Inhale profundamente y me llené de aquel aroma que comencé a percibir. Era tan embriagante. Un aroma exquisito.
Omega.
Claro. Solo una persona podía oler así. Dios. ¿El Omega bonito estaba en mi casa? ¿Mi Omega Imposible. Es que no hay manera. Me negaba a creerlo y siquiera a pensarlo.
Mi Alfa estaba inquieto.
Aullaba y chilla, me rasguñaba el pecho.
Quería ir a ver que pasaba, seguir aquel aroma y ver a donde me llevaría.
Tocaron la puerta y salí de mi trance.
- ¿Hijo, puedo pasar? -era mi papá.
Caminé hasta la puerta y la abrí, de pronto el aroma me lleno de golpe, cerré mis ojos y solté un gruñido.
Es él. Definitivamente lo es. Y estaba aquí, en mi casa.
- ¿Papá, a quien trajiste? -abrí mis ojos y esperé una respuesta.
- A una persona, es un Omega. ¿Porque lo preguntas? -me mira curioso y pone una mano sobre mi hombro. - ¿Pasa algo?
- Si... No. Yo... -suspiré y trate de relajarme y también trate de no ir corriendo y ver al Omega bonito. - Hice la comida. No habías llegado, ahora sería cena. Pensé en que podríamos cenar los dos.
- Oh, ya veo. Lo imagine. Por eso la mesa está puesta -mi padre sonríe. - Claro, sabes que me encantaría cenar contigo. Pero antes, te tengo que presentar al Omega que traje. Vamos abajo.
Me puse nervioso un poco. Asentí y bajamos a la sala principal.
- Me lo encontré en la calle... Estaba solo, sabes, no pude dejarlo ahí a su suerte. Lo contraté, va a hacer la limpieza por las noches, comienza mañana.
Sabía que mi papá era un buen Alfa así que no le dije nada.
- Esta bien, papá. ¿Como se llama? -pregunté aunque sabía muy bien el nombre.
Paramos en la puerta de la cocina. - Se llama Joaquín. Es un gran muchacho.
Joaquín.
Él abre la puerta y contuve la respiración, si, ahí estaba. Luciendo más bonito que la última vez. Tan tierno. Estaba parado, con sus ojitos grandes y muy abiertos mirándome, él también parecía muy sorprendido. Sus manos estaban en su espalda y sus pies juntos, y su respiración un poco agitada, estaba nervioso. Puedo sentirlo y olerlo muy bien.
Su cabello era hermoso, estaba húmedo, su suéter también se miraba mojado, bueno, en realidad toda su ropa se veía mojada. Pero eso no le quitaba la belleza.
Me acerqué un poco más a él con cuidado de no asustarlo. Mire sus ojos, sus ojos eran simplemente bellísimas, transmitían mucho, tenían un pequeño brillo. Sus mejillas se pusieron rojitas, adorable, totalmente adorable.
- Joaquín, te presento a mi hijo, Emilio.
Tome su mano y la lleve a mis labios, besando el dorso de esta. - Hola, Joaquín. Que alegría vernos otra vez. -sonríe ladino.
