Capitulo Cinco

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¡Salve, grata y suave Soledad!

Compañera del sabio y del bueno.

El tuyo es el aliento reparador de la mañana,

igual que nace la rosa inclinada por el rocío.

Pero sobre todo, cuando la vista de la tarde decae,

y el tenue paisaje se desvanece.

El tuyo es declive dudoso, suave,

y la mejor hora de meditación, la tuya.

THOMSON


La prohibición de Emily a Annette ordenándole que mantuviera silencio en las razones de su miedo no tuvo éxito, y los acontecimientos de la noche anterior se extendieron con gran alarma entre los criados que afirmaban que muchas veces habían oído ruidos desconocidos en el castillo y no tardó en llegar al conde la noticia de que el lado norte estaba embrujado. Al principio se limitó a calificarlo de ridículo, pero, comprobando que estaba produciendo un mal grave por la confusión ocasionada entre el servicio, prohibió que se siguiera comentando bajo pena de castigo.

La llegada de un grupo de amigos alejó pronto de sus pensamientos la preocupación por el tema, y sus criados, poco temerosos de lo que pudiera suceder, sólo lo comentaban por las tardes después de la cena, cuando se reunían en su comedor y se contaban historias de fantasmas hasta que temían incluso mirar por la habitación en la que se encontraban, y se sobresaltaban por el eco de alguna puerta que se cerraba en un pasillo y se negaban a ir solos a cualquier parte del castillo.

En estas ocasiones, Annette destacaba por encima de los demás. Cuando contó no sólo todas las maravillas de las que había sido testigo, sino las que imaginó en el castillo de Udolfo, con la extraña desaparición de la signora Laurentini, causó gran impresión en las mentes de su atenta audiencia. También habría descubierto libremente todas sus sospechas relativas a Montoni, si Ludovico, que había entrado al servicio del conde, no hubiera controlado con prudencia su locuacidad siempre que surgía el tema.

Entre los visitantes al castillo estaba el barón de St. Foix, un viejo amigo del conde, y su hijo, el chevalier St. Foix, un joven sensible y amable, que, tras haber conocido el año anterior a Blanche en París, había pasado a ser su admirador declarado. La amistad que el conde mantenía desde hacía tiempo con su padre y la igualdad en sus niveles sociales hizo que aprobara secretamente la conexión; pero, pensando que su hija era demasiado joven para elegir para toda la vida, y deseando comprobar la sinceridad y fortaleza del afecto del chevalier, rechazó su solicitud, aunque sin prohibir una futura esperanza. El joven venía con el barón, su padre, a reclamar el premio de su afecto mantenido, un reclamo que el conde admitió y que Blanche no rechazó.

Mientras estuvieron estos visitantes, el castillo se convirtió en escenario de alegrías y esplendor. El pabellón del bosque fue acondicionado y utilizado con frecuencia en los días claros como comedor, y las cenas concluían usualmente con conciertos en los que solían intervenir el conde y la condesa, que eran grandes intérpretes, y los chevalier Henri y St. Foix, con Blanche y Emily, cuyas voces y buen gusto compensaban el deseo de una interpretación más profesional. Algunos de los criados del conde tocaban las trompas y otros instrumentos, algunos de los cuales, colocados a poca distancia entre los árboles, producían una dulce respuesta a las armonías que procedían del pabellón.

En cualquier otro período de su vida aquellas fiestas habrían sido deliciosas para Emily, pero su ánimo se veía oprimido por una melancolía que comprendía que nada de lo que se llamaba entretenimiento tenía el poder de disipar y que en ocasiones aumentaban las melodías de aquellos conciertos, tiernas y con frecuencia patéticas, a un alto grado de pesadumbre.

Los Misterios de Udolfo - Ann RadcliffeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora