Trece

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Por fin terminamos de comer y ahora estamos recogiendo la mesa y lavando los trastes. Por lo pronto solo estamos Aristóteles, Temo y yo. Pancho salió sin decir a dónde, y los mellizos aprovecharon para ir a hacer su tarea. A mí me tocó limpiar la mesa, mientras los demás asean la cocina.

—Oye, Temo —escucho hablar a nuestro vecino—. ¿Te parece si en la tarde vamos a jugar unas retas de basquet al parque? 

—Claro, Diego, ¿quieres ir? —me pregunta ahora Temo. 

Sé que Temo me invita por cortesía. Él está muy consciente de que yo soy pésimo para ese deporte, pues mi fuerte es el fútbol. Además, sé que a él le encantaría pasar tiempo a solas con Aristóteles. 

—Paso, Temo —respondo, recogiendo los manteles donde comimos—, sabes que soy pésimo. Mejor me quedo.

—Podemos jugar otra cosa, si prefieres. Tal vez fútbol en vez de básquet. 

—¿Fútbol? Pero soy malísimo —alega Aristóteles. 

—No, en serio, vayan sin mí —insisto. 

—Mínimo acompáñanos, aunque sea para que conozcas más de la ciudad —me invita Temo—. Es más, por ahí venden unas nieves de garrafa deliciosas, ¿verdad, Aris?

—Sí, sí, sí... —dice—. Son muy buenas, aunque tampoco sientas que te estamos presionando para que nos acompañes. 

Oh, vecinito, no debiste insinuar que me quedara. Solo por eso iré. 

—Pues no se diga más, voy con ustedes. 

Terminamos de organizar todo y quedamos de reunirnos en las escaleras del edifico dentro de una hora. Yo aprovecho para ir a mi cuarto y tomar una siesta, pues el entrenamiento de hoy realmente me cansó físicamente. Temo también viene y se acuesta a mi lado. 

—¿Puedo hacerte una pregunta? —soy yo el que habla. 

—Ya lo hiciste.

—Bueno, otra —insisto.

—Vas. 

—¿Sigues esperanzado en que Aristóteles te haga caso? 

—No le digas Aristóteles —responde después de unos instantes en silencio. 

—¿Por qué no? Así se llama.

—Pero se oye muy feo si le dices así, con su nombre completo. Mejor dile Aris, o Ari. 

—Equis, Temo —respondo agobiado—. No evadas mi pregunta.

Mi amigo se vuelve a quedar callado. Me enderezo un poco en la cama para ver su rostro: tiene ambas manos bajo su cabeza, a modo de almohada, y sus ojos están abiertos, mirando hacia el techo. Yo insisto: <<¿Sigues creyendo que Aris te va a hacer caso?>>.

—No lo sé, Diego —me responde finalmente, girándose sobre la cama para quedar de frente a mí—. Fue muy claro con eso de su orientación sexual. Además, viéndolo bien, Aris me trata como un amigo, nada más. 

>>Sé que a veces tiene comportamientos muy extraños, como quererme sobre proteger de más o estar siempre al pendiente de lo que me pasa. Pero creo que esas son actitudes propias de un mejor amigo, ¿no? Quiero decir, tú y yo siempre las hemos tenido hacia el otro. 

—Pero tú y yo nos gustamos, Temo —agrego. 

—Lo sé, pero esto es muy confuso. Si Aris quisiera algo más conmigo creo que se daría. O sea, todo el tiempo estamos juntos y siempre vamos los dos a cualquier lugar o actividad. ¿Qué se supone que deba pensar al respecto? 

COMENZAR DE NUEVODonde viven las historias. Descúbrelo ahora