A Lena no le hizo gracia encontrarse a ese joven con ropa andrajosa y pasada a la moda, tirado en el suelo junto una lata de centavos y una guitarra.
A Lena no le gustaban muchas cosas, pero Luke Hemmings comenzó a ser la excepción.
Septiembre del 2...
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—Mi historia es simple. Mi esposa murió, mis hijos no me acogieron y acabaron embargándome todas mis propiedades —El anciano anónimo mastica ruidosamente un trozo de muffin, intentando no llorar— Construí esa casa con mis propias manos, viví en ella más o menos cincuenta años, ¿para qué? Para que me saquen a rastras, sin ni siquiera poder llevarme los muebles.
Odio a la gente que mastica en alto, y al parecer, comparto esta fobia con el joven caribeño de rastas y bandana, el cual aprieta sus párpados para relajarse y seguir las palabras del emisor de forma atenta. Odio a James por todo esto.
Y también a Luke, aunque últimamente sólo sé correr detrás de él como una loca de amor. No siento eso, pero sé que le quiero y me gusta. Aunque sólo seamos amigos, o algo extraño. Ni siquiera estoy segura de qué se supone que somos.
Y sí, André Montagne, Zareb Diawara y Shiro Hamasaki se unieron a nuestro grupo de autoayuda. Al parecer se tomaron muy en serio la invitación de mi hermano, aunque me extraña profundamente el hecho de que Luke no se haya acercado a ellos ni lo más mínimo.
Ya llevamos una hora y media de charla, y ahora comenzó la ronda de preguntas comprometidas. Oír hablar de su vida pasada a una persona desfavorecida es de las ocasiones más entrañables que he podido presenciar.
En total somos un grupo de diecisiete personas, las cuales estamos sentadas o tumbadas en el pasto de mi extenso jardín. Me ofrecí a darle un par de mantas a cada uno de los invitados para que no les devorase el frío, y sólo con eso ya se pusieron a llorar o a saltar de alegría.
Todo esto me está distorsionando la cabeza. Es como si alguien hubiese vertido ácido sulfúrico sobre mis ideas, deshaciéndolas y creando otras a base de los trozos supervivientes al ingenioso experimento.
—Mis padres murieron en un accidente —Comenta luego de un rato un adolescente, del cual me acuerdo de forma difusa por aquella Noche Buena en la iglesia— Mis tíos juraron cuidarme, y sólo me obligan a robar a turistas. Me ordenaron dejar los estudios cuando sobrepasé la edad estipulada.
Algunos le propinan palmadas de afecto en la espalda, mientras que otros le regalan una mirada de comprensión.