Cinco

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Desperté poco antes de que el chófer del camión gritara "Oaxaca de Juárez". Enseguida supe que había llegado a mi destino. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No sé si se deba al nerviosismo o a la emoción del momento. Tomé mi mochila de la parte superior y descendí del autobús. Después, recogí el resto de mi equipaje del maletero. 

No soy alguien que necesite de muchas cosas para sobrevivir, aunque sea ropa. Antes de salir de casa empaqué todos los pantalones que tenía, la mitad de mis playeras y camisas. Además seleccioné mis mejores pares de tenis, mis zapatos negros y mi traje, por si las dudas. El resto de mi equipaje consistía en mis dos libros preferidos, audífonos, computadora y tableta; también cargué con mi oso de peluche favorito, que me regaló Temo cuando cumplí diez años. Fuera de eso, y algunos documentos importantes como mi acta de nacimiento, no traje nada más conmigo.

Bueno, sí. Traje una foto familiar. Salgo con mis papás, antes que se divorciaran y mi padre se fuera a vivir a Monterrey.

Ahora sí, me cuelgo mi mochila al hombro y empujo mi maleta con una mano. Me dirijo a las salas de espera, cuando mi celular comienza a sonar.  El señor López. 

—¿Bueno? —respondo y me doy cuenta que mi voz todavía suena adormilada.

—¿Qué onda, mi Diegonchas? —escucho que me pregunta Pancho. De fondo se oye ruido de carros y cláxones sonando—. ¿Ya llegaste? Yo acabo de estacionarme afuera de la central. 

—Sí, Pancho, me voy bajando del camión. Traigo pantalón de mezclilla y chamarra verde —agregué, con la intención que Pancho me reconociera, por si yo no lo veía primero.

—Chido. Yo estoy aquí afuerita, luego luego. Lo que pasa es que no me quiero meter al estacionamiento, para no pagar —y enseguida me aturde su risa estridente del otro lado del teléfono. 

Estoy a punto de responder algo cuando veo a lo lejos a "La Burra", esa inconfundible camioneta blanca que los López siempre han utilizado en el negocio de las verduras. A pesar de todos los carros lujosos y bonitos que tiene la familia, esa camioneta siempre ha sido la favorita de Pancho. Y, he de admitir, que a mí también me gusta mucho, sobre todo por ese sonido tan peculiar que hace cuando se toca el claxon. 

—Ya lo vi, don Pancho —digo al teléfono y cuelgo enseguida. 

Alcanzo a ver cómo Pancho me busca con la mirada y me encuentra al instante. En su rostro se dibuja una gran sonrisa, que deja entrever su característico diente de metal. 

 —¡Diegonchas! —grita. Al instante abre la puerta del conductor de "La Burra" y ésta rebuzna al momento. 

Corro hacia Pancho y lo abrazo con todas mis fuerzas. Me sorprendo a mí mismo por la euforia de mi gesto. Al parecer, extrañaba más al señor López de lo que imaginada. Incluso, siento cómo un nudo se comienza a formar en mi garganta. Sin embargo, al parecer no soy al único al que le da nostalgia el reencuentro, pues cuando Pancho vuelve a hablar descubro su voz entrecortada. 

—¿Cómo estás hijo?—lo escucho preguntar—. Me da mucho gusto verte.

—A mí también, don Pancho —y por fin logro desprenderme de aquel abrazo.      

—A ver, nada de don Pancho. Si vas a vivir conmigo, ahora me llamarás Pancho...  O papancho, si lo prefieres —y nuevamente ríe estridentemente.  

Yo también sonrío, y estoy a punto de decir algo más cuando un policía se nos acerca y ordena retirarnos de ahí, porque estábamos impidiendo el tránsito del resto de vehículos. 

 —Simón, don oficial, es que estábamos con un emotivo reencuentro, ¿no ve? —al percatarse que el policía no muestra señales de amabilidad, Pancho concluye—: Por eso digo que ya nos vamos. ¡Vente, Diego! Sube tus cosas a "La Burra".

Coloco mi maleta en la parte trasera de la camioneta y luego subo al asiento del copiloto, todavía cargando con mi mochila. Pancho enciende el motor y arranca. Oficialmente, así comienza una nueva etapa de mi vida. 

En el trayecto al edificio de los López, Pancho me comenta su plan para sorprender a Temo y a los mellizos.  Según me cuenta, les dijo que tenía que salir a hacer una entrega exprés por parte de la panadería, pero que regresaba a tiempo para llevarlos a la escuela. Claramente la entrega exprés era venir a recogerme a la terminal. 

Ahora bien, una vez que lleguemos al edificio, Pancho entrará primero al departamento y apresurará a los López a terminarse de arreglar para ir a clase. Yo esperaré afuera, en el pasillo del edificio, cerca de cinco minutos. Transcurrido ese tiempo tocaré el timbre y Pancho hará que Temo abra la puerta. Entonces me verá a mí, su mejor amigo de toda la vida. ¡Sorpresa!

Una vez repasado el plan, Pancho estaciona la camioneta afuera de la panadería, al parecer el lugar donde trabaja. Me ayuda a bajar mis cosas y a subirlas por las escaleras del edificio. 

—Nomás que, por lo pronto, vamos a dejar tus maletas aquí afuera, ¿sale? 

—Claro, Pancho. No hay que arruinar la sorpresa. 

—Así merengues. Ahora, como lo ensayamos, en cinco minutos timbras la puerta. 

Abre la puerta de su casa y se mete enseguida. Eso de lo ensayamos   es un decir, claro está, pues lo más que llegamos a hacer fue platicarlo dos veces. Aprovecho el tiempo para observar el edificio: una construcción antigua, pero que luce moderna por la forma en que está decorado y gracias a la distribución de los espacios. Camino por el pasillo y, además de algunas plantas, no hay nada más que apreciar. En eso recuerdo que no le avisé a mi mamá que ya había llegado a Oaxaca, por lo que tomo mi celular y marco su número. Me acerco a las escaleras por donde subí hace unos instantes para poder hablar sin que me escuchen. 

Timbra una vez. Dos veces. Cinco veces. Al parecer mi mamá ya se fue al trabajo o no tiene su celular a la mano. Así que le mando un mensaje de texto: <<Ya estoy en Oaxaca, voy llegando al edificio de los López. Te llamo después. Te quiero>>.

Presiono el botón para enviar y reviso la hora: 7:40 am. Si quiero sorprender a Temo antes de que se vaya a la escuela y darle tiempo para que me salude, este es el momento. Regreso a la puerta de su departamento y, justo antes de tocar el timbre, escucho unos pasos veloces bajando por las escaleras. Aprieto el botón y se oye una campana al interior de la casa. 

—¿Qué onda? —escucho una voz a mis espaldas. 

Me volteo y veo al vecino de Temo. Lo reconozco por las fotos que mi amigo me manda y por todos los videos en los que salen juntos. 

—¿Se te perdió algo? —me vuelve a dirigir la palabra, y solo entonces reconozco que no le había respondido. 

—Ah, no. Nada más vengo a ver a Temo. 

—¿Conoces a Temo? —pregunta.

—Claro —no veo necesario darle más explicaciones, sobre todo después de lo que le hizo a mi amigo. 

—Súper, yo soy Aristóteles —me extiende su mano a modo de saludo— . Soy su vecino y su mejor amigo.

¿Disculpa? ¿Acaba de presentarse como su mejor amigo?

 —No lo creo —digo, en un tono que da a entender que estoy a la defensiva—. Yo soy su mejor amigo. Me llamo Diego, por cierto.

Estrecho la mano de Aristóteles, con una sonrisa que señala complacencia. La cara de él, por su parte, es de asombro. Todavía no termino de estrechar su mano cuando la puerta del departamento de los López se abre y aparece él. Temo. 

Su cara es de completa sorpresa. Y sus ojos bailan entre Aristóteles y yo. 

Lo único que puedo hacer es apresurarme a sus brazos y estrecharlo con todas mis fuerzas. 

Temo es mío, otra vez.   

COMENZAR DE NUEVODonde viven las historias. Descúbrelo ahora