Once Upon A December. // Emile Pandolfi.

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Me encuentro con la Señora Brown en su salón, como casi todos los jueves al mediodía

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Me encuentro con la Señora Brown en su salón, como casi todos los jueves al mediodía. Solemos leer juntos algún poemario o simplemente ver la televisión, compartiendo anécdotas mutuamente. Es la única amistad longeva que me ha brindado la vida, ya que la conozco desde pequeño y es uno de mis mayores apoyos psicológicos. Ella incitó a que explotase mi talento musical, siendo mi profesora de piano. Si digo la verdad, es la persona que me ha salvado bastantes veces de la enfermedad que me producen los inviernos viviendo sobre el frío y apático hormigón.

En mi zona, el clima es cruelmente malvado con los que no podemos resguardarnos de su fuerza. Además de romper paraguas y convertir gorros en ovnis voladores a la estratosfera, es experto en romperme el alma y en hacérmelo trizas. Me congela los sentidos, porque me da miedo la noche y los días cada vez son más menguantes. Me da miedo la noche porque quiero seguir viviendo, y si duermo, nadie me puede asegurar de que llegaré a despertar al día siguiente. Todo se vuelve más inhumano; la gente se fusiona en un único ser con el tiempo atmosférico, que es tosco e insensible. Excepto en Navidad, que puedo ver a millones de Santa Claus haciéndose fotos con niños pequeños y a miles de personas comprando los regalos a última hora. ¡Era mi estación favorita! Pero sólo cuando tenía ropa de abrigo y una chimenea ardiente en el salón... Ahora sólo significa Sobrevivir un par de meses más.

—Hijo, ¿estás seguro de que Molly te ha roto la camisa? ¡Está destrozada! — Examina la tela hecha jirones con sus gafas cuadradas de metal, admirando el gran caos que separa unos de otros a los hilos de seda azul marina.

—Sí —Miento— Pero no pasa nada, trabajaré para conseguir otra.

Suspiro ligeramente, sonriendo para disimular. Las amenazas de Mike eran, son y seguirán siendo un asunto muy privado, y no porque yo quiera. No quiero que nadie salga herido, al teñido le da igual matar que acosar; él sólo busca dinero y satisfacción personal. Me estoy sintiendo una persona muy falsa con todo este tema, pero esta anciana no merece sufrir por hechos muy externos a su vida.

—Está bien... —Suspira, dejando la tela a un lado y comenzando a calcetar de nuevo una gran masa de hilos de lana color océano. Supongo que está haciendo una bufanda o algo por el estilo.

Indigente || LrhHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora