Daño devastador

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Mientras tanto, Erizo estaba siendo intervenida quirúrgicamente. Extraer un par de balas de un tórax no es una cirugía simple. Primero, por la cantidad de órganos vitales que encierra la zona. Y segundo, por la abundante presencia de venas y arterias importantes, que en caso de rotura, provocarían una hemorragia incontrolable y mortal.

 La operación duró varias horas, al cabo de las cuales Erizo fue trasladada a cuidados intensivos, a causa de que una de las balas había perforado la base de un pulmón.  Los médicos dijeron a los padres de Erizo que si bien la operación había salido sin complicaciones, había que esperar la evolución, porque estaba respirando con un solo pulmón. 

Se permitió visitarla a solo dos personas por vez. Cuando Oscar la vio así, inconsciente, con el tórax vendado, conectada a un respirador, con sueros de sedantes y medicamentos, con sondas que goteaban líquido, y un monitor cardíaco, se le salían las lágrimas de pena, impotencia y amargura. 

Se había enterado lo que Max le había hecho a Koala, y una pequeña parte de él festejaba de odio, pero la mayor parte de él se horrorizaba. Y no quiso estar en los zapatos del pobre Max.   Porque a cualquiera que le toque estar en una situación como esa, le puede quedar un trauma para toda la vida.

 Cuando salió de la sala de terapia, quiso visitar a Max. Le dijeron en qué habitación estaba, y hacia allí se dirigió.  Había un policía en la puerta, que le recomendó golpear antes de entrar. Así lo hizo, y le abrió la enfermera, quien le advirtió que el paciente sufría de pérdida de memoria reciente.  Entró y vio a Max sentado en la cama, tomando un vaso de agua.

Oscar, cuando lo vio, le sonrió diciéndole:

—Max…. Amigo… ¿Como estás?

Max no dijo nada, sólo continuó mirándolo con una mezcla de asombro y curiosidad.

—Max … soy yo... Óscar.

Max continuó en silencio. Luego miró a la enfermera con expresión de extrañeza.  Estuvo tentado a pedirle a la enfermera que retire a ese individuo desconocido,  pero no lo hizo porque si la enfermera lo dejó pasar, es porque era de confianza. 

Oscar, en tanto, vio la cara de Max y presagió problemas porque no mostraba expresión de reconocerlo.

—Soy Oscar, del campamento de verano. ¿Te acuerdas ?

Max, sin cambiar la expresión seria de su cara, continuó mirando a Óscar y negó con la cabeza. 

—Amigo… en ese campamento tú conociste a Erizo.  La ayudaste a estudiar los libros de magia de Betsy.  Luego Koala los hizo pelearse. ¿De veras no recuerdas? 

Max siguió en silencio casi frunciendo el ceño porque ese muchacho le hablaba con mucho cariño y confianza, lo cual indicaba que él conocía a Max.  Pero éste no se explicaba por qué no se acordaba de ese muchacho. 

—Max, ¿Cómo se llama tu madre?

—Jacinta...

—¿Y tú papá?

—Vladimiro...

—¿Dónde está tu papá?

 Max dudó un poco antes de contestar. 

—Está trabajando...

—¿Donde trabaja?

—En… la fábrica.

—¿Cómo se llama tu jefe?

—¿Mi..  jefe?

—Fuiste mesero en un comedor. ¿Cómo se llamaba tu jefe?

 Max hizo una pausa, miró al rostro a Oscar.

—No me acuerdo.

—Marcelo.  Tu madre trabajaba ahí hasta que enfermó.

—Mi mamá nunca se enfermó.  

 Oscar lo miró a los ojos con una sonrisa de pena.  Poco quedaba de ese entrañable amigo del campamento.

—Bueno, Maxi.  Me tengo que ir. ¿Te puedo dar un abrazo?

 Óscar se levantó y lo abrazó fuerte. Max, en cambio, lo abrazó muy levemente, con un solo brazo.

—Sánate, amigo, y hazle caso a los médicos.

Cuando Oscar salió al pasillo, se sentó en uno de los bancos de espera, hundió la cara entre las manos y no pudo contener las lágrimas.  Todo le parecía una tragedia. Una tragedia inmensa, inesperada, cruel e injusta. 

MI PRIMERA CITA CON MAXHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora