El timbre sonó y caminé en dirección a la puerta.
No estaba nervioso ni tampoco entusiasmado por la cena, pero necesitaba probarme a mí mismo que podría manejar el negocio como lo hacía mi padre. Tal vez no era tan malo, después de todo debía reforzar mi actitud frente a los socios para entrar a la mafia Bieber de una vez por todas.
Uno a uno, los tipos comenzaron a entrar a la mansión. Todos parecían tener más de cuarenta a excepción de dos, quienes venían acompañados por tres mujeres. Ryan apareció frente a nosotros y comenzó a saludarlos, mientras yo los guiaba hasta el gran comedor.
—Es un verdadero placer tener al heredero de Jeremy frente a mí. —Dijo el "gran" Joan Cutiere cuando nos sentamos en nuestros respectivos lugares.
—El placer es mío, Joan. —Intenté sonreír. — ¿Y a qué se debe esta reunión?
—Me esperaba que no lo supieras, Justin. —Habló esta vez un anciano canoso. —Yo soy Harold, y soy el administrador de la mayoría de los negocios que hace tu padre. Puede que no sea de mi incumbencia, pero he observado cada uno de tus pasos y estoy maravillado.
—Creemos que serás muy bueno con los negocios al igual que Ryan, en especial éstos que son técnicamente los más fáciles de sobrellevar. —Continuó Joan.
—Comprendo. —Asentí levemente.
Observé de reojo a Kelsey, quien venía hacia nosotros con la charola de vinos. Jamás me iba a arrepentir de haber comprado ese disfraz.
—Entonces...—Alargó uno de los tipos más jóvenes. —Aquí tenemos a la chica.
Los tipos clavaron sus ojos en Kelsey y noté su nerviosismo cuando comenzó a servir el vino. Sus manos temblaban levemente y mantenía su boca cerrada. Sabía que no era nada agradable servirles a tantos viejos decrépitos, pero ella había hecho un trato y no podía arrepentirse.
Cuando sus ojos se toparon con los míos, recordé el beso. No tenía idea de qué había sido ni por qué, pero necesitábamos aclarar nuestras mentes y para ello tendríamos una plática. Nadie sabría lo que había ocurrido, sólo ella y yo.
—¿Qué negociaremos esta vez, muchachos? —Preguntó Ryan, sonriendo como si acabara de comprar el mundo.
—Creo que es obvio...—Carcajeó otro tipo del cual no tenía idea.
Miré a Ryan y él hizo lo mismo, frunciendo el ceño lentamente. Tragué en seco cuando Kelsey llegó a mí lado y comenzó a servirme el vino de bodega. Estaba seria, callada, se notaba su nerviosismo. Jamás la había visto así.
—No hay por qué adelantarnos, muchachos. Todo a su debido tiempo. —Exclamó Joan, haciendo que los demás asintieran a sus palabras. —¿Qué planes tienes, Ryan? ¿Continuarás con tu padre?
Ryan dejó su copa de vino sobre la mesa y habló:
—No lo creo, quiero tener algo propio.
"Cállate" pensé.
—Entiendo, a veces es mejor hacer las cosas en solitario. Un vivo ejemplo es Noah, lleva en la mafia tres años y no ha tenido problema alguno en trabajar solo. —Dijo Cutiere, apuntando con su copa al otro tipo joven.
—No es tarea fácil, pero se maneja si se quiere. —Habló el tal Noah, alzando los hombros.
—¿Y cómo va...ya sabes, el caso? —Preguntó Harold.
—Perfecto, nuestros planes están saliendo de maravilla y no tenemos problema alguno. —Respondió Ryan, quien bebía vino como si en ello le fuera la vida.
—Exacto, y hemos avanzado bastante este último tiempo. —Hablé mirando a Kelsey, y por un momento creí que sonreiría.
—Tu padre debe de estar orgulloso. —Dijo Harold, mirándome.
La cena transcurrió lenta y aburrida, justo como lo había imaginado. Lo único bueno de la noche seguía siendo el disfraz de Kelsey y sus labios sobre los míos.
Unas horas después, el reloj marcaba las doce. Algunos de los tipos se habían dispersado para fumar y uno para beber algo más fuerte de la barra de tragos que había en la sala. Por mi parte, quería quedarme en la mesa para estar atento al maldito negocio del que tan poco habían hablado y del que no tenía ni puta idea.
Observé a Kelsey levantando los platos de la mesa. Realmente sabía cómo hacer pastas, y ahora me arrepentía de haber dudado de ella. Una de las mujeres se encaminó hasta Kelsey y le dijo algo al oído, fue cuando la vi bajar la mirada con lentitud.
Solté un suspiro y los socios comenzaron a volver a sus lugares, mientras, por el contrario, los dos tipos más jóvenes se retiraban del lugar con las tres mujeres.
Dirigí mi mirada hasta Joan y él también lo hizo, comenzando a hablar.
—Hemos llegado a mi parte favorita: el negocio. —Sonrió y todos comenzaron a aplaudir. —De acuerdo, está bien. Sé que se estarán preguntando qué tienen ustedes que a mí particularmente me interesa, y qué podemos ofrecerles nosotros que sé que les interesa.
—Te escucho. —Dije, inclinándome hacia adelante.
—Somos grandes seguidores de su caso, Justin. El secuestro no es una tarea tan sencilla, ni siquiera lo fue para mí. —Explicó. —Ustedes, muchachos, tienen suerte. Su víctima vale una fortuna.
Apreté mis labios.
—¿Entonces...? —Alargó Ryan, echándose hacia atrás en la silla.
—Nuestra oferta es clara y concisa; hay millones de dólares en juego, incluso un lugar otorgado por Joan en la Mafia Cutiere. —Habló Harold, entusiasmado.
—Todo eso... —Joan hizo una pausa. —Por su víctima...por la pequeña y pura Kelsey Beckman.
Kelsey.
Desde la cocina podía oír sus claras voces intentando negociar por mí.
¿Qué clase de monstruo podría pretender cambiar un maldito lugar en una maldita mafia por una vida humana?
Ellos lo eran. Todos y cada uno de ellos. Incluso Justin.
Y ahora me limitaba a llorar como una condenada. Lo era, pero no lloraría. No derramaría ninguna lágrima por ninguno de ellos, porque yo era mucho más que sólo un objeto para vender y comprar.
Ahora entendía el mundo en el que estaba viviendo. Había sido una estúpida al creer en los cuentos de hadas, en imaginar mi futuro perfecto rodeada de personas que realmente amaba. Pero no por eso merecía tal baldazo de agua helada, ¿Cierto? No por descubrir tarde que la vida no debía desperdiciarse merecía ser vendida.
Bajé la mirada lentamente cuando comencé a oír una gran discusión en aquel comedor. Divisé el extenso pasillo que llevaba a mi "celda" y no lo pensé dos veces.
A medida que avanzaba, iba quitándome aquel disfraz que parecía ser más para una puta barata que para una simple sirvienta. El cierre estaba nuevamente atorado, así que tiré de él y oí la tela romperse justo en el momento en el que entré a la habitación.
Cerré la puerta con cautela y me despojé totalmente del disfraz, buscando mi ropa con la mirada. Poco después me recosté de espaldas sobre la cama y miré el techo.
Sólo quería dormir y no volver a despertar jamás.
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Rom.
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