Veintisiete

568 54 21
                                    

Nuevamente siento que el día pasa más lento que de costumbre. Sin embargo, hoy sí me voy a quedar al entrenamiento de fútbol porque hoy desperté con la noticia que tendremos nuestro primer juego de la temporada el próximo sábado. También me previne desde temprano y hoy traje un sándwich extra para comer en el hospital. 

Cuando por fin es la hora de visitar a Javier me despido de Temo, quien se va solo caminando hasta nuestro edificio, y me echo casi a correr en dirección al hospital. Llego y ya no pregunto por la habitación de mi amigo, sino que subo directamente al 315 del tercer piso. 

—¿Se puede? —pregunto el tiempo de entreabrir la puerta de la habitación. Nuevamente a la primer persona que veo es a la mamá de Javier. 

—Diego, hola —me saluda—, pásale por favor, ya te estábamos esperando. 

—Con permiso —digo, saludando con un ligero beso en la mejilla a la señora. Con la mirada saludo a Javier, quien está sentado en su cama, sonriéndome ampliamente.  

—Voy a aprovechar que llegaste para salir a comer, Diego —me dice.

Sale de la habitación y nos quedamos Javier y yo, viéndonos en silencio. Dejo mi mochila sobre la silla donde estaba sentada su mamá hace unos instantes y me acerco despacio a la cama de mi amigo. 

—Hola —digo. 

—Qué tal, niño nuevo —me responde. 

—Perdóname —es lo único que atino a decir, con ambas manos metidas en mis bolsillos y la mirada gacha. 

—¿De qué hablas? 

—Perdóname por el asunto del baile y perdóname por distraerte en la calle... ayer me dijo Beto que te atropellaron por mi culpa y...

—Diego—interrumpe mi lamento. 

—Perdón, neta. 

—Acepto la disculpa del baile aunque todavía tenemos que hablar sobre ese tema. Pero no tienes por qué pedir perdón por el accidente. Fue eso: un accidente. Y mi hermano es un pendejo, lo sabes. 

—Claro que lo sé, pero aun así quería decírtelo. Me asusté muchísimo y la neta me dolió que no quisieras hablarme durante casi un día. 

—Trae la silla para acá —me pide, señalando el asiento con su mano—. Ahora, don Juan, dime cuándo pensabas decirme que también habías invitado al baile a Temo.

—En mi defensa, lo invité a él primero...

—Lo sé, lo sé... Viéndolo del lado positivo, creo que estuvo mejor que no fuéramos pareja de baile. Necesitábamos empezar nuestra amistad con más calma y no creo que bailar juntos hubiera conseguido eso. 

—Supongo que tienes razón —afirmo. De este modo seguimos hablando cerca de una hora, yo comiendo mi sándwich y él sentado en su cama contándome sobre las cosas interesantes que le ha tocado vivir en su primera ocasión durmiendo en una cama de hospital—. ¿Y cuándo te dan de alta?

—Mañana en la mañana —explica—, pero debo continuar en reposo absoluto desde mi casa. O sea, todavía dos semanas más no podré apoyar el pie para nada, ni hacer el esfuerzo de mover mi pierna. Me dijeron que después de esa fecha me retirarán las puntadas de mi rodilla y podré comenzar a caminar, pero con la ayuda de unas muletas. Básicamente estoy lisiado como por dos meses. 

—Demonios—atino a decir—, me vas a hacer mucha falta en los entrenamientos. Tendremos partido este fin de semana.

—Nunca dije que pudieras visitarme todos los días en mi casa —dice. 

COMENZAR DE NUEVODonde viven las historias. Descúbrelo ahora