A Lena no le hizo gracia encontrarse a ese joven con ropa andrajosa y pasada a la moda, tirado en el suelo junto una lata de centavos y una guitarra.
A Lena no le gustaban muchas cosas, pero Luke Hemmings comenzó a ser la excepción.
Septiembre del 2...
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Hoy me desperté tarde otra vez. Realmente esta está siendo una temporada horrible, y no sé si es a causa de mis alarmas o de mis malos hábitos de sueño. Hace unos minutos estaba prácticamente con los ojos cerrados, cogiendo una tostada y yéndome por las escaleras de mi casa todo lo rápido que podía aunque mi cuerpo me suplicaba reposar. Este será un día de perros, y lo puedo confirmar antes de que pase. Adam, mi novio, me preguntará por la tardanza y acabaremos discutiendo; Kay me contará todos esos estúpidos cotilleos de última hora y yo terminaré quedándome sola en casa sin hacer nada.
Llego a la esquina en la que se puede empezar a apreciar el olor a café recién hecho, como todas las mañanas. Esta es mi parada de bus. Y aquí siempre corro detrás de él para llegar a clase a tiempo. Por suerte... O por sorpresa, la verdad, el autobús no está; he llegado temprano. De todas formas me apetece caminar rápido hasta el banco de la parada sólo por la alegría de ser puntual un maldito día de mi vida. Y mientras, en ese mismo momento, escucho la dulce voz de Luke Robert Hemmings por primera vez.
—No hace falta, Señora Brown, es usted muy atenta. No necesito la caridad de nadie—Tiene pinta de estar mintiendo. Menudas pintas lleva.
Rubio, con ojos azules, alto como el Empire State Building y educado. Bueno... E indigente, también es indigente. Tiene el pelo muy largo y ondulado, una barba ya poblada y una camiseta blanca que pide a gritos ser tirada al contenedor más cercano. Incluso sus Converse negras suplican romperse de una vez, ya que en ellas destacan numerosos agujeros que dejan ver sus calcetines de pingüinos felices.
La Señora Brown, la dulce anciana, lo arrastra hasta el interior de su establecimiento. Ella regenta desde hace cuarenta años una tienda de comestibles muy frecuentada por todos mis vecinos y mi familia. Miro mi reloj; al parecer me quedan unos doce minutos de tiempo libre. Tan tarde no me he despertado. Entro sin pensarlo para comprar unos chicles o algo así, rebuscando en mis bolsillos algunas monedas.
—Buenos días— Digo en un suspiro; ya estoy muerta y ni siquiera empecé el día.
—Hola, cielo. ¿Cómo están tus padres?—Pregunta ella desde el final de la tienda, moviendo lo que parecen ser un par de cajas.
—Trabajando, como siempre.
—¿Y qué hay de James?— Ruedo los ojos al oír eso, tengo al hermano más idiota del universo.
—Me imagino que durmiendo... Desde que dejó la universidad es un vago— Me pongo a mirar unas estanterías llenas de chocolatinas, relamiendo mis labios cual gato enfrente a su cuenco de leche.
—Oh... Que le vaya bien, ya hablaré con tu madre, hace mucho que no la veo.
Sigo pensando en qué comprar mientras que ella se queda charlando con el chico. Empiezo a caminar hacia una nevera con refrescos, pero me doy un golpe tan grande que acabo cayendo, tirando la estantería de la fruta al suelo conmigo. La anciana grita agudamente haciendo que mis tímpanos sufran. Rápidamente recojo todo roja de la vergüenza, aunque unas grandes y gélidas manos me paran apartándome de manera suave, dejándome suponer que se trata del indigente de antes.
—No te preocupes —Murmura, luego mira a la señora Brown, agachado en el suelo conmigo— Ya lo hago yo, no pasa nada.
Juro que en vez de un Sin techo parece un modelo de bañadores retirado de su carrera. Me quedo estática en mi sitio, aún agachada sin reaccionar, fijándome en él. Tiene que ser sólo unos años mayor a mí, aunque la barba le da apariencia de tener más edad. La anciana esboza una sonrisa de oreja a oreja, levantándome como puede con sus temblorosos brazos.
—Robert, eres demasiado atento. No hace falta —Comenta limpiándose las manos a su delantal de cuadros.
—Oh... No pasa nada, se lo debo, usted me da de ese café suyo todas las mañanas.
Y sin mediar más palabra el rubio me mira por última vez sin darme importancia, recogiendo todo con cuidado y con parsimonia. Suspiro sintiéndome estúpida y cojo la barra de chocolate que quería desde antes, yendo a pagar en silencio. Luego salgo de la tienda con la cabeza bien alta y me siento en un banco lejano porque la parada de bus ya está llena de estudiantes con los cuales no quiero compartir espacio vital.
Me pongo a revisar mi Instagram de forma aburrida, pero a los dos minutos puedo oír unos acordes de guitarra un poco tristes. Demasiado melancólicos para mí, a decir verdad. Por un momento llego a la conclusión de que la Señora Brown puso música para limpiar animadamente su tienda, pero sería muy extraño en ella porque únicamente escucha Cumbia y Bachata. Cuando oigo la voz cansada de un chico, mi cuerpo se estremece un poco, haciéndome sentir pequeña ante el mundo por una vez. Dirijo mi vista hacia la escena y ahí veo al rubio de la tienda, sentado sobre... ¿Una caja rítmica? O eso me parece divisar.
Se ve concentrado en lo que hace, cerrando sus ojos agotados de vez en cuando, cantando como si nadie lo mirase, olvidándose de las miradas que lo juzgan o que ignoran su existencia; viéndose acostumbrado a no destacar entre los demás. Mi corazón se ablanda por un momento y decido sacar el billete que llevo conmigo sin pensarlo mucho.
Camino con discreción para que nadie se entere y dejo que esos estúpidos diez dólares caigan dentro de la funda de su guitarra. Me mira y puedo oír un "Gracias" pronunciado con sorpresa. Yo no hago nada más que subir al bus a tiempo y sentarme con Kay, intentando olvidar estos doce minutos de mi mente lo más rápido posible.