13. Agujas

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¿Algo que ya he mencionado, pero que vale la pena destacar? Odio las agujas.

Odio cuando extraen mi sangre, odio cuando me inyectan vacunas y odio cuando paso días con una aguja dentro de la piel de mi muñeca porque al médico se le ocurrió la idea de suministrar medicamentos por la vía intravenosa.

Mamá dice que odiar es malo y qué es una palabra horrible, pero yo no siento ni una pizca de culpa cuando digo que odio las agujas. ¿Me hace eso una mala niña? ¿Mi corazón es más oscuridad y menos luz por eso? Desde mi punto de vista, la respuesta a ambas preguntas es no.

Odiar algo que te causa dolor no está mal.

Vinimos a un pediatra distinto el día de hoy. Él hombre mayor estudió cada uno de mis síntomas, examinó mi piel y por último ordenó que me hicieran un estudio de sangre para descartar cualquier virus.

Mi madre y yo esperamos por una hora a que los resultados de los análisis estuvieran listos y fue justo en el momento en que el médico los leyó, que la preocupación inundó a mi madre y, por ende, a mí.

¿Qué tal mal podrían ser esos resultados como para que el corazón de mamá se acelerara y en su semblante se viera el miedo? No lo sabía y tampoco lo entendía. Lo único que tenía claro eran los nervios que cada vez se hacían más grandes, haciéndome sentir un gran y apretado nudo en mi pecho.

«Alyssa tiene muchos glóbulos blancos inmaduros e insuficientes glóbulos rojos y plaquetas» esas incomprensibles palabras en idioma medicinal habían logrado crear un fuerte silencio dentro del consultorio.

—Les recomiendo ir a un hematólogo, lo que leo en estas pruebas se me sale de las manos. —El pediatra es el primero en hablar, sacándonos con sus palabras del río de nervios y preocupación en el que casi nos ahogamos—. Es posible que le envíen a hacer una prueba de médula ósea para confirmar alguna enfermedad, le aconsejo que se prepare —se dirige a mi madre, quien está sumida en la sorpresa que representan los resultados de mis análisis de sangre—. Y a ti te aconsejo que seas fuerte —me dice y sonrío.

—Soy una niña grande y fuerte —aseguro.

Él ríe antes de darle algunos papeles a mi madre y despedirse de nosotras. Caminamos tomadas de la mano por el gran hospital hasta la recepción, donde nos dicen que en dos horas un hematólogo podrá recibirnos.

Y, aunque mi aventura en el hospital no ha terminado por hoy, me reconforta saber una cosa: Soy fuerte.

Como un cuento de hadasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora