CAPÍTULO 17

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Al fin es nuevo día.
Dormí como nunca antes, como un bebé.

No quería levantarme de la cama, pero tenía que hacerlo. ¡Hoy es mi primer día de trabajo! Es un día muy hermoso, la luz del sol entraba por las ventanas, el reloj que estaba colgado en una de las paredes marcaban las nueve de la mañana.

Me bañé y me puse una ropa sencilla. Bueno, no es que tuviera más ropa. Lo único que tengo es mi mochila.

Cuando ya estuve listo, baje a la cocina en donde ya el desayuno estaba listo. Como siempre la mesa llena de comida. ¿Porque tanta comida? Que yo sepa solo viven Izan, Emilio y ahora yo aquí en la casa. No entiendo. Pero que mas da, cosas de gente con dinero supongo.

Me percaté de que Emilio también estaba ahí, leyendo un periódico.
Tenía sus chinos despeinados y mojados, asumí que se acababa de bañar, tenía una camisa negra simple y unos jeans blancos. Se veía muy guapo, pero eso es algo que jamás diré en voz alta.

Al verme, Emilio me sonríe, deja el periódico y se levanta. — Heey, buenos días, Omega. ¿Dormiste bien? —pregunta amable, me ayuda a sentarme. — ¿Que quieres desayunar? Hay de todo: Huevos, fruta, tocino, cereal, pan, pan tostado, puedes ponerle miel, Nutella, de todo. De tomar puedes servirte jugo de naranja, café, agua, algún licuado. Tu desayuna, hoy será un día ocupado.

Parpadee, Emilio hablaba muy rápido, apenas podía entenderle. — Eh... Gracias... Yo-yo dormir bien, muchas gracias. —dije un poco sonrojado. — Y solo desayunare fruta y jugo, por favor.

Pero el Alfa al parecer no le agrado mucho que comiera tan solo un poco de fruta y jugo. — ¿Nada más eso? Pero es muy poco. Estas muy delgado.

— Si, lo siento. Por el momento solo será eso... No acostumbro a comer mucho.

Emilio asiente no muy convencido. — Esta bien, Joaco. No te presionare.

— Gracias, Alfa. —con timidez agarre un bowl en donde había fruta picada, me serví pero ni mucho, le puse un poco de yogurt y me serví jugo. Y así comencé a comer, con la mirada de Emilio en mi. Me sentía un poco incómodo y ahí venía otra vez la pregunta: ¿Porque me mira tanto? ¿Tengo algo en la cara?

— No me llames Alfa. Solo llámame Emilio. —dice, él también comiendo.

— Oh... Lo siento, no quería incomodarte. No acostumbro a llamar a los Alfas por su nombre... Es mas que nada por respeto... —me limpié la boca con una servilleta y tomé un sorbo de jugo.

— ¿Respeto? ¿Porque? —Emilio parecía confundido.

Suspiré y deje de comer. —Fuí educado así... Mi mamá decía... Mi mamá dice que a los alfas les tenemos que tener respeto porque ellos mandan.












Ese comentario no me gustó para nada. Eso es muy anticuado. Muy de muchos años atrás.

Gruñí. — Eso es absurdo. Joaco, aquí nadie es superior a nadie. Todos somos iguales. No quiero que me tengas respeto. Quiero que me veas como a un amigo en el que puedas confiar.

Tal vez pronto como algo más, pensé y sonreí.

Veo que él sacude su cabeza. — Es el pensamiento de mi madre. Así fuí educado desde que nací. Y ella también fue educada así. Yo no puedo simplemente cambiar del día a la mañana. Lo siento...

Estiro mi mano y la pongo encima de la suya, él voltea a verme sorprendido y sonrojado. — Yo sé. Pero es nuevo cambiar a veces. Solo quiero que entiendas que las personas de ahora ya no estamos bajo las mismas reglas de antes.

Me quede mirándolo. Se veía hermoso, me encantan sus pestañas tan largas, sus mejillas siempre estaban sonrosadas. Es adorable. Como un pequeño dios.

Joaquín quita su mano y comienza a jugar con las suyas, ahora sé que siempre lo hace cuando está nervioso.

No pude evitar sonreír.
Lo ponemos nervioso, dijo mi lobo y yo estuve de acuerdo. A mi parecer, es gran paso.

— Bueno. Mejor vámonos. Iremos a comprarte ropa. Mi papá mandó a cerrar una plaza entera solo para ti. Vámonos, pediré que preparen el auto.

Veo que Joaco abre y cierra su boca, sorprendido. — ¿Una plaza entera? —pregunta en un hilo de voz.

— Una plaza entera, Joaco. —le dí una sonrisa madina y salí de la cocina, me dirigí al jardín para pedir que prepararen el coche.

Y así me quede esperando a que Joaco saliera.

Mientras le puse a revisar mi celular, viendo mensajes, correos de la escuela y llamadas que tenia perdidas. Nada interesante.

— ¡Amor!

Cerré los ojos con fuerza. Ay no, por dios.
— Mierda... —susurre.

Me gire a ver a Seidy quien venía hacia mí, le di una sonrisa falsa. — Hola.

Llega a mi y me abraza por el cuello fuertemente. Ese olor tan dulzón no me gustaba para nada, quise vomitar por un momento.
La abrace de vuelta y la solté rápido. — ¿Que haces aquí?

— Solo quería verte. Esta semana dormiré aquí, están remodelando mi casa. ¿No te agrada eso?. —no quita sus brazos de mi cuello, toca mi cabello y de vez en cuando deja besos en mi boca y en mi cuello.

Tan melosa, mi lobo gruñó.  Totalmente incómodo.

Si antes no la soportaba, mucho menos ahora que tengo a Joaco, a mi Omega, tan cerquita de mi.

— ¿Vas a salir Emi? —me pregunta.

Como me molesta que llame así.
Me alejo un poco de ella y asiento. — Si, si. Y tardaré mucho.

— ¿A dónde vas? Puedo acompañarte. —juega con su cabello, según ella pareciendo coqueta. Aunque la verdad, se ve ridícula.

— No, Seidy. No. Iré con alguien más. Lo siento.

Ella se cruza de brazos. — ¿Con alguien? ¿Y se puede saber con quien?

Justamente en ese momento, Joaco llega. Sonreí y lo señalé. — Con él.

— Emilio ya estoy listo.

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