Treinta y uno

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Llegamos a la escuela y lo primero que vemos Temo y yo es a Aristóteles platicando con Sonia en una de las bancas del patio central. Ambos pasamos de largo, pero nuestro vecino saluda amablemente a Temo: <<Qué onda, Temo>>, escuchamos. Volteo al mismo tiempo que mi amigo, solo para ver a Sonia pasando su brazo detrás de la cintura de Aristóteles.

Y básicamente escenas como esta se repiten en el recreo, horas libres y en el tiempo que estos dos, y nosotros, compartimos espacio dentro y fuera de la escuela a lo largo de esos días. Sin embargo, a pesar que Aristóteles parece comportarse de manera más amable con saludos y pequeños movimientos de cabeza, el resto del tiempo parece como si escapara de nosotros. 

—No entiendo qué está pasando, Diego —suelta Temo cuando regresamos al departamento. 

—Quiere ponerte celoso, de seguro —respondo.

Dejo mi mochila sobre la cama y me dispongo a hacer tarea, mientras Temo sigue hablando en voz alta sobre sus teorías de la relación entre Sonia y Aristóteles. De pronto mi celular comienza a sonar: Javier. 

—¿Bueno? —respondo a manera de saludo. 

—¿Cómo andas, Diego? —escucho del otro lado del teléfono—. Oye, no has vuelto a mi casa desde el día que viniste a cenar... y tampoco hemos hablado mucho por mensaje. 

—Tienes razón, Javier —respondo en voz baja, procurando que Temo no me escuche—, es que hemos tenido mucha tarea y no me he sentido del todo bien después del domingo.

—No te apures, yo entiendo... Igual ya mañana regreso a la escuela—esa noticia sí que me da gusto escuchar. 

—¿Neta? ¡Qué buena onda! ¿Cómo te sientes de tu rodilla?

—Todavía me duele a veces, pero mucho menos que otros días. Estos días he estado practicando moverme sin la silla de ruedas, valiéndome únicamente de mis muletas.

—En serio me da mucho gusto... ¡Oye! Si quieres puedes quedarte al entrenamiento, aunque sea solo para vernos, si gustas. El lunes el entrenador me dijo que pasaba a formar parte del cuadro titular, ¿qué te parece? 

—¡Qué padre, Diego! Al parecer ya no tienes la desventaja de ser el niño nuevo...

—Obviamente el maestro no pudo resistirse a mis encantos.

—No es el único, supongo... —le oigo decir entre dientes. 

—¿A qué te refieres? —pregunto un poco confundido, volteando a ver a Temo sobre su cama, con un libro entre sus piernas.

—Era solo un decir... mejor dime qué haces. 

—Pues estoy por empezar la tarea que nos dejaron.

—En ese caso ya no te interrumpo, pero mándame un mensaje cuando acabes, ¿va? —me pide. 

—Puedo hablar todavía un rato contigo...—pero Javier no me permite terminar mi oración porque enseguida se despide de mí—. Bueno, hablamos al rato. 

Cuelgo la llamada y no evito sentirme con un mal sabor de boca. Siento como si la conversación se hubiera tornada rara al final y una sensación de molestia proveniente de mi amigo me inunda la mente. 

—Temo, necesito tu consejo —digo, acercándome a él gateando sobre nuestras camas. 

—¿Qué pasó? —me responde, dejando su libro cerrado a un lado. 

—El sábado que fui a cenar a casa de Javier me pasó algo extraño —comento, recostándome sobre las piernas de mi amigo—. Resulta que lo ayudé a cambiarse y bueno... el hecho de estar cerca de él me genera una sensación extraña...

COMENZAR DE NUEVODonde viven las historias. Descúbrelo ahora