Treinta

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Despierto con un fuerte dolor de cabeza. Me basta con abrir los ojos para sentir una punzada constante a ambos lados de mi frente. Me enderezo y todo resulta peor, pues la habitación entera me da vueltas. Vuelvo a cerrar los ojos y me aferro a las sábanas de mi cama, esperando que esa horrible sensación desaparezca al instante. 

Pasan un par de segundos y hago un nuevo intento, abro los ojos, pero el dolor de cabeza y el mareo siguen ahí. A tientas alcanzo mi celular y lo desconecto, lo reviso entreabriendo un ojo y me doy cuenta que son casi las nueve de la mañana. Por alguna razón, hoy tampoco me desperté para ir con Pancho al mercado.

—Temo —hablo levemente, girándome despacio sobre la cama para buscar y despertar a mi amigo—, Temo...

—Buenos días, Diego —me dice, todavía sin abrir los ojos.

—Me siento mal. 

Temo se levanta despacio y se me queda viendo. Lleva su mano hacia mi frente y exclama: <<Estás ardiendo>>. 

—Yo sé, Temo, pero no es momento para ligar —bromeo.

Ignora completamente mi comentario fuera de lugar y vuelve a tocarme la frente.

—¿Qué sientes? —pregunta. 

—Me duele la cabeza y todo me da vueltas.

—Voy a llamar a mi papá. 

Temo marca el número de Pancho en su celular, pero después de varios timbres, entra el buzón de voz. Lo intenta una y otra vez, pero en ningún momento contesta. 

—Usualmente Pancho tiene las manos ocupadas cuando está en el mercado... —digo, todavía con los ojos cerrados y una sensación creciente de asco. 

—Voy a buscar a doña Blanca. 

—¡No! —intento gritar—, estoy bien, de seguro se me pasa en un rato más. 

Pero mi amigo no hace caso y sale disparado a la casa de los Córcega. A los pocos minutos aparece doña Blanca en mi habitación, cargando unas rodajas de papa en sus manos. 

—En un rato más viene mi hijo Juan  Pablo, si quieres le digo que venga a verte—la oigo decir. 

—Muchas gracias, señora, pero estoy bien... 

Cierro los ojos nuevamente, sé que Temo y doña Blanca siguen en la habitación preguntándome cosas, pero no soy capaz de escuchar nada y mucho menos de responder. Pero también está Aristóteles junto a mí, metido debajo de mis sábanas, sin camisa, igual que yo. 

—¿Estás bien? —me pregunta. 

—Claro que sí —respondo—, a tu lado siempre me siento bien. 

Aristóteles me toma la mano derecha y me da un ligero beso en la punta de los dedos. Doña Blanca y Temo ya no están presentes y vuelve a ser de noche. Hace mucho frío en la habitación y quiero taparme con mi cobija, pero por más que intento no puedo hacerlo. Es como si la cobija estuviera atorada con algo. 

—¿Tienes frío? —preguntan a mi lado. Volteo esperando encontrarme nuevamente con el rostro de mi vecino, pero me sorprendo al ver a Javier a mi lado. Va vestido con su traje de anoche, con la misma camisa y corbata que llevaba durante la cena. Volteo a verlo y luce demasiado guapo, pero no tiene su pierna lastimada. 

—¿Qué te pasó? —pregunto, con los dientes tiritando de frío. 

—Se me cayó mientras jugaba fútbol. Pero no te preocupes, me van a poner una nueva. 

Por fin logro cobijarme, pero el frío continúa rodeando todo mi cuerpo. Me meto dentro de mi cobija y mis almohadas, esperando calentarme un poco más. De pronto siento un par de manos tibias que me tocan el pecho: <<Estás helado>>, escucho de nuevo la voz de Aristóteles. No puedo ver nada en la oscuridad de mis sábanas, pero sé que se trata de mi vecino.

COMENZAR DE NUEVODonde viven las historias. Descúbrelo ahora