Sentaos en esta silla junto a la chimenea.
Emily, tras darle las gracias por su consideración, se sentó, y después, mirándola a la cara, en la que el fuego lanzaba su brillo, se volvió a conmover por sus temores y se hundió en la silla con el rostro tan preocupado que Theresa comprendió al instante el motivo, pero permaneció callada.
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Los Misterios de Udolfo - Ann Radcliffe
ClassicsItalia - 1584 Emily St. Aubert ha perdido a sus padres, no tiene más remedio que irse a vivir con su tía, Madame Montoni, junto con su tío político, un diabólico vandolero, al gran castillo de Udolfo, , una nueva vida para la joven, pero la calma in...
