Tres cafés

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David estaba en su estudio trabajando cuando sonó el teléfono.

—¿Hola?...  Ah, ¿qué tal?...  Ah... Las declaraciones...  okay, okay... Ya te las mando.

David colgó y se dirigió a Erizo.

—Tu madre quiere que le mandes las declaraciones juradas.

—Pero es lunes. Se supone que tiene que entregar las declaraciones juradas el miércoles.

—Sí, pero mañana quiere salir al centro a hacer trámites, entonces aprovechará para entregarlas. Dice por favor si se las puedes llevar hoy.

Una de las cosas que a Erizo menos gustaba de su trabajo, era justamente llevarle documentos contables a su madre.  Porque seguramente tendría que aguantar sus gestos, su perorata, sus indirectas, más todavía por la tarjeta de compromiso que recientemente le mandó.

Tomó la carpeta con las declaraciones y se fue. Cuando llegó, su madre no estaba en la oficina, lo cual le extrañó. Pensó que se había ido al baño, así que ingresó al comedor y notó que se escuchaban conversación y risas en la cocina.

Cuando vio quienes estaban allí. casi se le cae la carpeta de las manos, por el asombro.

¡Eran su madre y Max!!!

Cuando Irma la vio llegar, la saludó con una sonrisa.

—¡Hola hijita.!

La boca de Erizo se abrió de azoramiento. Todavía no podía creer la escena que estaba viendo.

(Mamá debe estar creyendo que este es mi novio empresario. No debe tener ni idea que este es Max.  ¡Pero ahora es una excelente oportunidad para poner las cosas en claro!)

—Tu madre me hizo mucha publicidad sobre su famoso "café Hedgehog" y quise probarlo—explicó Max, sonriendo.

—¿Quieres unirte? Estaba por tomar yo sola con Max, pero si quieres pongo otra taza más.

(Sabe que se llama Max…
¿Sabrá que es también el "basketbolista"?)

La madre llevó las tres tazas a la mesa y Max llevó la vieja cafetera. Posteriormente se adicionó una bandeja con deliciosas galletas caseras que hacía mucho tiempo que Irma no hacía.

—¿Cómo hicieron para encontrarse ustedes dos? —preguntó Erizo.

—Hoy a la mañana temprano lo llamé al restaurante, y le pregunté si podría tener una charla conmigo a la tarde.  El aceptó y vino.

(¡Qué nobleza de persona que eres, mi amor!  ¡Cada día te amo más!)

Los tres se sentaron a la mesa e Irma, mientras servía el café, dijo:

—Como le estaba diciendo a Max, yo les debo a ustedes dos una disculpa por la forma como me comporté. A Max lo prejuzgué aquella vez al teléfono porque no estaba acostumbrada a que te acompañe nadie que no sea Oscar.

Irma acarició el rostro de su hija.

—... pero cuando nos ponemos viejas nos olvidamos que los hijos crecen.

—Y yo también batí un récord: hice renegar a mi suegra cuatro meses antes de conocerla, haciéndome pasar por basketbolista.

Los dos rieron y contagiaron su risa a Erizo, que experimentó uno de los alivios más grandes de su vida.

—No fue el único récord— especificó Irma—. Yo sé que le serviste un café y un sándwich a tu suegra un año y medio antes de conocer a tu novia.

—¿Cómo es eso?—preguntó Erizo.

—En un tiempo yo salía ir a comer a lo de Marcelo Battaglia. Y allí solía atenderme un muchachito que hacía de todo.

—Y a mí también me parece recordar haber atendido a una señora que me llamó la atención por el bonete negro. Iba pocas veces, pero la recuerdo.

—Por eso ahora me toca servirle a él un café en retribución.  Te daré un dato: antes de que estuvieras tú atendiendo, yo conocí a tu madre. Una mujer muy atenta que me servía con mucha amabilidad. Y cuando no había clientes más de una vez se sentaba conmigo a mi mesa y conversábamos. De ahí supe que había enviudado hace años, y que le quedó a cargo un hijo pequeño.

—3 años tenía el niño— especificó Max.

—¿Y quién te cuidaba cuando tu mamá iba a trabajar?

—Una tía iba a mi casa y me cuidaba durante el horario de trabajo de mi mamá. Eso fue hasta que cumplí 7 años. A partir de esa edad la tía me dejaba encargado de su beba de un año.

—¿Con 7 años te dejaban solo y a cargo de un bebé?

—No la pasé tan mal. La tía solía traer a su beba con muchos juguetes, muchos más que los que yo tenía. Así que yo aprovechaba y mientras la beba jugaba con un juguete, yo aprovechaba y jugaba con todos los otros.  Yo sabía encender la cocina y prepararme el desayuno y la merienda solo, así que no me costó nada aprender a calentarle biberones a la bebé.

—Esta es muy buena edad para estimularles ciertos conocimientos, entonces después pueden asimilar mejor el conocimiento avanzado.

Erizo, cuando escuchó eso, fue perdiendo paulatinamente la sonrisa que hasta entonces tenía, pues nunca apreció su papel como estricta tutora educativa,

—No sé mucho sobre el tema—intervino Max— pero me parece que a esa edad más que intentar meterles conocimientos, es bueno estimularlos con cosas que los hagan felices.

( ¡Bien Max! ¡Buen punto!)

Pero Irma tenía ideas firmes.

—Los niños tienen que aprender a encontrar la felicidad en cosas que los formen, no en cosas que los entontezcan.

—Digamos que, según tu criterio, los niños tienen que encontrar la felicidad en cosas que eleven el ego de los padres—contraatacó Erizo.

Max se sintió incómodo. La reunión se estaba arruinando por la rivalidad entre esas dos.

El rostro de la señora Hedgehog fue perdiendo la sonrisa, y apareció un brillo de lágrima.
Irma tomó la mano de su hija.

—Erizo ¿alguna vez te conté de tus abuelos?

—Nunca me contaste nada sobre mis abuelos.

—Creo que ya tienes edad para escuchar esta historia.

Max tomó la cafetera y sirvió un poco más de café en las tazas.

MI PRIMERA CITA CON MAXHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora